Fragmento:
Los edificios de su ciudad lucían limpios desde lejos, pero las esquinas contaban una historia diferente: allí estaban los años de promesas incumplidas, los carteles apolillados de campañas que hablaron de progreso y ninguna palabra de justicia, los rostros sombreados por el miedo a caer en la grieta que dividía a quienes elegían y a quienes sólo obedecían. “Meritocracia”, murmuraban en oficinas luminosas con café importado; “Supervivencia”, susurraban las bocas secas bajo cartones mojados.
Duración: 05:53
En una ciudad que no tenía nombre salvo para los mapas, el despliegue de vitrinas relucientes acompañaba el paso del transeúnte, como si la esperanza residiera entre etiquetas de descuento y la mueca forzada de los maniquíes. Eileen caminaba cada día por la Avenida Central, y durante años lo había hecho sin preguntarse mucho más, hasta que la fatiga de la costumbre empezó a dolerle en los pies y, lentamente, en la conciencia.
Los edificios de su ciudad lucían limpios desde lejos, pero las esquinas contaban una historia diferente: allí estaban los años de promesas incumplidas, los carteles apolillados de campañas que hablaron de progreso y ninguna palabra de justicia, los rostros sombreados por el miedo a caer en la grieta que dividía a quienes elegían y a quienes sólo obedecían. “Meritocracia”, murmuraban en oficinas luminosas con café importado; “Supervivencia”, susurraban las bocas secas bajo cartones mojados.
Eileen entraba cada día a su trabajo en una consultora —empleo que consiguió tras cursos, sacrificios y la convicción de que serviría para dar un paso más; pero el escalón parecía cada vez más resbaladizo bajo el barniz de la competencia. “Tienes que quererlo más”, le decían; “Todos tienen la misma oportunidad”. Sonreía al jefe, evitaba cruzar miradas con el guardia nocturno, y olvidaba conscientemente que, entre los muros, la distancia entre sus sueños y los de la mujer que limpiaba el baño era tanta como entre galaxias remotas.
¿En qué momento un sueño se convirtió en un dogma? ¿En qué esquina la promesa de la igualdad mutó en la celebración de la diferencia? Recuerda Eileen a su madre, que le contaba historias de la vieja fábrica donde todos comían del mismo tupper en los descansos, y de una huelga donde nadie quedó fuera. Ahora la diferencia era sutil y brutal a la vez, como un gas incoloro: estaba en la ropa de marca, en las vacaciones narradas, en los likes que recibían sus comentarios ingeniosos, en la ansiedad reprimida al ver que no lograba avanzar.
En el distrito del centro, la gran vidriera del supermercado proyectaba un falso paraíso: niños rubios con zapatillas nuevas, padres que elegían entre manzanas relucientes y racimos de uvas importadas. Más allá, Dolores —que dormía cada noche bajo la marquesina de la farmacia— miraba sin rabia, más con la resignación acostumbrada de quien ya no espera milagros. Alguna vez creyó que también podría, pero aprendió que las reglas estaban vestidas de neutralidad y se aplicaban sólo a quienes podían pagar el precio del acceso.
El gobierno hablaba de recuperación. Los medios ofrecían historias de superación: emprendedores que surgían desde la nada, revistas que mostraban cómo “convertir la adversidad en oportunidad”. Nadie preguntaba cómo se repartían las verdaderas oportunidades, ni quién quedaba en el margen de las estadísticas. Los rostros cambiaban en la pantalla cada ciclo electoral, las palabras también, pero las manos callosas de quienes hacían funcionar la maquinaria permanecían invisibles.
La ciudad contaba con parques hermosos y conciertos gratuitos, murales vibrantes y rutas ciclistas. Pero en los bordes, la sombra de las diferencias se extendía como una mancha: en la calidad de las escuelas, en el costo de las medicinas, en la facilidad para conseguir un contrato o para no perderlo. Todos sabían que los árboles florecían de una manera en la zona este y de otra, mucho más tímida, en la zona oeste.
A veces Eileen recordaba el discurso que había oído tantas veces: que el mérito justifica el éxito, que quien se esfuerza llega, que el mérito es la vía. Sólo que ella miraba alrededor y veía filas interminables de carreras de obstáculos donde los puntos de partida no sólo eran distintos, sino que algunos ya habían corrido medio maratón cuando los demás aún no tenían zapatillas.
Una noche, al salir de la oficina, encontró a Dolores recogiendo envases descartados en la basura. Intercambiaron saludos y, sin saber por qué, se sentó a su lado en el umbral frío. Dolores le preguntó si creía en la suerte. Eileen pensó en la palabra “suerte” como una mala broma; pensó en la educación que recibió, en las entrevistas donde sólo los apellidos abrían puertas, en los “becarios” sin perspectiva, en la humillación cotidiana de quienes pedían trabajo y sólo recibían indiferencia.
“No creo en la suerte —dijo Eileen, al fin—. Pero tampoco creo que este sea el único mundo posible”.
Durante horas compartieron historias. Dolores era hija de costureras, nieta de jornaleros. Había salido adelante hasta que un accidente le cambió la vida. Por cada obstáculo que superaba, surgía otro que no estaba en los manuales de autoayuda. “Acá lo llaman meritocracia, pero sólo cuentan los logros de algunos”, le dijo, señalando la avenida donde pasaban autos brillantes. “Mientras tanto, nos miran como si nuestra historia sólo fuera un error estadístico”.
No hizo falta decir mucho más. Ambas se despidieron sabiendo que, al día siguiente, todo seguiría igual. O casi igual. Porque en algún rincón de la ciudad, la grieta se ensanchaba un poco menos cuando dos conciencias se reconocían: cuando entendían que la justicia no es caridad, que la igualdad no significa uniformidad sino posibilidades genuinas, y que ningún mérito florece en tierra salada.
Eileen volvió a su casa y miró su reflejo en la pantalla apagada. Imaginó una ciudad donde los rostros diversos no compitieran por migajas, donde las palabras “dignidad”, “presente” y “futuro” se usaran sin ironía. Sabía que la mañana siguiente traería los mismos retos y las mismas excusas, pero también un murmullo distinto en el fondo de la conciencia: el de quienes saben que soñar otro mundo es el primer paso para construirlo.
La ciudad siguió su curso, indiferente en apariencia. Pero en alguna esquina, bajo la luna temblorosa y con el eco de una conversación nocturna, la esperanza encontró un lugar para sentarse, aunque sólo fuera un instante, en el umbral frío de la realidad.
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