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Ganar a lo Bestia
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Poco antes de la medianoche, la ciudad parecía menos una red de calles y más una suma de promesas, detenidas en la esquina del bar donde nos habíamos refugiado tras el partido. Afuera la lluvia empapaba el asfalto, y el neón de una farmacia cercana recortaba las figuras agitadas detrás de las ventanas. Dentro, el aire olía a cerveza derramada y a la nostalgia compartida en las derrotas, aunque esa noche vinimos de otra cosa. Había algo voraz en nosotros después del triunfo, una electricidad que nos recorría los músculos, la lengua, el corazón.

Gus seguía narrando el penalti como si lo necesitara para convencerse de que había sucedido, levantando la voz cuando llegaba al momento exacto de la ejecución. Nadie lo interrumpía. Sabíamos que era tan suyo como nuestro, que todos habíamos contenido el aliento cuando Matías, que nunca parecía tan seguro de nada, eligió una de esas pausas suyas y después golpeó el balón. No hubo euforia histérica cuando entró. Hubo más bien un exhala profundo, como si después de tanto tiempo, después de tantas jornadas de pelear partidos que parecían batallas sin épica, alguien nos hubiese concedido, al fin, una tregua.

Sara encendió un cigarro y lo sostuvo en el aire anotando goles invisibles, sonriendo con ese truco suyo para esquivar la tristeza. Llevaba la camiseta bajo la chaqueta y había dejado la bufanda sobre un respaldo, exhibiendo la mancha de pasto y vino tinto de la celebración. Nos miró a todos, uno por uno, como buscando algo más allá del festejo fácil:

"Vamos a tener que acostumbrarnos a ganar," dijo, y su voz produjo una distorsión suave, como si estuviera probando la frase, sintiendo si nos quedaba bien.

Nadie respondió enseguida. Nico rompió el silencio con una risa cortante que no encajaba del todo en la escena.

"O a perder con dignidad," replicó, y levantó su vaso por encima de la mesa insegura. Hubo choques de vidrio y espuma, y una sensación de vértigo, casi animal, como cuando uno corre por la banda y el silbido del aire es lo único que queda antes de meter el centro.

Pero eso era lo extraño. Lo raro llegaba cuando todo habría debido ya terminar: después de la ducha, después de la charla, en la penumbra de la casa, al quitarse la camiseta aún caliente. El eco de los gritos, la caricia exagerada de los hinchas, los mensajes acumulándose en el móvil.

Ganar había supuesto una alegría inesperada, sí, pero se sentía también un hueco afilado. La rutina destrozada apenas por unas horas. Volveríamos a los trabajos, a las relaciones anidadas en la costumbre, al lunes inevitable. Lo sabíamos y, sin embargo, esa noche éramos capaces de cualquier cosa, como si nos perteneciera otra vida.

Lucas fue el primero en plantearlo. Sugirió que fuéramos al viejo campo otra vez, un partido rápido, solo por el gusto de sentir la humedad abriéndose bajo las botas. La idea prendió en cuestión de segundos. Años atrás, habríamos terminado en otra cama, en otro bar, tal vez enredados en alguna pelea absurda. Ahora, adultos y mundanamente responsables, preferíamos la soledad del vestuario, la mitología sencilla de golpear un balón y correr con la lengua fuera, sabiendo que nuestros cuerpos empezarían a quejarse al instante siguiente.

Cruzamos la ciudad con la brisa nocturna ayudando a borrar cualquier signo de cansancio. Las farolas hacían correr sombras largas por la acera, y de fondo se escuchaba el eco lejano del resultado, repetido en radios viejas de taxis. El campo estaba oscuro, cercado por los árboles, pero la verja lateral se abría al empuje justo de un hombro decidido. Nadie hablaba. No hacía falta. El césped mojado brillaba bajo la luz escasa de los móviles y, por un momento, fuimos de nuevo los que creíamos haber sido: adolescentes con la urgencia intacta.

Sacamos piedras, ramas, improvisamos porterías y jugamos. Jugamos sin reglas, sin descanso, hasta que los pulmones dolieron, hasta que cada pase era un acto de fe y de aullido. Y fue allí, mientras el barro nos manchaba los tobillos y alguien —ya no importaba quién— gritaba un gol fantasma, donde lo entendí todo.

No ganábamos para ganar. Ni siquiera para vengar derrotas antiguas. Ganábamos porque, después de haberlo dado todo y aún así volver a casa con la ropa sudada y el pecho palpitando, seguía habiendo ganas. De amigos, de barras, de retos inútiles. O de amor, en esa forma rara y arteramente sencilla que es celebrar juntos y saberse vivos una noche más, antes de que vuelva el lunes y la ciudad se trague el eco de todos los goles.

El partido acabó sin silbato ni marcador, y al irnos, uno tras otro, comprendí que al día siguiente nadie mencionaría nada. Era lo pactado. Pero en el fondo, sabíamos que la memoria del juego, imperfecta y cómplice, nos salvaría unas cuantas horas más. Al menos hasta el siguiente domingo.

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