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Portada del relato Cicatrices en el asfalto
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Fragmento:


El hombre camina despacio, como midiendo cada grieta del concreto, escuchando el crujido del pavimento bajo sus botas desgastadas. William lleva una vida escribiéndose a sí misma sobre la superficie indiferente de la ciudad; cada mañana se toma su tiempo, no por ocio sino porque la prisa, en estos bloques distantes del centro, rara vez encuentra recompensa. Corren los autos y corren los años, y siempre parece llover justo cuando uno decide dar ese paso fuera del umbral oxidado del hogar.

Duración: 04:41

Cicatrices en el asfalto
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El hombre camina despacio, como midiendo cada grieta del concreto, escuchando el crujido del pavimento bajo sus botas desgastadas. William lleva una vida escribiéndose a sí misma sobre la superficie indiferente de la ciudad; cada mañana se toma su tiempo, no por ocio sino porque la prisa, en estos bloques distantes del centro, rara vez encuentra recompensa. Corren los autos y corren los años, y siempre parece llover justo cuando uno decide dar ese paso fuera del umbral oxidado del hogar.

Son las ocho y poca gente lo mira. La ciudad tiene una forma precisa de observar: con sospecha, con hambre, con olvido. La tienda que acaba de abrir parece asomarse al día lo mismo que los niños asoman la cabeza entre las rejas al patio: cautela y costumbre. El camarero de mirada turbia le entrega un café, y el vaso de cartón arde entre sus dedos; el calor no se comparte, solo se soporta. William piensa que el café y la ciudad tienen eso en común: te prometen calor, pero nunca compañía.

En la parada de autobús, las conversaciones flotan apenas sobre el ruido de la avenida. Una mujer, probablemente invisible en cualquier otra circunstancia, derrama palabras sobre su teléfono. Habla de pagos y promesas incumplidas, de un trabajo nuevo que nunca llega, de sueños añejados como pan viejo. William recuerda cuando sus propias conversaciones estaban llenas de futuro. Hoy son inventarios de ausencias: esa lámpara que nunca reparó, ese amigo que no volvió después del último giro de la rueda policial, aquella carta que su madre nunca terminó de escribirle antes de… antes de dejar de creer en el correo.

El autobús se detiene, bufando como herido, cubierto de anuncios sobre cosas que nunca podrá comprar. El conductor lo mira como si pudiera verlo. William piensa en el tipo de gente que la ciudad decide ver. Los nombres salen en los noticieros: son estadísticas, historias contadas por otros hasta perder, palabra a palabra, cualquier parecido con la verdad. A las víctimas las identifican por chaquetas, horarios, vecindarios, por los relatos ajenos que escribe la prensa cuando ya nadie los reconoce.

El asiento de atrás le ofrece descanso, también distancia. En los cristales ve su reflejo mezclado con la ciudad, distorsionado por el polvo. A menudo piensa en los relatos de sus abuelos, en cómo hablaban del barrio en tiempos en que los vecinos se saludaban, no solo por educación, sino porque sabían que, de no hacerlo, la ciudad se los tragaría sin devolverles siquiera el eco de sus nombres. Ahora, cada día parece más atávico. Paredes nuevas y viejas, pintadas y repintadas, pero las grietas debajo siguen ahí, amontonando polvo y resentimiento.

El bus cruza hacia el centro y la riqueza empieza a filtrarse en los detalles: las fachadas brillantes, los anuncios de gimnasios que prometen felicidad en seis abonos mensuales, cafeterías minimalistas donde el café se cuela con palabras en italiano inventadas para excluir. El trayecto se convierte en una frontera móvil, y la desigualdad es un idioma: solo los que han aprendido a traducir los silencios entienden el precio de cada mirada.

Baja antes de tiempo, como para desafiar a esa inercia que lo arrastra al olvido. Camina por una acera limpia, vigilada por cámaras y pasos apurados. Una tienda de lujo aparece, reluciente e ilusa, llena de maniquíes imposibles. William se mira reflejado en la vitrina y siente una rabia antigua: esa manera en que la ciudad insinúa sin decirlo que él, y los suyos, no pertenecen aquí. No hace falta un letrero, basta el gesto congelado del vigilante, el murmullo de los empleados, la mirada vacía de los maniquíes que niegan la carne y el sudor de las calles.

No es solo este barrio, lo sabe. En todos los lugares que recorrió la exclusión es un perímetro y un código postal. Las escuelas, las clínicas, incluso el parque donde a veces intenta trotar. Lo que se puede y lo que no. Lo que se espera y lo que se castiga. La ciudad es un cuerpo vigilado y cicatrizado donde la piel determina el acceso, y la historia es un registro implacable de quién estuvo antes, quién puede quedarse, quién jamás debió llegar.

Cae la tarde y la ciudad empieza a vaciarse, poco a poco. El trabajo, rutina y condena, termina para los que pueden llamarlo empleo. William sabe que hoy regresará a casa con los mismos billetes escasos de siempre, pero con una convicción creciente, terca. Sabe que hay otros como él, atravesando esta piel de asfalto, dejando huellas tenaces. Sabe también que los relatos de los suyos sobreviven entre los pliegues de la ciudad; en grafitis debajo de un puente, en el aroma del pan que hornea la vecina, en la carcajada de una abuela que aún recuerda lo imposible.

Mientras vuelve sobre las mismas grietas, con el mismo paso, piensa que el verdadero relato de la ciudad se escribe en los márgenes. Un relato de resistencia y fatiga. Un relato que aún espera ser contado, no por los que imponen la historia, sino por los que aprenden a sobrevivir en ella. William cruza la calle mientras el sol se va y, aunque nadie lo vea, deja ahí la memoria de una vida, una cicatriz más en el asfalto, testimonio obstinado de que estuvo, de que cuenta y de que, a pesar de todo, sigue caminando.

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