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Portada del relato El Relojero de las Nubes
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Fragmento:


Había una vez, en el rincón escondido de una ciudad que nadie recordaba, una tienda curiosa, inaudita incluso para quienes se enorgullecían de conocer todos los secretos del barrio antiguo. Estaba encajada entre una sombrerería encantada y una panadería cuyo pan crujía siempre como la corteza de los árboles bajo los pies del invierno. Este lugar, ni demasiado grande ni demasiado pequeño, tenía las ventanas empañadas por una bruma sutil y persistente y un letrero gastado en el que sólo podía leerse: “Cosas que buscan dueños que buscan cosas”.

Duración: 05:18

El Relojero de las Nubes
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Había una vez, en el rincón escondido de una ciudad que nadie recordaba, una tienda curiosa, inaudita incluso para quienes se enorgullecían de conocer todos los secretos del barrio antiguo. Estaba encajada entre una sombrerería encantada y una panadería cuyo pan crujía siempre como la corteza de los árboles bajo los pies del invierno. Este lugar, ni demasiado grande ni demasiado pequeño, tenía las ventanas empañadas por una bruma sutil y persistente y un letrero gastado en el que sólo podía leerse: “Cosas que buscan dueños que buscan cosas”.

La propietaria era una señora de cabellos tan grises que a veces parecía desaparecer entre los hilos de niebla, y de unos ojos tan agudos que podían atravesar las paredes ásperas de las preguntas más fuertes. Su nombre era Alina y, según seis vecinos y una pareja de gatos siameses, había viajado a lomos de un dragón de papel hasta el corazón de la selva para buscar cuentos que se habían escapado de los libros.

Aquel día, la tienda se encontraba especialmente inquieta. Los objetos se movían sutilmente en los estantes; un botijo de cobre silbaba melodías antiguas de vez en cuando, y una trompeta guardaba en su interior una tormenta eléctrica embotellada. Alina, como cada tarde, esperaba a que la puerta de cristal tintineara con la llegada de un visitante inesperado, porque, aunque no siempre era así, los clientes más peculiares llegaban a la hora del crepúsculo, cuando el mundo se olvida de ser fiel a las reglas.

El primero en entrar fue un hombre de bigotes plateados que buscaba un reloj con la capacidad de atrasarse sólo cuando los besos eran robados bajo las farolas. “Tendría que buscarlo en la sección de recuerdos” murmuró Alina, con una sonrisa que desvelaba un pequeño lenguaje secreto. El siguiente, una joven con el cráneo cubierto de mariposas, quería una brújula para hallar la dirección de las palabras no dichas, esas que se enredan en la garganta cuando el mundo se detiene por un instante.

Pero no fue hasta que llegó la anciana con zapatos de charol azul —resplandecientes e imprudentes, como si nunca hubieran pisado el pavimento ni conocido el polvo de los caminos— que ocurrió lo inesperado. La anciana no dijo ‘buenas tardes’, ni preguntó por un objeto en específico; simplemente apoyó una caja sobre el mostrador, una caja pequeña, sin marcas, atada con un cordel demasiado fino y un lazo que parecía estar hecho de luz de luna.

—Te he traído algo que no quiero conservar —susurró la visitante, y su voz tenía un eco de lluvia de invierno en casas vacías.

La caja era absurdamente ligera. Alina la miró con ese gesto de quien reconoce un acertijo en las primeras notas de un piano olvidado. Al desatar el lazo, una niebla azulada llenó el mostrador y pareció empequeñecer el local hasta hacerlo tan diminuto como una casa de ratones. De la niebla emergió una llave de cristal. No era una llave corriente: centelleaba con fragmentos de sueños y tenía la extraña habilidad de reflejar en ella los ojos de quien la observaba, pero siempre devolviéndolos un poco más jóvenes, o un poco más viejos, según el día o el deseo.

—¿Qué abre esta llave? —preguntó Alina, aún tomada por la extrañeza del presente.

La anciana se encogió de hombros. —La soledad, a veces. Las puertas cerradas, pero sólo aquellas que uno teme abrir. Y, en noches especiales, permite entrar en los sueños de otro.

El relojero de la esquina, que acababa de entrar para encargar una porción de tiempo dominguero, se quedó observando. “Eso es peligroso”, murmuró, “jugar con los sueños ajenos”. Pero Alina, que conocía el precio de la nostalgia y el valor de las historias que nadie se atreve a contar, tomó la llave con el respeto que se tiene ante una carta de amor sin destinatario.

Aquel anochecer la tienda cerró antes de tiempo. Alina, la caja vacía junto a la tetera, se sentó a mirar la llave bajo la lámpara de óleo. El tiempo parecía latir de forma diferente entre las paredes de la tienda. Recordó las ocasiones en las que había sentido las puertas cerradas, no por fuera sino por dentro, y el alivio agridulce de saltar de un sueño a otro, buscando respuestas que sólo aparecen cuando dejamos de buscar.

Esa noche, Alina decidió probar la llave. Se recostó en la butaca de cuero bajo el escaparate, la llave de cristal en la mano, y cerró los ojos. El aire olía a libros antiguos y lluvia. En el instante en que el sueño la abrazó, supo que no soñaba sola: por entre las sombras brumosas del sueño caminaban el hombre de los bigotes plateados y la chica de las mariposas, y la anciana, con sus zapatos de charol azul, danzaba entre estanterías hechas de luna llena. Todos buscaban algo, todos compartían la búsqueda, y entre ellos circulaba la llave que abría las puertas más difusas y preciosas: esas que nos permiten ser uno mismo, cuando nadie está mirando, y abrazar los cuentos viejos que aún buscan dueño.

Y así fue como, desde esa noche y en adelante, la tienda que vendía “cosas que buscan dueños que buscan cosas” tuvo siempre una luz azulada encendida en la oscuridad, y quien pasaba por la acera juraba que podía ver, reflejada en el cristal, una multitud de sueños, esperando, curiosos, a que alguien se atreviera a abrir la puerta. Porque, al final, los verdaderos cuentos de hadas —para niños grandes o pequeños— no terminan nunca: sólo aguardan, pacientes, a ser contados de nuevo.

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