Fragmento:
Ese jueves, Flora caminaba en zapatillas y bufanda, mientras la luna se deslizaba por el borde de las farolas. No era ni la más seria ni la más traviesa de la ciudad: tenía 42 años, una colección de tazas desparejadas y un sueño recurrente donde viajaba en globo sobre ciudades que no existían. Era, como muchos adultos, la suma de asuntos pendientes y promesas a sí misma, un par de remordimientos y cientos de pequeños recuerdos perdidos entre las llaves y los recibos del cajón. El mundo le parecía un poco más denso que antes, pero cada jueves a medianoche sentía que podía encontrar un atajo a través de la rutina.
Duración: 04:13
Había una vez, cuando los relojes aún marcaban las horas con campanadas reales y la noche tenía bordes nítidos, una pequeña ciudad parada entre el rumor de colinas violetas y el eco de un río siempre al fondo. A esa ciudad llegaban los jueves a medianoche personas que no se sentían del todo jóvenes ni del todo viejas, que no sabían si buscar refugio en cuentos con final feliz o tan solo un café caliente en silencio, pero que secretamente anhelaban ambas cosas.
Ese jueves, Flora caminaba en zapatillas y bufanda, mientras la luna se deslizaba por el borde de las farolas. No era ni la más seria ni la más traviesa de la ciudad: tenía 42 años, una colección de tazas desparejadas y un sueño recurrente donde viajaba en globo sobre ciudades que no existían. Era, como muchos adultos, la suma de asuntos pendientes y promesas a sí misma, un par de remordimientos y cientos de pequeños recuerdos perdidos entre las llaves y los recibos del cajón. El mundo le parecía un poco más denso que antes, pero cada jueves a medianoche sentía que podía encontrar un atajo a través de la rutina.
Esa noche su paseo la llevó a la puerta de una librería diminuta, tan bajo el nivel de la calle que parecía construida para gatos curiosos o ratones que supieran leer. La puerta crujía blanda al abrirse, liberando al aire el leve aroma del polvo, la tinta antigua y las manzanas olvidadas. Detrás del mostrador, el dueño —señor Lively— lucía corbata azul, ojos muy grises y cierta habilidad misteriosa para saber exactamente qué libro necesitaba cada cliente sin preguntar ni una sola palabra. Había en la librería otros adultos, cada uno sumido en su búsqueda: una señora con un elegante abrigo amarillo hojeaba volúmenes de poemas; un hombre de barba trémula repasaba álbunes de cromos futbolísticos y, en el rincón, una pareja joven discutía, en voz baja, sobre si adoptar o no a un perro invisible.
Flora saludó haciendo un leve gesto con la cabeza, recorrió estanterías polvorientas y, al llegar a la letra "V", sintió un cosquilleo. Allí estaba: un libro gordo, entelado, sin título en el lomo. Lo deslizó entre sus manos sintiendo el latido del asombro: cuando lo abrió, descubrió que cada página le devolvía una historia diferente según el día y la luz. Un jueves por la mañana era una novela de intrigas, pero a medianoche, en la penumbra de la librería, el libro empezaba a susurrarle cuentos: relatos de lo que había soñado de niña y llorado de joven; relatos de cómo se había reído, de cómo había dejado crecer el miedo y luego lo había olvidado bajo la alfombra. Era un espejo en palabras, pero más amable y paciente que cualquier reflejo frío.
El señor Lively, viéndola absorta, le sirvió una taza de té muy perfumado y, sin romper el silencio, dejó a su lado un sobre pequeño. "Para la vuelta a casa," dijo, y sonrió como un duende satisfecho. Flora le dio las gracias y regresó a la lectura: descubrió una historia particular que no recordaba haber vivido—o quizás sí, en algún otoño tan remoto que dolía. Era el cuento de una muchacha que, un jueves a medianoche, entraba en una librería extraña y encontraba un libro mágico. Leyendo esa historia dentro de la historia, renació en Flora una tibia certeza de que los enredos de la vida adulta no tenían que ser cadenas, sino madejas para ovillar sueños nuevos.
Cuando el reloj de la librería dio la una, todos partieron, cada quien con una historia diferente en la cabeza y una serenidad inexplicable en el fondo del pecho. Flora llegó a su casa, descalza por el pasillo, y al abrir el sobre encontró una llave diminuta, de oro pálido. No tenía cerradura que correspondiera en su casa, pero le pareció, mientras se deslizaba bajo las sábanas, que esa llave encajaría perfectamente en alguno de esos recuerdos viejos –o quizá abriría algo nuevo, todavía imaginado, apenas atisbado.
Esa noche, ni la rutina ni las tristezas lograron encontrarla. En su sueño, hubo libros que volaban, una taza de porcelana recuperada, y la reconfortante sensación de que, aunque adultos, todos podíamos cruzar al menos una vez a la semana una puerta secreta, y tomar, sin prisa ni reproche, el cuento exacto que andábamos necesitando.
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