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Portada del relato El zorro que no quería mentir
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Fragmento:


Había una vez, en un rincón donde el musgo y la nostalgia crecían a la par, una cabaña de madera que desafió el paso de las estaciones. Su tejado carcomido por la lluvia y las historias antiguas, sus ventanas bordadas de huellas de manos pequeñas y también de manos viejas. Allí vivía Ottilia, una señora de cabello largo y trenzado, tan gris como las tardes de febrero y tan suave como la lana olvidada en el fondo de un baúl. Ottilia tenía una costumbre extraña, y aunque nunca la llamaría superstición, tampoco lograba explicársela: cada noche, antes de dormir, escondía un objeto cotidiano—una cuchara, una carta amarilla, un botón perdido—en algún rincón diferente de su casa.

Duración: 04:02

El zorro que no quería mentir
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Había una vez, en un rincón donde el musgo y la nostalgia crecían a la par, una cabaña de madera que desafió el paso de las estaciones. Su tejado carcomido por la lluvia y las historias antiguas, sus ventanas bordadas de huellas de manos pequeñas y también de manos viejas. Allí vivía Ottilia, una señora de cabello largo y trenzado, tan gris como las tardes de febrero y tan suave como la lana olvidada en el fondo de un baúl. Ottilia tenía una costumbre extraña, y aunque nunca la llamaría superstición, tampoco lograba explicársela: cada noche, antes de dormir, escondía un objeto cotidiano—una cuchara, una carta amarilla, un botón perdido—en algún rincón diferente de su casa.

El pueblo, curioso y algo prejuicioso, decía que Ottilia hablaba con el reloj de pared, aquel que solo daba la hora cuando ella cantaba viejas canciones en un idioma ya ido. Los niños mayores aseguraban haber visto al reloj guiñar el ojo derecho. Nadie supo nunca, sin embargo, que cuando Ottilia escondía esos objetos tan normales, los objetos hacían lo mismo con sus propias emociones: la cuchara susurraba decepciones antiguas, el botón recordaba amores caídos del abrigo y la carta a veces suspiraba.

Una noche cualquiera —de esas que parecen contener todos los otoños de la infancia—, Ottilia escondió una taza rota bajo el sofá florido. Al hacerlo, escuchó el sollozo más diminuto que uno puede imaginar, como si hubiera pisado una sombra distraída. Ella no se asustó; en vez de eso, se sentó en el suelo y esperó. "Está bien llorar", susurró con voz de pan recién hecho. "A veces también yo lo hago, cuando la luna se pone demasiado cerca."

Desde bajo el sofá, una figura surgió: era una pequeña sombra con forma de paraguas rojo, de esos que bailan cuando hay viento de tormenta y niños saltando en los charcos. La sombra se acurrucó en el regazo de Ottilia y le contó cómo había perdido su mango de madera y su tela de lunares, cómo vagaba de casa en casa, esperando que alguien la reconociera. Ottilia, sin sorprenderse, le habló de su propio miedo a perder sus trenzas, sus recuerdos y sus ventanas con huellas.

Pasaron así la noche, en un diálogo lento pero sincero, donde las palabras no tenían prisa. Ottilia habló de su infancia, de los gatos que dormían entre los libros, de los montones de nieve en los que una vez perdió su mano derecha por unos instantes (y cómo la recuperó con la ayuda de una risa). La sombra del paraguas rojo compartió historias de cielos llenos de cometas y de cómo una vez salvó a un ratón de una tormenta, cubriéndolo de gotitas de felicidad.

Mientras hablaban, los objetos escondidos comenzaron a susurrar entre ellos. La cuchara le contaba al botón lo cálido que fue, una vez, remover sopa de ciruelas, y la carta tarareaba un estribillo de esperanza. De pronto, la cabaña entera se llenó de un murmullo antiguo, casi como si la casa misma despertara de un sueño largo y pesado.

Ottilia entendió entonces la razón de su costumbre. No escondía objetos por miedo a perderlos, sino para darles oportunidad de encontrar su voz, de reunirse y contarse la vida. De esa forma, ella también escuchaba otras vidas, otras infancias, lo que la ayudaba a recordar la suya.

Al amanecer, la sombra del paraguas rojo se había disipado, quedando sólo una suave mancha en la alfombra. Donde antes estuvo, Ottilia halló un pequeño mango de madera con un lazo de terciopelo. A partir de esa noche, Ottilia dejó de esconder objetos y, en vez de eso, les ofrecía tazas de té calientes y oportunidades para contar sus historias. Los relojes dejaron de dormir y las ventanas se volvieron espejos de otros mundos posibles.

Así, la cabaña en la colina ya no fue olvidada. Susurros y risas brotaban a través de las rendijas, y quien pasaba por allí sentía brevemente que podía recordar el primer día en que fue verdaderamente feliz, aunque no supiera por qué. Y tal vez esa sea la magia secreta de las vidas pequeñas y desordenadas, donde a veces, las sombras se atreven también a dejarse abrazar.

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