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Fragmento:


—No deberías quedarte quieto tanto tiempo —mur­muró Javier, sin girarse, percibiendo cómo cada palabra desbordaba su respiración.

Duración: 04:07

Cuerpos en la pista
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El eco de los pies desnudos llenaba el vestuario semivacío. En las gradas aún rebotaba el rugido del público, pero allí dentro todo era vapor, murmullos, piel y respiración agitada. Los últimos focos del pabellón jugaban con el reflejo del sudor que surcaba espaldas, vientres y hombros, mientras las duchas seguían arrojando el vapor de la batalla recién librada.

Javier se inclinó, apoyando los antebrazos en el banco de madera, y notó el leve temblor de sus muslos cansados —o quizá algo más que cansancio—. La camiseta roja de Fabián colgaba torpe del gancho frente a él, oliendo a derrota y esfuerzo, y su dueño seguía de pie bajo el chorro de agua, con la cabeza caída y los ojos cerrados.

—No deberías quedarte quieto tanto tiempo —mur­muró Javier, sin girarse, percibiendo cómo cada palabra desbordaba su respiración.

El otro no contestó. El agua resbalaba por su nuca y bajaba en cascadas plateadas, dibujando surcos claros entre los músculos tensos. Javi recordaba aún el roce accidental en la cancha, la presión feroz de un hombro, el golpe de sus manos al chocar, la promesa muda de animadversión y deseo.

Al cerrar los ojos siquiera por un instante, regresaba el sonido de sus propias pulsaciones y el crujido de zapatillas sobre la pista, como si bastara con estirar un poco la noche para que se fundiera con aquel presente distinto, húmedo y secreto.

Fabián, finalmente, abrió los ojos y sus labios esbozaron una sonrisa torcida, apenas perceptible.

—¿Te preocupa que me pase algo?, bromeó con voz baja, la que usaba cuando era solo para él.

Javier se incorporó, no disimulando el repaso con la mirada. Allí, en la luz tenue y sin testigos, la dureza defensiva de ambos se disolvía en un terreno nuevo, despoblado de reglas o líneas marcadas.

Fabián apagó el grifo y salió de la ducha despacio, su cuerpo tan desnudo como su sonrisa, el vello aplanado al vientre y los dedos salpicando agua sobre el suelo. Pasó junto a Javi y se sentó medio de espaldas, rodilla alzada.

—Siempre te preocupas —insistió, y sus ojos buscaron los ajenos.

El oponente de hoy no era solo el rival del equipo, sino ese temor a dejar de pelear, a entregarse al otro sin resistencia. Se inclinó hacia él, y en el breve trecho entre tórax y muslo, el tiempo pareció expandirse: un roce de manos, una pregunta callada, una respuesta apenas balbuceada. Los dedos de Fabián recorrieron el muslo de Javi, tibios, siguiendo la marca roja de una caída reciente.

—Me gusta saber que te importo —dijo Javier, con una sonrisa más cargada de nervio y deseo.

La toalla cayó al suelo sin que nadie la notara. Fabián rodeó el cuello de Javi con los labios, acercándose para encontrar su boca. Se besaron lentos, mezclando el sabor salado del sudor y el leve aroma del champú compartido por el equipo visitante. Allí, en el vestuario escondido del bullicio, los dos se permitieron un ritmo libre, versos y caricias dictadas por la memoria muscular de quienes han jugado tantas veces juntos, de lado o en contra.

Las manos de Javi descendieron por la espalda húmeda del otro, bajando, reconociendo cada curva, cada tensión vieja. Fabián jadeaba en su oído, palabras a medias, promesas de lo que vendría después, fuera de los focos, lejos del silbato.

El banco crujió bajo su peso compartido; la madera soportó historias de derrotas, victorias y encuentros clandestinos como este. Javi levantó la cabeza para perderse en los ojos de Fabián, oscuros e iluminados a la vez, y supo que, pase lo que pase en la cancha, este era el único marcador que de verdad importaba.

Aferrados el uno al otro, encontraron quietud y furia en cada movimiento, desnudando no solo el cuerpo, sino la vergüenza recién superada. Nadie irrumpió esa noche; ningún reloj los apuró. El último eco del público se disolvió y solo quedó el sonido, una y otra vez, de su propia celebración privada: piel sobre piel, deseo sobre deseo, dos cuerpos celebrando la victoria secreta de haber jugado sin miedo, por una vez, juntos al final.

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