Fragmento:
En un lejano rincón donde el tiempo baila al revés, un pueblo pequeño se llamaba Nuncajamás, aunque los mapas lo confundían constantemente con Allálejos. Aquí vivía Don Hilario Largo, un hombre con un bigote tan enroscado que a veces atrapaba mariposas sin querer. Don Hilario era conocido por todos, no solo por sus bigotes singulares, sino por su costumbre peculiar de nunca salir de su casa después del anochecer. Decía que el Sol y él tenían un acuerdo: cuando el Sol se retiraba, él también debía hacerlo.
Duración: 04:07
En un lejano rincón donde el tiempo baila al revés, un pueblo pequeño se llamaba Nuncajamás, aunque los mapas lo confundían constantemente con Allálejos. Aquí vivía Don Hilario Largo, un hombre con un bigote tan enroscado que a veces atrapaba mariposas sin querer. Don Hilario era conocido por todos, no solo por sus bigotes singulares, sino por su costumbre peculiar de nunca salir de su casa después del anochecer. Decía que el Sol y él tenían un acuerdo: cuando el Sol se retiraba, él también debía hacerlo.
Pero en aquel pueblo de techos verdes y gatos soñadores, sucedió algo inusual el miércoles pasado. Sucedió exactamente a la hora en que los grillos comienzan a afinar sus violines y las farolas bostezan prendiendo su luz. Una carta llegó volando, zigzagueando entre chácharas y rumores, y se metió por la ventana de Don Hilario. No era una carta común. Olía a magnolias y tenía la textura de un deseo incumplido.
Curioso y cauteloso, Don Hilario abrió la carta con unas tijeras que apenas usaba, pues temía cortar accidentalmente una idea en formación. El mensaje decía: “Te invito a una cena en la plaza, bajo la estatua del sombrero que nunca cabe. Trae tus mejores preguntas. Sólo adultos con alma infantil podrán entrar. Al filo de la medianoche, algo maravilloso ocurrirá.”
Don Hilario dudó. ¿Salir de noche? ¿Y si trasnochaba al Sol sin querer? Pero la invitación olía tan bien y la curiosidad le zumbaba en la boca del estómago. Se puso su abrigo forrado de retales, recogió un puñado de preguntas envueltas en pañuelos de tela y salió con cautela, mirando de reojo al cielo, por si el Sol le hacía señas de volver a la cama.
En la plaza de Nuncajamás, se encontró con otros adultos –también medio niños por dentro, aunque algunos llevaban corbatas de responsabilidades y bolsillos llenos de facturas y llaves. Allí estaba Doña Margarita Temblona, que decía que su corazón era una pelota de ping-pong, y el señor Eloy Risuela, quien podía reírse con solo mirar una cebra.
La estatua del sombrero que nunca cabe parecía aún más grande de noche, y sobre su ala bailoteaban diminutas luciérnagas con zapatos de charol. En el centro de la plaza, una mesa larga como una promesa se extendía, cubierta de platos extraños e historias a medio contar.
A medida que se acercaba la medianoche, los relojes tiraban las manecillas al suelo y las campanas del pueblo solo decían, “tic... tic...” en vez de sonar por completo.
Los adultos se sentaron y uno tras otro recitaron sus preguntas:
— ¿Por qué sólo recordamos los errores justo antes de dormir?
— ¿Qué pasaría si el miedo durmiera la siesta?
— ¿Podrían dos abrazos arreglar un año difícil?
Las preguntas flotaban encima de la mesa como globos llenos de posibilidades. Nadie tenía todas las respuestas, pero todos compartían historias, anécdotas y risas que viajaban como pequeñas cometas sobre la plaza.
Entonces, al filo exacto de la medianoche, ocurrió el milagro prometido: todos los invitados sintieron que algo dentro de ellos se inflaba con ligereza. Los hombros se les hicieron menos pesados, y el ceño fruncido de la preocupación se deshizo como azúcar en limonada.
Vieron que el mundo era menos rígido de lo que pensaban y comprendieron, sin saberlo realmente, que seguir teniendo curiosidad, reír espontáneamente y abrazar la ternura (como un niño a su peluche favorito) era el secreto que el pueblo de Nuncajamás guardaba celosamente.
La cena terminó cuando las estrellas comenzaron a guiñarles el ojo, y cada adulto se marchó a su casa llevando bajo el brazo una pregunta menos pero muchas risas nuevas. Don Hilario regresó, toco su bigote (ahora algo más despeinado por el viento inesperado de medianoche) y antes de dormir escribió una carta para sí mismo:
“Recuerda que lo extraordinario siempre llama a la puerta cuando llega la noche, y quizá la próxima vez sea el turno del Sol de hacer preguntas.”
Y así, en el pueblo de Nuncajamás, donde los adultos seguían soñando como niños y los niños nunca dejaban de preguntar, el tiempo siguió bailando al revés, pero nadie volvió a encerrarse antes del crepúsculo. Porque hasta los bigotes con mariposas merecen ver brillar la luna de vez en cuando.
FIN
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