Tras la puerta
Trilogía de libros de bolsillo Dímelo
Saga completa en castellano. Edición limitada.: 1-6 (Saga Blackwater)
Hay algo malo en casa
Crónicas de la Torre I. El Valle de los Lobos
Mitsborn - Trilogía original (edición limitada especial estuche)
Portada del relato Ecos de lo Cotidiano
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Fragmento:


En la Plaza Central, una estatua de un hombre con libro en mano miraba hacia el horizonte. Los transeúntes se preguntaban si aquella figura representaba a un sabio o a un trabajador, o si acaso, en aquel bronce, estaban fundidos los rostros de todos y ninguno. Al pie de la estatua, una placa rezaba: “A la excelencia, patrimonio de los que no descansan”.

Duración: 03:34

Ecos de lo Cotidiano
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Sucedía en una ciudad que jamás aparecía en los mapas escolares, aunque tampoco nadie la echaba de menos. Su identidad se diluía, atravesada por rascacielos de vidrio y cemento que reflejaban la luz del progreso, mientras sus sombras ocultaban la fatiga, las miradas bajas y el rumor incesante de que todo podía estar mejor, si sólo se esforzaran un poco más.

En la Plaza Central, una estatua de un hombre con libro en mano miraba hacia el horizonte. Los transeúntes se preguntaban si aquella figura representaba a un sabio o a un trabajador, o si acaso, en aquel bronce, estaban fundidos los rostros de todos y ninguno. Al pie de la estatua, una placa rezaba: “A la excelencia, patrimonio de los que no descansan”.

El reloj marcaba el almuerzo y la ciudad se partía en dos: quienes almorzaban rápido, mirando el teléfono, y quienes repartían sus horas entre filas invisibles y algo de pan. Los cafés eran salones clandestinos donde la crítica se disfrazaba de ironía y resignación: “Creen que todo se arregla trabajando más; cuando crezca, quiero ser algoritmo”, bromeaba el camarero ante las carcajadas de una clientela a medio sobresalto.

En los despachos, las pirámides jerárquicas tenían base de cristal. Los discursos de la felicidad meritocrática se colaban por los altavoces entre reuniones: “No hay límites si te esfuerzas”, repetían. Pero algunos sabían que los límites no siempre eran personales, sino fronteras heredadas, invisibles y custodiadas por silencios persistentes. Una joven llamada Iris escuchaba aquellos mantras mientras veía, cada año, cómo promocionaban a los hijos de viejos nombres.

En la periferia, talleres y mercados improvisados se expandían más allá de la mirada urbana. Allí, la vida era cruda y evidente, pero florecía una solidaridad que no figuraba en las encuestas. Porque los de allá sabían lo que era necesitar ayuda, y sabían otorgarla sin medallas ni titulares. Uno de ellos, un viejo zapatero, meditaba en voz baja: “Se nos exige avanzar, pero a algunos nos atan los cordones antes de echar a andar”.

A veces, la ciudad celebraba su Festival de los Nombres. Una semana entera de reconocimientos y galardones para quienes presuntamente la hacían avanzar. Chicos con matrículas de honor, inventores de aplicaciones y jóvenes promesas subían al estrado, cruzando miradas con quienes servían la comida, limpiaban las salas o sostenían carteles en la acera exigiendo derechos. “El mérito también depende del punto de partida”, murmuró una anciana al frente, cuyos hijos, en otro tiempo, también soñaron con los nombres grabados en mármol.

La noche llegaba y las luces no alcanzaban todas las calles. Unos dormían tranquilos con la satisfacción del deber cumplido, otros contaban el dinero que les faltaba para llegar a la próxima semana. La ciudad respiraba al compás de sus desigualdades, pero a veces, entre los recovecos de la rutina, nacía el eco de preguntas incómodas: ¿qué ocurre cuando los sueños están encorsetados por el azar?, ¿quién reparte los boletos de la oportunidad?, ¿por qué algunos nacen ya en la meta y otros empiezan muy atrás?

Así, entre autobuses, anuncios y esperas, la ciudad repetía la fábula de la escalera, invitando a cada quien a subir y prometiendo vistas grandiosas desde arriba. Pero no todos podían escalar, y quienes caían no hallaban red. Sin embargo, desde abajo, se oía a veces un canto tímido y persistente: el del deseo de justicia, que no pide caridad ni heroicidades, solo la posibilidad real de que el mérito florezca allí donde todos tengan tierra y agua para crecer.

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