Dos coronas retorcidas (EDICIÓN ESPECIAL LIMITADA)
Crónicas de la Torre I. El Valle de los Lobos
Ellos me quieren encontrar, pero yo los encontrare primero.
Mitsborn - Trilogía original (edición limitada especial estuche)
Dire Bound. Alma de lobo
La chica del lago
Portada del relato Las Luces Vacilantes de la Sucursal Este
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Fragmento:


—La señorita Bluemont—dijo arrastrando las sílabas en la voz acartonada de quien ha leído demasiados expedientes—desapareció hace dos noches. La buscaron sus amigas, la policía también, pero no hay rastro. Dicen que dejó una nota. Creo que fue una trampa.

Duración: 04:15

Las Luces Vacilantes de la Sucursal Este
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El timbre de la puerta chilló en la bruma. Eran las nueve pasadas, nubladas de neón y nicotina. Había terminado mi whisky, llevándome el vaso a los labios con la mano que aún conservaba algo de pulso, y estaba pensando en salir cuando la voz de Clara irrumpió en la perezosa quietud de la habitación.

—Sam—dijo—, no deberías abrir. Podría ser cualquiera.

Supongo que tenía razón, pero a veces cualquiera es justo el tipo de persona que espero. El umbral de mi despacho bailaba con las sombras de la escalera. Abrí. El hombre sostenía un sombrero tan raído como el traje maltrecho de lino que llevaba. Había humedad en su mirada, como si las lágrimas no se atreviesen a caer o ya se hubiesen derramado todas.

—¿De qué se trata? —le pregunté. Sabía que no era noche para inquietantes confesiones, pero la paga escasea y los casos no se resuelven solos.

—La señorita Bluemont—dijo arrastrando las sílabas en la voz acartonada de quien ha leído demasiados expedientes—desapareció hace dos noches. La buscaron sus amigas, la policía también, pero no hay rastro. Dicen que dejó una nota. Creo que fue una trampa.

Observé sus manos: temblaban, pero sólo lo justo como para sostener una foto. La mujer de la foto tenía los ojos llenos de algo que pensé que se había acabado en la ciudad hacía años: esperanza.

—¿Por qué piensa que fue una trampa? —dije mientras reconocía el farol reflejado en sus pupilas.

Se llevó la mano al cuello, donde la corbata mordía más de la cuenta. Llevaba un anillo en el dedo anular, dorado y barato. Las cosas importantes, las auténticas, rara vez relucen.

—Ese billete ha pasado por demasiadas manos. La señorita Bluemont no dejaría nada al azar—apuntó—. Algo no encaja.

Cogí la nota. Manchada de perfume y desespero, rezaba: “No mires atrás, Lucy.” Extraño, pensé, ya que la señorita Bluemont no se llamaba Lucy.

—¿Quién es Lucy? —pregunté.

—No lo sé, pero tiene que ver con la Casa Azul. Tampoco sé quién soy; volví de la guerra con los bolsillos llenos de preguntas y las respuestas empapadas en bourbon.

Apunté mentalmente lo que decía. No era la primera vez que la Casa Azul se colaba en mi vida como un rumor de puertas cerradas. Allí, el humo nunca sale por las ventanas y las mujeres bailan demasiado bien para ser inocentes.

Le pedí una seña. El hombre agitó la cabeza.

—Si la encuentra, deme aviso en el “Café Minerva”. Siempre estoy ahí, después de las nueve.

No sería el primer desaparecido que la ciudad tragaba, ni el último. Cogí mi chaqueta, el revólver, la gabardina: a la Casa Azul no se va desarmado. Clara apretó los labios como si aquel beso pudiera salvarme:

—No me gusta esto, Sam.

El maullido de un gato roto en la lluvia acompañaba mis pisadas. La Casa Azul parecía un barco a la deriva sobre la acera desierta. La puerta estaba entornada; la luz se escurría por la rendija como si tampoco tuviera dónde ir. Dentro, los corredores olían a orquídeas y a sueños malgastados.

Un hombre barría la entrada. Lo reconocí: Teddy, el portero, con la nariz rota y el corazón de oro oxidado.

—¿Vienes solo o te acompaña la policía? —murmuró.

—La policía viene cuando todo ha terminado, Teddy. Busco a la señorita Bluemont.

—¿Por qué todas terminan aquí, Sam? No me lo expliques; nunca me gusta la respuesta.

Me condujo a una habitación en el segundo piso. Allí, en bata azul y cabello mojado, la señorita Bluemont esperaba en la semioscuridad, fumando uno de esos cigarros largos como una noche sin taxis.

—Debes marcharte, Sam —susurró—. Ya no queda sitio para dos en este juego.

—¿Qué juego?

—El que empieza en la bruma y termina con alguien muerto.

Sentí que algo pesado me golpeaba la espalda. No llegué a distinguir quién. Sólo los ecos de la lluvia, apagándose, mientras la Casa Azul tragaba la historia, como traga todas las historias. Cada noche.

Cuando desperté, era casi de día. El anillo del desconocido había desaparecido. Donde antes hubo esperanza, ahora sólo quedaba el mugriento eco del Callejón Mármol.

A veces, en esta ciudad, el misterio no se resuelve. Sólo encuentra otra forma de esperar. Y yo, por algún motivo, siempre termino buscándolo otra vez.

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