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Fragmento:


Invierno, cerca del mar. La humedad atravesaba la ropa, pegando la camiseta del club a la piel hasta confundirla con una segunda epidermis. En los bares del puerto, el humo de los cigarrillos comenzaba a acudir antes que la marea, persiguiendo el rumor de un partido que llevaba días pesando más que la propia rutina. Nunca había demasiados motivos para quedarse en A Coruña un jueves por la noche, salvo aquel que reunía a desconocidos en una misma reverencia.

Duración: 04:04

La última grada vacía
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Invierno, cerca del mar. La humedad atravesaba la ropa, pegando la camiseta del club a la piel hasta confundirla con una segunda epidermis. En los bares del puerto, el humo de los cigarrillos comenzaba a acudir antes que la marea, persiguiendo el rumor de un partido que llevaba días pesando más que la propia rutina. Nunca había demasiados motivos para quedarse en A Coruña un jueves por la noche, salvo aquel que reunía a desconocidos en una misma reverencia.

En el bordillo, Samuel repasaba compulsivamente el móvil. Cada tanto lanzaba alguna cifra, alguna anécdota, alguna broma que sólo los que llevan una colección de decepciones en la espalda entienden. "Si esta noche los vemos ganar— aunque sea por poco — prometo mirar menos las tablas y más el juego", dijo, casi riendo. La promesa era mentira. No podía evitarlo, ver fútbol era medir el pulso de una obsesión. Pero si en esas palabras la fe se vestía de sarcasmo, todos sabíamos que el desastre era probable y el deseo real.

Nos hicimos un hueco en la grada, salto ritual. Allí, cerca del hombre de la bufanda con los años bordados, el fútbol se mezclaba con el pasado y el presente, con sueños de adultos y apego de infancia. La luz artificial del estadio era otra lluvia, menos mojada, pero igual de inevitable. Por un momento, entre las conversaciones rotas por los silbidos, sentí que estar allí era una especie de hogar. Que había algo adulto en aceptar que los ritos sobreviven a los resultados; que crecer era saber perder y seguir volviendo.

El partido empezó lento. Tensión tensa, de la que uno aprende a no esperar nada y, aun así, desde algún fragmento del cuerpo, surge la esperanza. Los de azul y blanco sudaban sobre el césped, el balón rodaba con torpeza, el contrario apretaba los dientes. El fútbol de verdad no es para coleccionar alegrías, pensaba, sino para saber contar las veces que no te caíste después de los tropiezos. Los goles tardaron en llegar; la ansiedad llegó antes.

A mi lado, Claudia —que iba por su cuenta desde que podía decirle “a dio, papá” al molesto hombre que la acompañaba en la infancia— miraba cada jugada como si puntuara una posible redención. "No lo entiendes… para nosotros esto nunca es solo fútbol", me susurró al notar mi desencanto durante el primer gol visitante. Llorar por un gol en contra era demasiado 2004. Pero ella sabía, y todos sabíamos, que volver era mirar de frente la herida.

Para la segunda parte, la grada se volvía un animal de una sola voz. Complicidad de los que saben que el deporte no es individual, ni el dolor ni el júbilo. Algunos reían, otros mascullaban insultos a árbitros ya olvidados por el resto del mundo. Y ahí, en ese murmullo de adultos que han leído todas las derrotas, sentí el eco de mi propio miedo a no volver a ilusionarme nunca más.

Entonces llegó el empate. No fue épico, no fue hermoso. Fue un rebote, un accidente. Pero la celebración fue adulta: contenida, más alivio que euforia. Aplaudimos sabiendo que la gloria, si llegaba, debía tomarnos por sorpresa. Samuel sacó el móvil, mandó mensajes mudos, como para contener la marea del pasado. Claudia sonrió de medio lado y se apoyó en mi hombro, sólo un instante. Afuera, la ciudad ya había oscurecido; dentro, la luz seguía pegada como un estribillo maldito.

Cuando acabó el partido, nos quedamos pegados a los asientos. Tuvimos una conversación de adultos: discutimos de tácticas, de presupuestos, de las pequeñas miserias del club y las nuestras. Nadie mentó la palabra “futuro”. Salimos caminando despacio, como quien no quiere acabar la noche. La humedad seguía allí, pero ya no importaba. Cada noche como esa era una cita con la memoria y un pacto silencioso: nunca nos rendiríamos del todo.

A veces, pensaba, ser adulto era esto. Sentarse en una grada casi vacía después de otro empate insípido, sabiendo que el domingo volverías, por costumbre, por rabia, por todo lo que no has dejado de amar aunque hayas aprendido a perder.

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