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Portada del relato Cenizas en la Vidriera
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Fragmento:


En los solitarios cafés del centro, ejecutivos ataviados de poder y obreros con manos de acero se confunden sólo en el cansancio; jamás en el precio de su placer. Sonríen con labios tensos porque no saben, realmente, para quién levantan muros, cavilan números, ensamblan piezas o atienden cajas. Del otro lado de la ciudad, allí donde la sombra de las fábricas es más larga y la hierba nunca brota, los niños aprenden temprano a no pedir, y las mujeres envejecen demasiado pronto, lastradas por la carga de la vida y del desfase de sus horas, tan medido como injusto.

Duración: 04:01

Cenizas en la Vidriera
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La ciudad despertó, como cada día, envuelta en la pátina gris de un aire plomizo que parecía exhalado desde las entrañas de sus propias fábricas. A lo lejos, los engranajes de la gran industria chirriaban; no era música de progreso, sino la letanía de una maquinaria humana que consume vida para parir beneficio. La multitud, anónima y torpe, desfila por las aceras cual desfile de espectros preprogramados, cada uno sosteniendo, con manos crispadas, la invisible cadena de su necesidad. El ruido de los tranvías al pasar es un crujir de dientes colectivo: anuncio de una jornada vacía, de una esperanza doméstica que se desvanece en cuanto se enciende la pálida luz del reloj despertador.

La costumbre, en este lugar, reemplaza a la convicción. Los hombres y las mujeres repiten rutinas que no han escogido, enfundados en ropas que les pesan como armaduras, y todo ello para entregarse, dócilmente, a la tiranía del salario. Tras los escaparates resplandecientes, los objetos relucen con promesas de felicidad; sin embargo, quien los observa—nariz pegada al vidrio—no adivina su propio reflejo. Hay, en esas pupilas cansadas, una súplica muda por un sentido que se les escapa como el agua entre los dedos. El Mercado, gran sacerdote moderno, oficia a diario su misa y cobra su diezmo de tiempo y de alma.

En los solitarios cafés del centro, ejecutivos ataviados de poder y obreros con manos de acero se confunden sólo en el cansancio; jamás en el precio de su placer. Sonríen con labios tensos porque no saben, realmente, para quién levantan muros, cavilan números, ensamblan piezas o atienden cajas. Del otro lado de la ciudad, allí donde la sombra de las fábricas es más larga y la hierba nunca brota, los niños aprenden temprano a no pedir, y las mujeres envejecen demasiado pronto, lastradas por la carga de la vida y del desfase de sus horas, tan medido como injusto.

Las plazas, antaño aleccionadoras de revueltas y esperanza, parecen ahora cementerios de voces: el bullicio que resuena es el de la resignación y no el del debate. Sobre los bancos yacen las ediciones atrasadas de periódicos amarillentos, desmentidos por la realidad incluso antes de ser impresos. Aquí y allá, un mendigo, antiguo operario, sujeta una taza como quien apresa la última esperanza. Mira sin ver, consciente de que la caridad ha sido degradada a expiación de culpa y no a reparación de daño.

El más triste espectáculo es la feria semanal: luces, risas cansadas, juegos de habilidad inútil y dulces que sólo apaciguan el hambre de quienes nada esperan. En cada puesto, la mercancía se exhibe como pulsera de libertad, sin que nadie advierta la trampa: lo que venden no libera, sino que ata más, como el reflejo hipnótico de una lámpara sobre la jaula de un pájaro.

Al anochecer, la ciudad, herida de tanto sobrevivirse, arroja su última exhalación en el aliento de las tabernas. Grupos de obreros se agrupan alrededor de vasos traslúcidos y murmuran, a media voz, anécdotas de un mañana que no han visto más que en sueños. En los pisos altos, los gerentes se encorvan sobre balances, juzgando el destino de cientos con el trazo banal de un bolígrafo. Ajeno a todo, el sistema respira y mastica, insaciable, mientras que los hombres son arrojados de un día al otro como piezas desechables de un juguete barato.

Así se teje la urdimbre de esta urbe estrangulada: cada hilo es una historia de esperanza derrotada, cada nudo una promesa rota por la cruel equidad de la necesidad. Quien camina por estos adoquines, si aún le queda lucidez, puede llegar a preguntarse: “¿Quién escribió las reglas de este juego?”. Y tal vez, con suerte, despierta entonces del letargo, preparado para levantar la voz en medio de tanta mudez, y reclamar para sí ese mundo que, por derecho y por vida, le ha sido negado. La pregunta fundamental, sin embargo, permanece flotando sobre los tejados como una amenaza y una promesa: ¿hasta cuándo podemos sobrevivir sin, al menos, intentar vivir?

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