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Fragmento:


La primera vez que vi a Lucía, llevaba los calcetines cubiertos de barro y el gesto tan serio que nadie podía creer que se reiría alguna vez. Era la nueva "fisioterapeuta", así la presentó Fernández, nuestro capitán caído en desgracia, aunque nadie le preguntó de dónde venía ni por qué sus manos temblaban apenas. Lo importante eran las piernas rotas que sabía arreglar, y su destreza para sacar un vendaje de emergencia como un mago saca una paloma sin alas. En estos partidos, perder es casi una anécdota; lo imposible es mantenerse intacto, volver a casa con todos los huesos en su sitio y las historias sobre lo que cuesta sobrevivir más allá de la jornada.

Duración: 03:19

La Última Jugada
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El rugido de la ciudad eran doce voces en mi mente, cada una suplicando por más, por otra victoria, por esa gloria eléctrica que se filtra con el humo de los cigarros y el sudor en los vestuarios. Desde que crucé la verja lateral de El Granado, los días han dejado de estar medidos por el reloj: ahora lo marcan los latidos de los partidos clandestinos, los susurros de las apuestas bajo las luces bajas y las miradas que nunca se encuentran de frente. Hace tantos años que lo que nos une no es el amor por un escudo, sino el hambre de algo que no sabríamos nombrar fuera de este círculo, tan cerrado como una herida fresca.

La primera vez que vi a Lucía, llevaba los calcetines cubiertos de barro y el gesto tan serio que nadie podía creer que se reiría alguna vez. Era la nueva "fisioterapeuta", así la presentó Fernández, nuestro capitán caído en desgracia, aunque nadie le preguntó de dónde venía ni por qué sus manos temblaban apenas. Lo importante eran las piernas rotas que sabía arreglar, y su destreza para sacar un vendaje de emergencia como un mago saca una paloma sin alas. En estos partidos, perder es casi una anécdota; lo imposible es mantenerse intacto, volver a casa con todos los huesos en su sitio y las historias sobre lo que cuesta sobrevivir más allá de la jornada.

Los viernes se llenan de humo y tacto. La cerveza caliente sabe a triunfo y a miedo, porque lo que pasa después del pitido final nunca se olvida, por muchas duchas frías que te des. Los veteranos no lo ocultan: han perdido dientes, un par de matrimonios, y hasta el miedo al dolor. Los jóvenes buscan, entre gritos y empujones, ese pase corto que les convierta, por un momento, en el héroe sobre el que las sombras cuentan historias en voz baja. No importa cuál sea el marcador, es la adrenalina la que mantiene la promesa de una noche larga.

En el tercer tiempo nadie es enemigo, solo carne cansada buscando redención o, quizás, compañía. Allí, en la esquina del vestuario, Lucía le cura el esguince al 'Chino' y le dibuja casi sin querer una sonrisa. Afuera, Ríos apuesta billetes arrugados a cuántas cervezas más resistirá la mesa sin una tercera pata. Todo tiene un precio: un disparo al tobillo, una caricia bajo la mesa, un secreto compartido en el pasillo mientras afuera el mundo real, el de los horarios y las responsabilidades, sigue su curso ignorando estos templos del sudor y el deseo.

Me acerco al banco, siento aún el calor de la cancha en la piel y en el fondo del estómago. Esta vez ha sido empate, pero los cuerpos laten como si hubiéramos conquistado algo más que puntos: la certeza de que aquí, lejos del ruido diurno y las exigencias, lo más salvaje de nosotros encuentra un lugar donde gritar, fracasar y volver a empezar sin que nadie juzgue. Me gustaría decir que volveré la próxima semana solo por el deporte, pero sería mentira; hay algo en esas miradas, en la conversación a media voz de Lucía y en la promesa de que, después del sudor, vendrá el roce, lo prohibido, lo que no necesita balón para convertir la derrota en un triunfo íntimo.

Fuera, la madrugada parece no tener fin. Camino lentamente, con la camiseta aún húmeda pegada al pecho y la certeza de que aquí, entre las sombras y el himno lejano de un estadio vacío, he encontrado una pasión que no sabría perder ni aunque quisiera. El partido ha terminado, sí. Pero el juego, el verdadero juego, apenas está por comenzar.

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