La grieta del silencio
Cuarto Mundo 1983 (Trilogía del Cuarto Mundo vol.1)
De sangre y cenizas. Edición especial limitada. Romance paranormal.
Fantasía Urbana con Romance Paranormal y Almas Destinadas a estar Juntas
El aliento de los Dioses: Una novela del Cosmere (Ficción)
Novela romántica Antes del amor
Portada del relato Asfalto y Ceniza
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Fragmento:


No contestó. Caminó hacia la ventana, contempló la ciudad que zumbaba de lujuria y mentiras. Cuando habló, su tono era una herida abierta.

Duración: 05:52

Asfalto y Ceniza
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Había una voz rasgada en el teléfono y no era la mía. Cuatro whiskys barriendo mi garganta y esa voz llegaba como un cigarro mal apagado en la penumbra. “Ven solo”, dijo, y la línea enmudeció. El neón del despacho tintineaba como un mal corazón. Afuera, Los Ángeles respiraba humedad y mugre. Siempre hay cadáveres esperando la aurora junto a la cicatriz brillante de Wilshire. Por dentro, era martes, y en los martes nunca ocurre nada bueno si tienes mi trabajo y mi historial.

No preguntes por quién me busca; si supiera esas respuestas no me quedarían tantas facturas sin pagar. Recogí mi chaqueta y comprobé la Luger; dos balas eran suficientes para acabar o ser acabado. El ascensor olía a sudor y desesperación, y mi reflejo en el espejo parecía más un reo que un detective privado. Apreté los dientes hasta que dolió. El garaje servía de útero húmedo para la bestia: mi Chevy Impala ‘53 en almacén de polvo. La lluvia era una presencia de uñas largas golpeando el parabrisas. Arranqué, giré la esquina, y vi la sombra de la ciudad colándose en mis costillas.

La voz había dado una dirección, pero ninguna promesa. Vine porque las deudas no preguntan color ni dignidad, y porque en esta ciudad sólo los paranoicos sobreviven hasta el desayuno. 1482 Decatur, oeste profundo —barrio de fachadas carcomidas, perros fastidiados y mujeres de maquillaje silencioso. Entré con tiento, fruncí el ceño; la lámpara de la sala era un sol manchado. En el sofá, Evelyn lo ocupaba todo. Siempre ha sido más grande que la vida y más venenosa que la muerte. Llevaba años sin verla, pero su recuerdo seguía martillando mis sienes cada medianoche.

—Hola, Sam —su voz era loción barata y veneno caro—. Te ves más viejo, pero no más sabio.

Estaba vestida para un duelo. Resplandor carmin en la boca, piernas cruzadas como si escondiera secretos entre los muslos. El humo de su cigarro bailaba entre los tragaluces una danza de funeral.

—¿Para qué me has traído, Evelyn?

No contestó. Caminó hacia la ventana, contempló la ciudad que zumbaba de lujuria y mentiras. Cuando habló, su tono era una herida abierta.

—Mataste a Richie, ¿verdad?

No preguntaba, acusaba. El nombre cayó sobre mí como un cubito de hielo en el gaznate. Richie Brown: poli sucio, amante ocasional, su error fue confundir fuerza con astucia. Enterrado hace un año por alguien con manos hábiles y coartada de leche. Yo estuve cerca —demasiado—, pero no le tiré. Podría jurarlo hasta el último trago.

—Richie estaba muerto antes de que llegara —dije.

Ella rió, seca, y toda la habitación pareció achicarse. Conocía ese sonido: la música de la catástrofe.

—No eres tan bueno mintiendo, Sam. Tengo pruebas.

Me mostró un sobre. Dentro, fotos: el callejón iluminado por balizas, Richie caído, mi chaqueta manchada, el tatuaje de mi madre asomando en el antebrazo. Paparazzi o peor. Nunca aprendí a cuidar la espalda, ni siquiera cuando hay cuchillos en juego.

—¿Qué quieres, Evelyn? —susurré.

Dejó el sobre sobre la mesa, se acercó, y por un instante la fragancia a gardenias me devolvió a la cama que alguna vez compartimos. Luego la bofetada: rápida, precisa.

—Justicia, Sam. Y dinero.

La palabra “justicia” entre sus labios sabía a pólvora mojada. Sacó un revólver del bolso, lo hizo girar entre sus dedos como una bailarina de vaudeville descontrolada.

—Me limpias este asunto y el sobre se archiva. Si no, mañana estarás en la portada del Herald.

Tenía opciones: correr, suplicar, perder el alma o hacer el trabajo sucio. No era bueno escogiendo. Dije sí.

Evelyn marcó un número. “Está en camino”, murmuró. En la puerta sonaron tres golpes idénticos al tambor mortuorio. Un hombre entró, grande, cara de bisturí y ropa de sepulturero. La sonrisa era la de un perro sin amo. Se presentó sin presentarse:

—Sam Collins. Nos veremos mucho. Yo conduzco.

Fuimos hasta un club en Vernon. Afuera, el olor a grasa y cuerpos. Adentro, jazz envenenado y miradas que costaban vidas. Me arrastró hasta el despacho trasero. Allí estaba el tipo: Vinnie Elbooks, dientes de oro, ceja cosida a punta de navaja, contable de la mafia. Mi cara en el espejo le arrancó una sonrisa podrida.

—Sammy. Buscas morir joven.

—Ni lo uno ni lo otro, Vinnie. Dame el nombre.

Vinnie escupió sangre y poesía a partes iguales. Siempre hablaba en acertijos, como si no supiera que la muerte es lenguaje universal. Elbooks soltó lo justo: un nombre, “Coletto”, y una dirección.

Fuimos, bajo lluvia que parecía querer borrar la ciudad. Coletto vivía entre putas y camellos, pero lo encontramos solo, bañado en luz de televisión y miedo destilado. No opuso resistencia cuando le mostré las fotos de Richie, sólo negó y sudó como un animal acorralado. Después de veinte minutos, cantó. No yo, Evelyn. No Vinnie. Fue el perro rabioso del intendente, George Elmore. Un uniformado con la conciencia más sucia que el petróleo.

—Iba a soltar todo. Lo mató Elmore, yo sólo limpié —lloriqueó.

Le creí, porque mentir bajo amenaza suele ser menos convincente. Lo entregamos a Evelyn, que lo recibió con la sonrisa de quien acaba de ganar pero nunca olvida la factura pendiente.

Regresé al despacho a las 4 de la mañana. Abrí una botella, miré el correo. Un sobre: la misma letra de Evelyn. Lo abrí, esperando fotos, pruebas, la sentencia. Dentro, sólo una palabra, escrita en lápiz de labios: *Mentiroso*.

Porque en esta ciudad nadie cobra limpio, y la justicia es sólo otro recuerdo en la niebla. Apagué la luz. Esperé a que volviera la voz rasgada, porque siempre vuelve. Y yo también.

La grieta del silencio
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