Fragmento:
Silvio coleccionaba sombreros. Pero no cualquier sombrero: únicamente aquellos que eran olvidados, abandonados o desistidos voluntariamente por sus dueños al cruzar un umbral importante en sus vidas: el sombrero del primer fracaso, el del último baile de juventud, el de las palabras no dichas en un reencuentro. De alguna manera misteriosa, cada sombrero encontraba el modo de regresar a su anaquel en la casa de Silvio, donde se reunían, murmuraban y aguardaban.
Duración: 04:00
Había una vez, entre dos colinas grises y una senda de piedras doradas apenas holladas por los caminantes, un pequeño pueblo que se desvanecía en los mapas y en la memoria de los cartógrafos expertos. En este pueblo crecían helechos con hojas como manos abiertas y lilas cuyas flores susurraban sin cesar, aunque ningún oído humano parecía escucharlas realmente. En el borde mismo del pueblo, donde los gatos dormían sobre cercos de madera carcomida y los niños jugaban a perderse para hallarse distintos, vivía un viejo llamado Silvio, que poseía un oficio peculiar. Nadie en el lugar lo había visto nunca trabajar, pero la puerta de su casa, de noche, resplandecía como si atesorara en su interior todos los días de verano de la infancia.
Silvio coleccionaba sombreros. Pero no cualquier sombrero: únicamente aquellos que eran olvidados, abandonados o desistidos voluntariamente por sus dueños al cruzar un umbral importante en sus vidas: el sombrero del primer fracaso, el del último baile de juventud, el de las palabras no dichas en un reencuentro. De alguna manera misteriosa, cada sombrero encontraba el modo de regresar a su anaquel en la casa de Silvio, donde se reunían, murmuraban y aguardaban.
Cierta noche de viento blando, mientras las estrellas practicaban su desfile ante la luna, Silvio tuvo un visitante. Era una dama de edad indefinida, vestida con un abrigo que parecía llevar el otoño en sus costuras. Llevaba bajo el brazo un sombrero azul de ala ancha, adornado con plumas de aves nunca vistas.
“¿Vienes a dejarlo?” preguntó Silvio, sin sorpresa.
“No lo sé,” respondió la dama, “quizá sólo busco recordarlo. Este sombrero fue testigo de todo aquello que no supimos ser juntos, Joaquín y yo. ¿Acaso los sombreros pueden devolvernos el tiempo?”
Silvio la miró con la ternura que sólo tienen los árboles para la brisa de la tarde.
“Nadie ha regresado jamás al tiempo perdido, pero los objetos—si los escuchas—pueden enseñarnos a dejar ir el deseo de volver.”
La dama, sentándose en el sillón de mimbre, posó el sombrero en su regazo y cerró los ojos. El silencio se llenó de murmullos tenues, como si miles de voces, suaves y antiguas, se confabularan a su alrededor.
“Cada vez que dejo un sombrero, temo sentirme más ligera y, sin embargo, algo me pesa más aquí.” Ella se tocó el pecho.
Silvio asintió, ofreciéndole una infusión de hojas secas y misteriosas.
“Eso es porque los recuerdos no pesan en la cabeza. Pesan donde más duele, pero también donde más aprendemos. Puedes dejar el sombrero si el peso es demasiado, pero si no está listo para irse, volverá contigo al salir”.
Fue entonces cuando, desde lo alto de un estante, un pequeño sombrero negro de fieltro rodó por sí solo hasta el suelo. Era el sombrero de un niño que años atrás se había perdido en el bosque detrás de la casa de Silvio y que jamás había sido reclamado. La dama se arrodilló, tocó la tela y, contra toda lógica, sintió la calidez de una tarde al sol, el eco lejano de una risa desbordante. Entendió, entonces, que a veces más que perder hay que recordar tener.
“Elijo llevarme mi sombrero azul hoy,” sonrió por fin, “pero prometo escuchar lo que me diga cada vez que el viento me lo arrebate un instante.”
Silvio la acompañó hasta la puerta y, al despedirse, supo que aquello que había pasado no era sino otro tipo de trabajo suyo: custodiar la memoria, la nostalgia y el arte de seguir adelante aun cuando el camino es más largo que nunca.
De esa noche en adelante, no sólo los sombreros olvidados habitaron los estantes de Silvio. También llegaron unos guantes de reconciliación, una bufanda tejida con finales y un paraguas que, abierto, cantaba bajito canciones de una infancia remota. Y la casa de Silvio, en la frontera entre el recuerdo y el olvido, se llenó de peregrinos adultos que comprendían al fin que crecer no es dejar de jugar, sino aprender a mirar los juguetes con otros ojos; que la memoria es un cuento sin final—tan grande, tan pequeño como un sombrero olvidado y vuelto a encontrar.
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