Tras la puerta
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Portada del relato El durazno en la azotea
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Fragmento:


Dudó. Tocó la fruta con la yema de los dedos, como quien toca una cicatriz. “¿Y si todo explota sencillamente al tocarlo?” pensó. Pero era la única intriga que se atrevió a desvelar ese día. Al elevarlo, notó, debajo, un papelito escrito con una caligrafía diminuta: “Regálate cinco minutos”. Adela releyó la nota, la dobló y la guardó en el bolsillo, sintiéndose absurdamente infantil. ¿Cinco minutos de qué? ¿De silencio? ¿De recuerdos, de deseos, de dejar que el tiempo siga sin su permiso?

Duración: 04:24

El durazno en la azotea
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En la ciudad donde los edificios parecían no tener fin y las ventanas temblaban cada vez que pasaban los trenes, vivía Adela, quien tenía treinta y nueve relojes y ninguna razón para levantarse temprano. Adela coleccionaba relojes porque ansiaba domar al tiempo, pero cada mañana, cuando sonaban con una sinfonía caótica, ella los detenía y se acurrucaba bajo la colcha, preguntándose si el tiempo podía también detenerla.

Una tarde de jueves, cuando el sol se escapaba entre aceite y brasas sobre los tejados, Adela oyó algo suave, casi secreto, desde la azotea. Era una música tibia, un sollozo si se escuchaba bien, o quizás era viento atrapado en las losas calientes. Al principio pensó en palomas, pero ningún ala podía producir esa melodía persistentemente triste. Tomó su taza de café recalentado y, empujada por una curiosidad cansada, subió los veinte escalones, con cada peldaño susurrándole recuerdos de gritos, risas y algún antiguo olvido.

La azotea era el dominio de los gatos y las sombras, pero ahí, justo bajo la torre de antenas oxidadas, encontró un durazno perfecto, tan blando y jugoso que el aire mismo parecía oler a verano. El durazno tenía manchas doradas, terciopelo en la piel y latidos en el centro. Y Adela supo, de inmediato, que estaba fuera de lugar: ni árbol, ni maceta, ni bolsa olvidada a la vista. Solo el durazno, testigo inmóvil de la ciudad infinita, esperando, como ella.

Dudó. Tocó la fruta con la yema de los dedos, como quien toca una cicatriz. “¿Y si todo explota sencillamente al tocarlo?” pensó. Pero era la única intriga que se atrevió a desvelar ese día. Al elevarlo, notó, debajo, un papelito escrito con una caligrafía diminuta: “Regálate cinco minutos”. Adela releyó la nota, la dobló y la guardó en el bolsillo, sintiéndose absurdamente infantil. ¿Cinco minutos de qué? ¿De silencio? ¿De recuerdos, de deseos, de dejar que el tiempo siga sin su permiso?

Se sentó en el borde cálido de la azotea, con las piernas colgando hacia el patio vacío. El durazno pesaba lo justo en su mano, ni mucho ni poco, y olía a promesa de algo que nunca había probado. Cerró los ojos y acertó a morder. El jugo resbaló, dulce, demasiado real, por su barbilla, y durante esos cinco minutos Adela se olvidó de los relojes, del miedo a perder el tiempo, del silencio persistente de su apartamento.

Pasaron cinco minutos y, en ese brevísimo espacio, Adela recordó que de niña soñaba con casas que flotaban y madres que nunca dormían, que había aprendido canciones inútiles y risas inútiles también, pero que se aferraba a ellas como quien atesora algún relicario. En la sombra larga de la tarde, las ventanas de los edificios, de repente, comenzaron a iluminarse desde dentro. Parecía que la ciudad entera respiraba y se detenía, al compás de alguien que, por un instante, decidió dejarse llevar.

Al quinto minuto, Adela se levantó, tiró el carozo brillante por la baranda y lo vio rodar por los ladrillos, perderse entre musgos y tapas de gaseosa. Pensó que quizás algún pájaro recibiría el regalo el próximo jueves, o alguna persona perdida, como ella. Bajó los escalones con una sonrisa pequeña, suficiente nada más. Encendió la radio y los relojes, por primera vez en años, siguieron molestando pero sin molestarla.

Desde ese día, Adela tomó la costumbre: cada jueves, subía a la azotea por si algo, alguien, algún pequeño milagro, había sido dejado a su espera. A veces encontraba notas: “Hoy solo escucha”, o “Olvida un miedo aquí”. Algunas veces no había nada, y otras veces encontraba una flor machacada, una pluma, una piedra. Pero nunca dejó de subir.

Y así fue como Adela aprendió el arte secreto de regalarse el tiempo. A veces, eran cinco minutos devorados con el entusiasmo de las cosas que no regresan; otras, bastaba con mirar la ciudad y sus luces transitorias. Los relojes siguieron allí, torrente de minutos que ya no podían morderla.

Afuera, la ciudad siguió avanzando y, en la azotea, los duraznos probablemente no volvieron a crecer. No importaba ya. En el ciclo de las semanas, ella había aprendido a estar, simplemente, y a veces, cuando masticaba el silencio, creía escuchar, dulce y persistente, la música de algo imposible y antiguo, flotando sobre todos los tejados del mundo.

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