Ellos me quieren encontrar, pero yo los encontrare primero.
Edición limitada de la novela Anatema.
Dos coronas retorcidas (EDICIÓN ESPECIAL LIMITADA)
La niñera
La inspectora gitana
MEMENTO MORI: Las Tumbas
Portada del relato Los silencios de Madame Lacroix
Sin valoraciones
  Leer   Escuchar   PDF   ePub   Compartir

Fragmento:


Madame Lacroix lo esperaba en la entrada. La mujer, menuda, de rostro tenso y manos retorcidas, miraba inquieta hacia el primer piso. —Ha sido en la biblioteca, inspector— susurró—. No he tocado nada, se lo prometo.

Duración: 07:56

Los silencios de Madame Lacroix
-a / +A

La ciudad de Liège parecía envuelta en una de esas brumas tenues y persistentes que, si uno las observa tiempo suficiente, terminan por despejar los recuerdos tanto como cubren la realidad. A esa hora temprana de la mañana, nadie debería haber estado en pie salvo los repartidores de pan o algún burgués que huía del insomnio. Sin embargo, la quietud de la rue des Palais se rompía con pequeños e incómodos pasos. Madame Lacroix avanzaba encogida bajo su abrigo gris, estrechando contra el pecho el paraguas aún cerrado, aunque no llovía.

El inspector Montrieu había recibido la llamada a las 7:18. La voz temblorosa le resultó desconocida, pero le bastó con la mención al número quince de esa calle para intuir que la respetabilidad del barrio iba a verse sacudida. Montrieu apuró el café aguado que le preparaba su ayudante –maldecía en silencio cada vez que su jefe le pedía que lo hiciera– y salió sin despedirse. Al llegar, la casa estaba a media luz, las cortinas medio corridas y las persianas, a medio bajar. Un aire de indecisión parecía impregnarlo todo.

Madame Lacroix lo esperaba en la entrada. La mujer, menuda, de rostro tenso y manos retorcidas, miraba inquieta hacia el primer piso. —Ha sido en la biblioteca, inspector— susurró—. No he tocado nada, se lo prometo.

Montrieu sabía que las cosas importantes, en casas como aquella, ocurrían siempre en habitaciones que olían a libros, a papeles viejos y a madera encerada. Subió con sigilo. La biblioteca no defraudó: estantes de nogal, dos butacas tapizadas con terciopelo verde, una lámpara de pie y cientos de volúmenes. En el suelo, junto al escritorio, yacía el cuerpo de monsieur Armand Lefèvre, notario retirado, sujeto discreto y puntilloso hasta la obsesión. Su cabeza descansaba extrañamente torcida, una mancha oscura extendiéndose junto a la sien.

El inspector examinó la estancia. No había signos de forcejeo ni señales de robo. Solo el candelabro de porcelana –herencia de familia, según recordaba– yacía fuera de su lugar, volcado, con una leve huella de sangre seca en uno de sus bordes. Observando el escritorio, había una carta sin terminar, dirigida al notario Tournault, colega y amigo de Armand Lefèvre. La misiva hablaba del testamento de una tal Émilie Dubois y de un legado de "doble naturaleza", según la expresión empleada por el finado. Montrieu leyó y volvió a leer, tratando de hallar un sentido en la extraña formulación.

Madame Lacroix esperaba en el pasillo, hundida en su percal gris, y las preguntas se sucedieron con la lentitud de un goteo. Había servido en esa casa quince años; conocía los horarios de Lefèvre al dedillo, así como el de sus escasos visitantes. No recordó ningún sobresalto en las últimas noches, salvo por el aroma dulce, casi empalagoso, que invadió la escalera a eso de las once. —Olía a gardenias, inspector, gardenias...—, había insistido con voz baja, como si nombrarlo fuese peligroso. Montrieu anotó el detalle, aunque por instinto sospechaba más del candelabro que de los perfumes.

El médico, convocado de urgencia, confirmó que la muerte había sido causada por un golpe seco y preciso detrás de la oreja, compatible con la silueta del candelabro. Sin embargo, agregó una nota enigmática: los pulmones del difunto presentaban irritación, como si hubiese inhalado una sustancia extraña en los minutos previos.

Entre los papeles del escritorio, un sobre lacrado llamó la atención de Montrieu. Llevaba la inscripción: "A abrir solo en caso de mi muerte, por el inspector de policía". El notario era más previsor de lo que nadie habría sospechado. Abrió el sobre con cuidado. Dentro, una carta fechada tres días antes, dirigida al propio Montrieu. “Inspector”, leía, “si algún día sucede lo impensable, busque en las cuentas del banco Lambert. No se fie de la señora Delorme, mi vecina. Busque también en el libro 'Los crímenes célebres', segunda estantería, tomo azul: ahí se guarda la verdad".

Montrieu emprendió la revisión sistemática de la biblioteca. En la segunda estantería halló el tomo azul indicado. Dentro, el testamento original de Émilie Dubois, modificado a mano y con manchas de tinta aún frescas. El documento desvelaba dos legados: uno monetario, de suma considerable, y otro, incomprensible a primera vista—“la joya de la memoria”—, destinado a una persona no nombrada.

De pronto, los pasos ahogados en el vestíbulo rompieron el silencio. Era la señora Delorme, la vecina, envuelta en un chal carmesí, los ojos refulgiendo con una agitación poco fingida. -— Vine cuando vi la ambulancia, inspector— farfulló—. Armand... no estarían relacionadas aquellas cartas que recibía todas las semanas... ¿verdad? Porque yo misma veo al cartero, y hace poco llegó un sobre perfumado con gardenias... Él no olía flores; detestaba el perfume...— La mujer calló de golpe, dándose cuenta de que hablaba más de la cuenta.

Montrieu pidió a Madame Lacroix traer café para todos; la atmósfera era demasiado densa. Aprovechó el murmullo para observar a ambas mujeres: la criada, nerviosa pero dueña de sí; la vecina, incapaz de fijar la mirada, llevándose el pañuelo perfumado a la nariz cada pocos segundos. El inspector, con método, empezó a reconstruir la noche anterior. Descubrió, entre las cenizas de la chimenea, restos de papel quemado. Uno llevaba aún visible la mitad de una frase: "Si alguien descubre lo que escondo, el escándalo será peor que la ruina".

Reunidas en la biblioteca, Montrieu comenzó el interrogatorio en forma de conversación, casi amistosa. Pronto supo que la señora Delorme y el notario compartían no solo la pared medianera, sino ciertos secretos de juventud: una herencia cobrada tiempo atrás; una disputa añeja que nadie mencionaba en voz alta. El candelabro, sin embargo, encerraba su propio enigma. Nadie admitía haberlo tocado, aunque las huellas de porcelana fragmentada empolvaban discretamente la falda de la vecina.

El punto decisivo llegó al caer la tarde. El forense, apurado por Montrieu, le entregó un pequeño frasco encontrado en el bolso de Madame Lacroix, marcado “Essence de gardenia”. Constaba de un perfume especial, encargado en una exclusiva perfumería de la ciudad. La vendedora aseguraba que solo una dama principal, la señora Delorme, adquiría ese aroma desde hacía meses. De modo casi teatral, Montrieu confrontó a la vecina: —No le preguntaré cómo llegó ese aroma al rellano anoche, pero sí le preguntaré por qué envió cartas a Armand Lefèvre con amenazas veladas, por qué removió papeles en su escritorio y, sobre todo, cómo explica usted la huella de porcelana en su vestido...—. La señora Delorme, acorralada, dejó caer el pañuelo y miró al inspector como si acabara de perder la memoria, o su último refugio.

—Me pidió que guardara el testamento, inspector. Pero temía... temía que al descubrir esa otra herencia, todo saliera a la luz. Él... él no soportaba la idea del escándalo. La carta iba dirigida a aquel joven, el hijo de Émilie Dubois. Pero no era su hijo legítimo; era suyo... nuestro hijo— la voz se quebró—. Yo solo... yo solo quería proteger el apellido.

El inspector Montrieu, como tantas veces, comprendió que la legalidad y la justicia bailan juntas con pasos extraños. A veces, se mataba por miedo a la verdad más que por amor al dinero. A Madame Lacroix la dejaron marchar, y la señora Delorme, por consejo del propio Montrieu, fue llevada discretamente a declarar, envuelta siempre en su perfume de gardenias. En el libro azul, el inspector encontró finalmente la verdad completa, y al cerrarlo, se dijo a sí mismo que los crímenes, incluso los legales, son solo la última y desesperada red de defensa contra una vida demasiado pequeña para contener todos sus secretos.

Ellos me quieren encontrar, pero yo los encontrare primero.
Edición limitada de la novela Anatema.
Dos coronas retorcidas (EDICIÓN ESPECIAL LIMITADA)
La niñera
La inspectora gitana
MEMENTO MORI: Las Tumbas

Copyrights © 2025 Ficcionalia.com. Todos los derechos reservados.

Ofertas Amazon: En calidad de Afiliado de Amazon, obtengo ingresos por las compras adscritas que cumplen los requisitos aplicables.