Fragmento:
Las cosas ya no son como antes, me repetía de camino. Ni las gradas, ni el césped, ni yo. Pero al llegar, el rugido famoso del estadio todavía tenía ese efecto bueno, ese escalofrío por la espalda. Alex me veía como el cicerone de los que no han perdido la fe, pero cada vez me reconocía menos en esa imagen. Pero, como un soldado cansado, me senté a su lado y pedí dos cañas. Porque aquí fingimos esperanza aunque vayamos los últimos.
Duración: 03:52
Era un domingo de esos que llegan con resaca. Resaca de sábado, sí, pero también de esos días en que la vida parece buscarte para hacerte fotos mientras te caes por la escalera más áspera del ánimo. Yo ni siquiera iba a ir al estadio, pero me desperté con la vibración de las notificaciones del móvil: un mensaje de Alex “¿Vienes o qué? Tengo una entrada de sobra”. Lo típico, nunca quieres, pero la culpa es peor si no lo haces. Fútbol, cerveza, gritar a desconocidos, cantar una oda al desencanto. Y allá que fui, con las mismas ganas que uno va a la revisión del dentista pero con la ilusión oculta de ver un milagro.
Las cosas ya no son como antes, me repetía de camino. Ni las gradas, ni el césped, ni yo. Pero al llegar, el rugido famoso del estadio todavía tenía ese efecto bueno, ese escalofrío por la espalda. Alex me veía como el cicerone de los que no han perdido la fe, pero cada vez me reconocía menos en esa imagen. Pero, como un soldado cansado, me senté a su lado y pedí dos cañas. Porque aquí fingimos esperanza aunque vayamos los últimos.
El aire olía a tortas, cebolla frita y colonia barata. Miré a mi alrededor y vi a tipos como yo: ex-futbolistas de barrio, divorciados recientes con las camisetas de sus hijos, gente sola que solo sabe conjurar consuelo aquí porque fuera no les queda ya ningún hechizo. Nunca he entendido bien esa paradoja: cómo este deporte nos hace sentir pertenencia justo cuando la vida insiste en separarnos.
El balón rodó y las cábalas empezaron. Ellos, los de la capital, venían con la chulería de los que saben que juegan en otra liga aunque pisemos el mismo césped. Nosotros, un equipo con más parches que convicción, sobrevivíamos. “¡Hoy sí!”, gritó alguien detrás. Pero la fe era tan fabricada como el himno retumbando en los altavoces.
Durante el partido, nuestras conversaciones se entrecruzaban con los gritos. Hablamos de trabajos de mierda, hipotecas imposibles, esa chica que dejó a Alex justo cuando pensaba que todo iba bien. “Esto es como el fútbol: a veces haces bien todo y te cuelan cuatro goles”, decía. Y entonces, una falta cerca del área nos devolvió a todos a la vida. Alguien pulcro en el arte de la rabona se atrevió algo diferente y, durante unos segundos, el tiempo se partió en dos: el pasado donde nunca marcamos y el presente, donde… ¡GOOOOOL!
Ahí nos abrazamos como si el gol pudiera pagar las facturas atrasadas, como si anotar contra los capitalinos nos hiciera invulnerables. El estadio gritó con los pulmones y los sueños de media ciudad. Miré a Alex. Miré al campo. Miré dentro. A veces, un gol es el único argumento contra la rutina.
Pero no duró. En la segunda parte, ellos hicieron dos goles rápidos, de esos que llegan cuando tú aún estás celebrando el primero. Vimos a un par de nuestros jugadores discutir entre ellos. Un adolescente tiró la bufanda al suelo. Recordé a mi padre yendo a ver partidos, siempre esperando el milagro. Parece que nadie aprende.
Alejados del resultado, seguimos hablando, encadenando anécdotas y resignaciones. Imposible distinguir el fútbol del resto de la vida. Todo lo bueno acaba doliendo y todo lo malo se soporta si lo compartes. Cuando el partido terminó, con la derrota de siempre, salimos del estadio con la calma de los que ya no esperan sorpresas. Pero también con una pequeña victoria: juntos, una vez más, habíamos hecho algo tan absurdo e necesario como esperar.
Mientras caminábamos a casa, Alex suspiró: “Igual que siempre, eh”. Sonreí, la sonrisa cansada de los jueves y los hombres que presienten que no van a cambiar el mundo, pero que, por una tarde, se dejaron curar por una pelota y sus pequeñas mentiras. Algún día dejaremos de venir, pero hoy no. Porque hoy, pese al marcador y la vida, estuvimos juntos.
Copyrights © 2025 Ficcionalia.com. Todos los derechos reservados.