Fragmento:
El coleccionista, que se hacía llamar Oskar, salía sólo al anochecer, cuando los sonidos se volvían lentos y las calles parecían suspirar bajo la luna. Tenía una costumbre peculiar: cazaba los silencios. No cualquier silencio, por supuesto, sino aquellos que caían entre las conversaciones interrumpidas, los suspiros de los ancianos en los bancos del parque, los espacios entre una palabra y otra en los libros que la gente leía en voz baja antes de dormir.
Duración: 04:01
Había una vez, en el confín de una ciudad que nadie recordaba cómo se llamaba, un hombre que coleccionaba palabras olvidadas en una maleta hecha de sombras y recuerdos. No era un hombre corriente: vestía abrigos hechos con retazos de páginas de libros que nunca llegaron a ver la luz, y su pañuelo estaba bordado con hilos de promesas incumplidas. Sus vecinos apenas lo miraban, pues en aquel lugar nadie tenía tiempo para los que se demoraban en los pequeños milagros de cada día.
El coleccionista, que se hacía llamar Oskar, salía sólo al anochecer, cuando los sonidos se volvían lentos y las calles parecían suspirar bajo la luna. Tenía una costumbre peculiar: cazaba los silencios. No cualquier silencio, por supuesto, sino aquellos que caían entre las conversaciones interrumpidas, los suspiros de los ancianos en los bancos del parque, los espacios entre una palabra y otra en los libros que la gente leía en voz baja antes de dormir.
Una de esas noches, tropezó con un objeto extraño junto al farol más antiguo de la plaza: un paraguas invertido. Nadie parecía haberlo dejado allí, pero en su varilla de madera había grabado un mapa diminuto, hecho de líneas casi invisibles y símbolos que parecían bailar si uno les guiñaba el ojo. Oskar recogió el paraguas y lo abrió. Pero, en vez de protegerlo, el objeto capturó una ráfaga de viento y lo elevó apenas un palmo del suelo, como si quisiera danzar con él a través de los tejados.
Instintivamente, Oskar colocó la maleta entre sus brazos, se aferró al paraguas y, en menos de un parpadeo, la ciudad se achicó bajo sus pies. Vio desde el cielo los jardines donde los niños jugaban a ser mayores, las tiendas en las que los adultos vendían nostalgias embotelladas, y una casa diminuta al borde de un estanque quieto, que parecía llamarlo con la insistencia de una canción vieja.
Aterrizó suavemente frente a la casa, donde lo esperaba una niña de cabellos de nube, ojos de manecillas y una sonrisa tan tímida que sólo las luciérnagas sabían encontrarla. La niña se llamaba Clara y tenía el extraño talento de contar cuentos que sólo los adultos podían entender, aunque eran demasiado ocupados recalculando sus preocupaciones como si fuesen cuentas sin resolver.
—¿A qué has venido? —preguntó Clara, tomándolo de la mano.
—He venido a buscar el Silencio que se esconde entre las palabras y se muere de frío en las esquinas —susurró Oskar.
Clara asintió, y juntos abrieron la puerta. Dentro, cientos de relojes dormían colgados de las paredes, pero ninguno marcaba la hora. En el centro de la sala, un asiento vacío esperaba a alguien que supiera escuchar antes de hablar. Clara le explicó que cada reloj guardaba un fragmento de historia no contada, y que sólo podía ser escuchada por quienes supieran dejar la prisa en el umbral.
Oskar tomó su maleta y, con delicadeza, extrajo una palabra que había recogido aquella tarde: “tibieza”. Era el susurro de una abuela arropando a su nieto. Al posar la palabra sobre el péndulo de un reloj, la habitación se llenó de un aroma a pan recién hecho y a canciones lejanas. Clara lo invitó a sentarse y le ofreció una taza de silencio, templado y transparente.
Bebieron juntos y, por un instante interminable, ninguno habló. En ese instante, Oskar supo que había hallado el lugar donde los adultos también podían ser niños, siempre y cuando recordaran cómo esperar en silencio, permitiendo que las historias florecieran como flores en la boca del tiempo.
Al salir, Oskar y Clara no se despidieron: los amigos verdaderos no lo necesitan. El coleccionista regresó a la ciudad flotando con su paraguas y su maleta, sabiendo que los grandes tesoros no se muestran, sino se ofrecen en la pausa, en la tibieza, en los silencios compartidos. Desde entonces, quien camina despacio por las calles puede encontrar, en el hueco entre los sonidos, la pequeña puerta que lleva a la casa junto al estanque. Algunos dicen que basta con abrir un paraguas al revés durante una noche sin nombres; otros, que sólo hay que atreverse a escuchar con el corazón aquello que los relojes rotos aún intentan contar.
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