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Fragmento:


Desde las alturas, la cúpula directiva observa con lentes de aumento hechos de indiferencia y cálculo. No les interesan ni los nombres ni las historias, solo los números, esas abstracciones capaces de reducir los sueños a cifras y las vidas a curvas descendientes. Llaman “capital humano” a los obreros de este engranaje, sin ver nunca los surcos que la rutina marca en la piel y el espíritu. Proclaman la igualdad de oportunidades, pero en su idioma eso significa que todos tengan la igualdad de competir hasta desangrarse por migajas. Declaman innovación, pero repiten las mismas órdenes con nuevas palabras: producir, acatar, olvidar.

Duración: 04:40

Voces en la niebla
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Una vez más amanece sobre la ciudad, aunque nadie sabe ya a ciencia cierta si el término “amanecer” conserva algún significado. Las luces artificiales ahogan la aurora, y los relojes —si aún quedaran relojes verdaderos— solo recordarían el paso del tiempo para torturarlo. Los edificios se yerguen unos contra otros como costillas de un animal hecho de hormigón; no protegen nada, sino que ciñen a quienes dentro viven, trabajan, sueñan y mueren. Bajo ese cielo plomizo, la multitud se mueve en silencio, tan solo rota por el ulular de los anuncios, que como profetas merodean por altavoces y pantallas: “Consuma ahora, pague después; sea feliz, pero solo si adquiere lo que no necesita”.

En las entrañas de una de esas torres, Ernesto aparta la mirada del monitor y descansa brevemente el cuello. Su cubículo, perfectamente rectangular, parece haber sido diseñado no para albergar a un ser humano, sino para domesticarlo: los muros están tapizados con instrucciones, indicadores de productividad y una foto ajada de una playa que jamás ha pisado. Sus compañeros lo rodean, cada cual confinado en su propia pecera de poliestireno, en una coreografía de rendición repetida mil veces. Algunas caras lucen aún el barniz de la juventud; otras, como la suya, han sido esculpidas por años de servidumbre sumisa e invisible. Nadie habla. Nadie se mira. Hay una ley implícita: trabajar es no existir, y quien existe demasiado atrae la atención de aquellos que observan.

Desde las alturas, la cúpula directiva observa con lentes de aumento hechos de indiferencia y cálculo. No les interesan ni los nombres ni las historias, solo los números, esas abstracciones capaces de reducir los sueños a cifras y las vidas a curvas descendientes. Llaman “capital humano” a los obreros de este engranaje, sin ver nunca los surcos que la rutina marca en la piel y el espíritu. Proclaman la igualdad de oportunidades, pero en su idioma eso significa que todos tengan la igualdad de competir hasta desangrarse por migajas. Declaman innovación, pero repiten las mismas órdenes con nuevas palabras: producir, acatar, olvidar.

Ernesto cada tanto sueña, aunque se cuida mucho de no recordar demasiado. Una tarde, al salir, cruza la calle y ve a un niño arrodillado frente a un trozo de cartón, dibujando con un palillo. “¿Qué haces?”, pregunta por impulso, y el niño le responde: “Imito a mi padre; él también dibuja líneas todo el día, pero en el aire”. Sonríe y sigue caminando, preguntándose a qué clase de herencia ha contribuido. Porque todos —en mayor o menor medida— participan en la gran fantasía: la de un destino escogido, la de la libertad prometida desde el útero para después recortarla con mil trabas burocráticas e invisibles muros.

En los bares y las azoteas, cuando el silencio se relaja y la bebida suelta las lenguas, algunos murmuran sobre una antigua palabra: solidaridad. Se habla de lo que sería vivir sin la presión o el miedo, de cómo sería el mundo si el trabajo no fuese el precio del sustento sino un medio para la alegría compartida. Hablan de robots y nuevas tecnologías, pero saben en el fondo que toda máquina construida a ciegas responde al beneficio de quienes la poseen, no a la comunidad.

En el gris de la existencia diaria, sin embargo, aún destellan chispas. Un compañero que comparte su pan a escondidas; una anciana que enseña a los niños a leer con libros prohibidos por insulsos y poco rentables; jóvenes que se atreven a desafiar el algoritmo cuando creen que nadie los ve. Esas pequeñas rebeliones, minúsculas pero tenaces, perforan la costra de la resignación.

Un día como cualquier otro, Ernesto decide levantar la vista y observa el rostro de un colega. Le sostiene la mirada. Hay miedo, pero también reconocimiento. “¿Y si…” balbucea alguien, pero no termina la frase; sin embargo, el rumor se propaga, primero tímido, apenas audible. Días después, una nota anónima circula: “La verdadera riqueza es la alegría compartida”. Nadie la firma, pero todos la leen. Afuera, en la calle, las luces de neón brillan como fuegos fatuos. Tal vez nada cambie, tal vez sí. Pero ha germinado una pregunta, y ese es siempre el principio del fin de la mentira.

Y así, mientras cae la noche sobre la ciudad sin manecillas, un murmullo recorre los pasillos, las cocinas y los ascensores. No es ruido, ni siquiera protesta: es la sospecha de que el mundo, tal y como lo han conocido, pudo haber sido sólo una terrible equivocación, y que, incluso ahora, hay tiempo de enmendarla.

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