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Portada del relato Tarde de sombra caliente
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Fragmento:


Las duchas chorreadas, el retumbar de los tacos en el pasillo, el tintineo lejano de las monedas en la taquilla. Allí se gestaban los segundos antes del partido, los temblores y los nudos en la garganta. Harry miró sus propias manos. Habían atrapado incontables balones, habían fallado unos cuantos decisivos. Manos que sabían del abismo breve que se abre entre la chispa de una jugada genial y la humillante torpeza que se recuerda para siempre.

Duración: 03:57

Tarde de sombra caliente
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Había un olor amargo en el vestuario que Harry Jacobson no lograba identificar. Era una mezcla de sudor añejo y la promesa de algo que nunca llegaba a suceder; el aire mismo parecía estar en suspenso. Se sentó en el banco gastado, escuchando el susurro de las tejedoras rumorosas de la calle que, al atardecer, pasaban por la rendija de la vieja ventana. Fuera, la cancha iba apagando sus luces en un atardecer con el cielo sin resolverse, ni azul ni gris, como si la noche dudara en dejarse caer sobre el polvo de ese estadio olvidado.

Tenía treinta y ocho años, y los huesos parecían recordárselo a cada movimiento. El entrenador, Gruber, había dicho algo aquella tarde, algo sobre la veteranía como un tesoro en una caja desfondada. Harry sonrió por dentro. Él sabía mejor que nadie que el oro viejo sirve para moldearse, sí, pero acaba siendo filigrana para los museos y nada más. El deporte, como la vida, respetaba el brillo del presente; lo otro quedaba, si quedaba, para algún cronista sentimental.

Las duchas chorreadas, el retumbar de los tacos en el pasillo, el tintineo lejano de las monedas en la taquilla. Allí se gestaban los segundos antes del partido, los temblores y los nudos en la garganta. Harry miró sus propias manos. Habían atrapado incontables balones, habían fallado unos cuantos decisivos. Manos que sabían del abismo breve que se abre entre la chispa de una jugada genial y la humillante torpeza que se recuerda para siempre.

Esa noche jugaban contra un equipo de suburbio, la gente de siempre y tres o cuatro chicos nuevos con las caras limpias y las piernas veloces. El estadio estaría medio vacío. Los fieles, los que no tenían otra cosa donde poner su esperanza, llenarían los asientos del fondo como almas perdidas buscando refugio. Los demás, la mayoría, aprenderían por la mañana el resultado. Nadie le pondría nombre nuevo a la historia.

Reunidos al centro del campo, el murmullo de las miradas, los códigos sin palabras. Un joven llamado Ramírez le tocó el brazo con cierto respeto. "Hoy la noche es nuestra," dijo, como si le rogara a los dioses del azar. Harry asintió, aunque no sentía el himno heroico en su sangre. Lo que sentía era la espera, la pregunta acerca de cuándo una vida se resuelve en una jugada, un pase, un error.

Jugó. No con la memoria de los años mozos, ni con la resignación de los cansados; jugó con la urgencia del que sabe observar su final en el horizonte. El partido fue áspero. Tierra y sudor, una pelota que a veces parecía un animal herido negándose a ser domado. Hubo una oportunidad en el minuto ochenta; el balón cruzó el cielo rasgado por las torres de luz y llegó a sus pies. La tribuna izó un gemido seco. Harry paró el balón, lo sintió respirar, y supo que en ese instante toda la noche dependía de su bota.

Falló. Un pase mal dado, una fracción de segundo, y la oportunidad se perdió en el costado, donde los espectadores permanecían enmudecidos. El silbato final como campana de cierre. Caminaron hacia el vestuario mirando el suelo, las botas cubiertas de polvo como zapatos de un hombre obligado a huir. Un silencio espeso los acompañó.

En la ducha, el agua fría diluía la sal de la piel y del alma. Ramírez lloró de rabia. Gruber los miró sin decir palabra. Harry se tapó la cara con las manos viejas. Pensó en todas las vidas truncadas por un mal pase, en los amores naufragados por una palabra mal dicha, en las oportunidades que no saben regresar.

Al salir, una niña lo esperó con una hoja arrugada en la mano. "¿Me la firmas?" Su voz era frágil como papel. Harry le sonrió y el peso de la noche pareció, por un momento, aligerarse. Firmó, no su nombre, sino solo una línea recta, como quien traza y borra el mismo recuerdo. Caminó entonces bajo la sombra ya fresca afuera, sabiendo que algunas derrotas no necesitan redención, sino apenas un poco de silencio donde sentarse a envejecer.

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