Fragmento:
La entrada al campo le pareció la de un animal liberado del encierro. Las primeras carreras fueron torpes, como quien se acostumbra nuevamente a andar, pero pronto reconoció el sabor metálico de la ansiedad, esa antigua conocida de los partidos decisivos. En la tribuna, una señora agitaba un pañuelo azul: era su madre, que siempre encontraba la manera de estar, incluso entre los fantasmas que únicamente el fútbol es capaz de convocar en las noches importantes.
Duración: 03:43
Era una noche de verano y el aire en el estadio olía a polvo y pasto sudado. Los focos apenas parpadeaban sobre la cancha, pero la luz era suficiente para distinguir las figuras —hombres grandes, vestidos con camisetas húmedas, que se movían como si defendieran algo más que una portería. El público ya casi no hablaba, exhausto de gritarle a sus propias esperanzas, y solo de vez en cuando una voz cortaba el silencio con un chiflido áspero.
En el banco de suplentes, Lionel Figueroa se esforzaba en disimular los nervios. Hacía meses que no jugaba, relegado por lesiones y decisiones de un técnico joven que él, en el club, solía imaginar que sería su hijo. A sus treinta y ocho años, Lionel observaba el partido con ansiedad, pero también con la resignación maestra de quien sabe que la derrota es, al fin de cuentas, el resultado inevitable de toda disciplina. Sin embargo, esa noche de verano la suerte le preparó un espacio breve entre los pliegues de la rutina: el lateral derecho se torció el tobillo y Lionel fue llamado casi a regañadientes.
La entrada al campo le pareció la de un animal liberado del encierro. Las primeras carreras fueron torpes, como quien se acostumbra nuevamente a andar, pero pronto reconoció el sabor metálico de la ansiedad, esa antigua conocida de los partidos decisivos. En la tribuna, una señora agitaba un pañuelo azul: era su madre, que siempre encontraba la manera de estar, incluso entre los fantasmas que únicamente el fútbol es capaz de convocar en las noches importantes.
El rival atacaba con furia de condenado. Uno de sus delanteros, un joven veloz de nombre Acuña, empujaba el balón con una elegancia y saña que le recordaron a Lionel los rostros de todos los jugadores que lo habían superado a lo largo de su extensa carrera. Cuando Acuña lo encaró, Lionel supo que esa jugada era para él una especie de examen final. La vida adulta, se dijo, consiste en repetirse los mismos miedos, solo que con menos testigos.
Chocaron en la banda lateral y el golpe fue seco, pero Lionel se levantó rápidamente. El entrenador lo miró con una mezcla de asombro y desilusión, como si lo estuviese viendo por primera vez. Lionel sintió una súbita confianza —un calor en el pecho— y en el siguiente instante ya estaba conduciendo el balón con la decisión de quien no tiene a nadie detrás que lo cuide. La tribuna enmudeció durante los segundos que tardó en llegar al área contraria. Finalmente, levantó la vista y vio a Ruiz, el capitán, parado como una estatua frente al arco. El pase fue certero; Ruiz remató sin altura, con la contundencia de una condena esperada. El balón besó la red.
No hubo grandes festejos. Solo un silencio secreto que se dispersó lentamente por todo el estadio y una certeza humilde: había momentos que, mucho después, se recordarían no con orgullo, sino con una especie de gratitud vergonzosa, esa que se siente solo ante la supervivencia.
Al terminar el partido, Lionel regresó al vestuario con la ropa sucia y la frente helada por el sudor. Los chicos, la mayoría poco más que adolescentes, lo miraban como si acabara de regresar de muy lejos. Uno de ellos, tímido, le pidió la camiseta. Lionel la entregó, entendiendo sin palabras que así empezaba a despedirse.
Esa noche cenó tarde, solo en casa, mirando la repetición del partido en la televisión. Afuera el jardín estaba húmedo y oscuro, salpicado por la luz de una lámpara naranja. Pensó en cómo el tiempo lo había hecho lento, pero también silenciosamente firme. Por un momento imaginó que el murmullo de los árboles era el aplauso del estadio, y sintió un poco menos de temor ante la idea de perderlo todo otra vez, confiando, quizás contra toda evidencia, en que siempre queda una última jugada para los que saben esperar.
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