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Portada del relato El eco de las campanas en Holloway End
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Fragmento:


Hubo una pausa que se alargó tanto como la neblina a través del ventanal. Amelia no respondió al instante. Llevaba años enfrentándose a enigmas, pero algo en Holloway era atípico; la consistencia del misterio no estaba en los hechos, sino en lo que parecía flotar, invisible y maleable, entre los pensamientos de quienes la rodeaban.

Duración: 05:32

El eco de las campanas en Holloway End
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La mansión Holloway podía pasar inadvertida para cualquiera que se aventurara por las antiguas carreteras de Devonshire. El ambiente, perpetuamente cubierto por una niebla densa y helada, parecía prestarle a la propiedad un aire de secreto constante. Aquella mañana de noviembre, la niebla no solo ocultaba los castaños retorcidos del camino, sino también todo lo que en la noche pudo haber ocurrido tras sus muros centenarios.

Lord Anthony Renshaw, un hombre de edad avanzada y semblante grave, se hallaba apoyado en una de las ventanas del gran salón. Desde allí, solo la sombra borrosa de una figura encapuchada cruzando el patio era visible entre los pliegues húmedos de la bruma. No obstante, lo urgente era la llamada que había recibido de Scotland Yard y, sobre todo, la mujer sentada frente a él: la célebre detective Amelia Sampson.

—¿Cuándo fue la última vez que vio a Lady Renshaw, Lord Anthony? —preguntó Amelia, agarrando entre sus manos una taza de té que nadie había probado.

—Anoche. Tras la cena, mucho después del repiqueteo de las doce campanadas. Dijo que deseaba aire fresco. Eso fue antes de que la niebla se hiciera más densa… como si susurrara algo al oído de quienes salían —respondió el anciano, apartando la mirada.

Amelia asintió con gesto pensativo. Se había familiarizado con la crónica de Holloway: huéspedes ilustres, cenas interminables y… desapariciones. Llevaba tres horas explorando y, aunque los sirvientes aseguraban no haber visto nada, la inquietud era tangible. Entró entonces al vestíbulo Lady Edwina, la cuñada, que aunque batallaba con un leve temblor en la voz, era tan aguda como un bisturí.

—¿Puedo hablarle francamente? —pidió Edwina—. Violet, mi cuñada, había recibido cartas. No sabía de quién; no quiso compartirlas. Pero anoche, algo la inquietaba. Murmuró mientras subía la escalera que la niebla “traía mensajes no para ser oídos, sino intuídos”.

Hubo una pausa que se alargó tanto como la neblina a través del ventanal. Amelia no respondió al instante. Llevaba años enfrentándose a enigmas, pero algo en Holloway era atípico; la consistencia del misterio no estaba en los hechos, sino en lo que parecía flotar, invisible y maleable, entre los pensamientos de quienes la rodeaban.

Pidió permiso para revisar las habitaciones y, por supuesto, el despacho de Violet Renshaw. Nada llamativo: libros de botánica, sobres con membrete neutro, una única carta nueva, aún sin abrir, proveniente de Londres. El clavo donde colgaba su abrigo estaba vacío. La cama, sin embargo, presentaba un pliegue inusual en la colcha, como si alguien hubiera buscado refugio en plena noche, para luego escapar apresuradamente.

El siguiente paso la condujo a los fríos corredores del ala este, donde el ama de llaves, Mrs. Hargreaves, la esperaba mecánicamente.

—Escuché una puerta abrirse cerca de la una. El sonido era leve, pero inequívoco —explicó, mirando temerosamente a la ventana empañada.

—¿Y después? —inquirió Amelia.

—No hubo gritos, ni pasos apresurados. Solo la niebla. Fue entonces que tuve la sensación… ¿cómo decirlo? De que la casa, o la noche, susurraba algo.

Más tarde, cerca de los establos, Amelia halló huellas borrosas en el lodo, parcialmente secas, y una bufanda femenina colgando tristemente de la verja. El cochero, un hombre poco hablador, aseguró que no escuchó nada que no hubiese sido el ulular del viento.

Regresó a la mansión. No confiaba en el azar y confiaba menos aún en testimonios empañados por el miedo o la superstición. Se concentró en la carta sin abrir, aquella que Violet no llegó a leer, preguntándose qué verdad podía encerrar. Su instinto le decía que toda la mansión estaba impregnada de secretos, tan sutiles y densos como la niebla, y que la clave estaba en comprender qué mensaje, o advertencia, traía la bruma esa noche.

Mientras el crepúsculo caía, Amelia se percató de un detalle: las campanas de la iglesia cercana solo habían repicado once veces a medianoche, no doce. Un aldeano confirmó su sospecha: el campanero, amigo de Lady Renshaw, solía dar en la campana una vez menos por acuerdo con ella, como señal.

Al regresar a la casa, Amelia reunió a la familia y les expuso su teoría. Violet había visto la señal; en ese momento, supo que algo iba a ocurrir. La carta, al fin leída, era de un antiguo amor: amenazas solapadas, una advertencia sobre secretos familiares, un regreso inesperado. Esa noche, al ver la bruma envolver la mansión, Violet había comprendido que el susurro de la niebla era, en realidad, el eco de un pacto olvidado y peligroso.

La bruma no era sino la forma encarnada de los viejos odios y el miedo. Y fue en esa densidad indefinida, en ese susurro entre el rumor del viento y la campana silenciada, donde se esconde la verdad: Violet no había desaparecido, sino que, ante la amenaza de una tragedia aún mayor, eligió ocultarse en el laberinto de túneles bajo Holloway End hasta que la niebla se disipara y los susurros de la noche quedaran, de nuevo, en silencio.

Amelia, satisfecha por haber descifrado el secreto de los susurros en la niebla, aguardó a que la densa cortina comenzase a retirarse. Solo entonces pudo ver cómo, lentamente, la figura de Violet, pálida pero ilesa, emergía junto al sol naciente, trayendo con ella todas las respuestas que la niebla había tratado de ocultar.

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