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Fragmento:


Una noche más, el menú sería sopa enlatada. Mientras removía el líquido tibio, pensaba en los discursos oficiales sobre “el valor del esfuerzo” y los “valores de la meritocracia”, palabras que en su realidad diaria se desintegraban tan pronto como la lluvia borraba los colores de un mural el lunes por la mañana. Allí, en el microcosmos de su cocina, se preguntó si realmente alguien creía esas consignas o si solo servían para arrojar culpa sobre los hombros de quienes no podían cargar más peso sin hundirse.

Duración: 04:45

Esperando el Último Tren
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Un relámpago fragmentó el cielo sobre la ciudad adormilada, iluminando por instantes las ventanas mugrosas de los edificios descuidados. El ruido del trueno calló la sirena que solía entonar su quejido cada noche, recordando a todos que la vigilancia jamás descansa. No lejos de ahí, en un pequeño apartamento en el séptimo piso, Júlia repasaba con la yema de los dedos las grietas de la mesa, mientras afuera los grafitis parecían cobrar vida en el resplandor húmedo de la tormenta.

La televisión lanzaba promesas seductoras, parloteando sobre un futuro brillante, pantallas salpicadas de rostros sonrientes, aunque el barrio de Júlia parecía nunca haber sido invitado a esa fiesta. La soledad era palpable, densa como el olor a humedad que se acumulaba en los rincones. Tenía treinta y ocho años y una licenciatura en historia guardada bajo varias capas de ropa vieja, y sobrevivía dando tutorías a adolescentes cuyo desapego competía con el de sus propios padres, y que enfrentaban la escuela con la resignación de quienes ya han perdido un juego que nunca se dignaron a explicarles.

Una noche más, el menú sería sopa enlatada. Mientras removía el líquido tibio, pensaba en los discursos oficiales sobre “el valor del esfuerzo” y los “valores de la meritocracia”, palabras que en su realidad diaria se desintegraban tan pronto como la lluvia borraba los colores de un mural el lunes por la mañana. Allí, en el microcosmos de su cocina, se preguntó si realmente alguien creía esas consignas o si solo servían para arrojar culpa sobre los hombros de quienes no podían cargar más peso sin hundirse.

El chasquido del intercomunicador la sacó de su ensimismamiento. Era su vecina, Mirna, mujer fuerte y de mirada terca, que solía pedirle ayuda para redactar cartas formales: reclamaciones por facturas imposibles, impugnaciones de despidos, ruegos administrativos. Mirna traía una noticia: Marco, su hijo adolescente, había sido detenido por la policía la noche anterior. "Justo aquí", insistía, señalando la esquina, "solo estaba esperando un amigo". Pero esos pequeños rituales de adolescencia habían sido declarados sospechosos por una autoridad cuya desconfianza era indistinguible de la hostilidad.

No era la primera vez que en el edificio se respiraba el miedo difuso del contacto forzoso con las instituciones: funcionarias de servicios sociales tratando de hacer cuadrar lo incuadrable, inspectores buscando irregularidades menores para justificar su presencia y, sobre todo, una sensación inconfesable de que la justicia era un juego al que no se podía apostar en serio. Júlia miró a Mirna fijamente, reconociendo en ella la furia resignada de quien se sabe invisible. Propuso escribir un texto contundente, pero ambas sabían que el destino de sus palabras era una carpeta de papel arrumbada en una oficina donde los nombres se leen y se olvidan en la misma exhalación burocrática.

Mientras escribía, Júlia pensó en la violencia cotidiana de las ausencias: padres desaparecidos por empleos que los consumen, hijos que absorben resentimientos antes que letras, vecinas que envejecen esperando respuestas. Se preguntó qué quedaba de la ciudad que había soñado de niña, aquella donde la solidaridad era tan natural como el parpadeo. Ahora, el único contacto frecuente eran llamadas de cobradores, y el afecto estaba abollado, como las latas de sopa que compraba en la rebaja del miércoles.

Afuera, la tormenta cedía y la basura rodaba por el asfalto, batiendo las puertas contra los portales atascados. Sabía que, mientras redactaba la carta para el comisario, solo estaba calmando una indignación, no cambiando nada fundamental. Un leve temblor le recorrió los dedos cuando escribió "apelo a su sentido de la justicia". ¿A cuál justicia?, se preguntó, si a su alrededor la ecuanimidad era tan escasa como el agua caliente en ese edificio.

Contaba, de algún modo, con que sus pequeños gestos (las cartas, las tutorías, los saludos) tejían otra forma de resistencia, un flujo subterráneo que algún día tendría el coraje de brotar en la superficie. Quizá, pensó, la lucha más digna era esa: negarse a aceptar como inevitable la erosión que el sistema les imponía a fuego lento. Era un sueño diminuto, pero en él cabía la sospecha luminosa de que, incluso en la más árida de las ciudades, lo humano aún podía echar raíces.

Cuando terminó, dejó la carta en manos de Mirna, que la leyó con un nudo en la garganta. Abrazándose al salir, sintieron, por un instante ínfimo e infinito, que no estaban completamente solas. Afuera, los niños del edificio perseguían la última ráfaga de viento, ignorando las sirenas y la mugre, y Júlia supo que, mientras hubiera alguien dispuesto a contar lo que pasaba —a resistirse al olvido—, la noche nunca sería del todo impenetrable.

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