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Fragmento:


—En el hotel Warwick. Mismo método que la última vez. Sin huellas, sin ruido, sin testigos.

Duración: 05:19

Noche de Respuestas
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En Los Ángeles, las noches son largas cuando llevas cuarenta y siete horas sin pegar ojo. La ventana de mi despacho es un mausoleo de neón y sirenas, un recordatorio titilante de que la ciudad nunca duerme. Yo tampoco. Me llamo Carter Malone y represento a tipos que la ley habría preferido ver encerrados hace tiempo. Pero a todos nos llega el momento de cruzar la línea, incluso a los que juraron nunca hacerlo.

Era un martes, pasada la medianoche, cuando sonó el teléfono. No era la voz temblorosa de algún chaval arrestado por equivocarse de coche, tampoco la súplica sollozante de una ama de casa contra su marido. Era la voz serena y fría de Derek Fulton, el fiscal adjunto del distrito, un hombre que normalmente solo reservaba sus palabras para el estrado.

—Carter —dijo—, necesito verte en el Trocadero. Es urgente.

El Trocadero ya no era el club elegante de estrella de cine. Ahora era un bar medio vacío en Sunset, con camareros que cargaban más historias que bandejas. Fulton estaba esperando en una mesa en la penumbra, los codos en la madera y los ojos en una carpeta cerrada, tan tensa como su mandíbula.

—No tengo mucho tiempo —le advertí—.

—Está muerto un testigo, Carter. Uno importante.

No me sorprendió lo de la muerte. Es lo de “importante” lo que me erizó la piel.

—¿Quién?

Fulton ladeó la cabeza para evitar los focos y bajó la voz.

—Laura Sterling.

Sterling era la pieza clave en el caso Castillo, un caso de corrupción policial tan podrido que haría vomitar a una rata. Ella era la testigo protegida, la carta salvadora del fiscal. Ahora era una nota en el margen de una carpeta.

—¿Dónde? —pregunté.

—En el hotel Warwick. Mismo método que la última vez. Sin huellas, sin ruido, sin testigos.

Tomé aire y sostuve la mirada de Fulton.

—¿Por qué a mí?

Él empujó la carpeta hacia mí.

—Sterling te llamó antes de morir. Última llamada registrada.

Nada me preparó para la sensación de hielo que me subió por la espalda.

—No tengo mensajes de ella.

—Pero sí tienes enemigos —gruñó Fulton—. ¿Piensas ayudarme o quieres leer tu nombre mañana en los diarios?

Salimos juntos, fingiendo que yo era un simple abogado y él un simple fiscal. Nada más lejos de la verdad. La ciudad estaba llena de gente como nosotros: espectadores de un teatro de asesinatos legales y verdades torcidas, donde el veredicto lo dictan las sombras, no los jueces.

En el hotel Warwick, el olor a cloroformo y a miedo seguía impregnando el aire. En la recepción, me saludaron con ese respeto a medio camino entre la sospecha y el desprecio. El ascensor tardó una eternidad en llegar. Fulton me seguía pegado, como una mala conciencia. Encontramos la habitación cerrada con precinto policial y un agente joven bloqueando la entrada.

—Déjanos pasar —ordenó Fulton, mostrando su placa.

Dentro, el cuerpo de Laura Sterling era una estatua hecha de fragilidad. En su mano, un móvil destrozado. Me agaché ante la policía científica y pedí ver el registro de llamadas. Efectivamente, mi número era el último marcado, diez minutos antes de la muerte. Esos diez minutos podían costarme la carrera, la libertad, o la vida.

Busqué pistas entre los objetos dispersos: un frasco de perfume abierto, un vaso de whisky sin terminar, una carpeta medio abierta con mis iniciales garabateadas. Fulton echó un vistazo a la carpeta y paleó.

—Te incriminan —dijo, lapidario.

—O me advierten.

Ambos sabíamos que los asesinos de Sterling no hacían advertencias. Actuaban con precisión, sin margen de error. Pero alguien quería llamar mi atención.

Salí huyendo del hotel antes de que llegara la prensa. En la acera, me encendí un cigarro y me aislé del mundo suficiente tiempo como para reconstruir la noche. Sterling no era una víctima al azar, y yo no era sólo un abogado metido en líos.

Volví a mi despacho y busqué entre mis archivos. Encontré una hoja con letra manuscrita: “Lo que falta está donde no puedes mirar.” Pensé en la llamada de Sterling, en la carpeta, en mis enemigos jurados. Un puzle maldito, piezas ensangrentadas que encajaban a la fuerza.

Fulton no tardó en presentarse en mi oficina.

—Están metiendo presión —advirtió—. ¿Qué sabes tú que les pone tan nerviosos?

—Que ni los grandes criminales ni la policía quieren que este caso llegue a juicio.

Él asintió.

—Estamos solos, Carter. Más solos de lo usual.

Por la ventana, la ciudad seguía girando, sorda a los gritos sofocados por la ley. Recopilé las pruebas: la carpeta con mis iniciales, el registro de llamadas, la nota. No quedaba otra alternativa: debía encontrar al asesino antes de que me encontraran.

Esa noche, la niebla de Los Ángeles ocultó mi coche mientras seguía la dirección que Sterling me había dejado antes de morir. Un garaje abandonado en Koreatown. Esperaba encontrar pruebas. Encontré algo mucho peor: un mensaje, pintado en rojo en la pared: “Ya sabes demasiado.” Al lado, el móvil de Sterling, milagrosamente intacto.

Mientras la policía y mis enemigos seguían jugando a ocultar y acusar, supe que mi única salvación era sacar la verdad a la luz. No por justicia. Ni siquiera por redención. Sólo porque en esta ciudad dormir es un lujo que sólo se reservan los muertos. Y yo aún no estaba listo para ser uno de ellos.

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