Fragmento:
Papá tosía después del primer sorbo, una tos seca que parecía querer sacar palabras que nunca decía. Su silencio era más grande que el salón. A veces, pensaba que nos leía como leía la etiqueta de la mermelada: con fastidio, desgana, y cierta resignación. Yo, sentada en el taburete junto al aparador, recogía con el dedo una gota de mermelada, como si pudiera robar algún dulzor a la sobremesa. Celina siempre pedía sopa incluso cuando hacía calor, “por el consuelo,” explicaba mamá, aunque nadie sabía si se refería a la sopa o a algo más profundo, escondido en el caldo.
Duración: 04:09
La luz entraba por la ventana como una sábana tersa, extendiéndose hasta el suelo de baldosas frías. Mamá tenía los labios apretados, cuya forma se repetía, secreto, en los pliegues del mantel encerado. Celina, mi hermana, revolvía el café con indolencia, haciendo sonar la cucharilla como si fuera campanilla de misa. El aire olía a pan tostado y a vinagre, la mezcla cotidiana de nuestras comidas de domingo, cuando papá arreglaba el grifo de la pila y se sentía, sin decirlo, por encima de la ley de la casa.
La costumbre —una palabra que resonaba siempre en la boca de mi abuela como una amenaza tierna— dictaba aquellos gestos: la tetera que chisporrotea, la mano que reposa sobre el periódico doblado, el frutero con su racimo de uvas arrugadas que nadie comería. Los domingos, nuestra familia era un pequeño país en pausa, esperando la invasión silenciosa del lunes. Mis ojos seguían los filos de las baldosas, cada una mapeando un territorio sin nombre entre el comedor y la ventana que daba, inmóvil, al susurro de la calle.
Papá tosía después del primer sorbo, una tos seca que parecía querer sacar palabras que nunca decía. Su silencio era más grande que el salón. A veces, pensaba que nos leía como leía la etiqueta de la mermelada: con fastidio, desgana, y cierta resignación. Yo, sentada en el taburete junto al aparador, recogía con el dedo una gota de mermelada, como si pudiera robar algún dulzor a la sobremesa. Celina siempre pedía sopa incluso cuando hacía calor, “por el consuelo,” explicaba mamá, aunque nadie sabía si se refería a la sopa o a algo más profundo, escondido en el caldo.
Después del postre, cuando las moscas zumbaban cargadas de azúcar alrededor de la mesa, era el momento de la sobremesa. Mamá recogía los platos, su delantal era la bandera blanca de la tregua. Papá encendía el transistor, buscaba las noticias. Los murmullos de la radio viajaban por la casa, como lluvia fina que no termina de mojar. La tarde se deslizaba sin prisas, con el mismo ritmo perezoso con que la vecina regaba sus geranios, allá afuera.
Mi abuela, cuando venía, traía una bolsa de tela repleta de peras, y una historia nueva, siempre incompleta, de la panadera o del cartero. Las contaba en voz baja, esperando alguna reacción, pero nosotros sólo devolvíamos una media sonrisa, como si así bastara para mantener el ánimo. El costumbrismo de aquello, el decorado invariable de objetos y palabras dichas a destiempo, nos envolvía como el abrigo que nadie quiere pero todos necesitamos en invierno.
A veces, sentía que había nacido para mirar esas escenas: el movimiento leve de los espejos cuando pasaba alguien; el crujido de la silla vieja en que Celina apoyaba su juventud y sus sueños de irse, algún día, de allí. O los reflejos de las cortinas en el suelo, bailando apenas con el paso de los autos afuera, mientras mamá perfilaba los platos limpios en la alacena. “La próxima semana iremos al parque,” decía, sin fe, y el parque quedaba tan lejos como una costa prometida.
El sol se iba deshojando sobre los muebles, y entonces sabíamos que llegarían las mismas frases de siempre: “¿Has hecho los deberes?”, “No bebas tan rápido,” “¿Por qué no sales a tomar el aire?”; y cada una era una señal más de vida que de control. El costado más secreto de esas palabras era el afecto, la manera en que nos cuidábamos con una provisión minúscula de frases y gestos heredados. Al final de la tarde, cuando la luz se hacía líquida y los ruidos de la calle crecían, la casa se llenaba de un vaho denso, el soplo de la costumbre que lo apaga todo y lo enciende de una ternura silenciosa, cotidiana, apenas visible.
Así pasaban los domingos. Y aunque parecieran idénticos siempre, había en el modo de colocar los cubiertos, en la torpeza de una disculpa, en la lentitud con que Celina se peinaba junto a la ventana, pequeñas rebeliones que solo percibía yo. Era mi manera de amar la monotonía: descubriendo cada minúsculo temblor bajo la piel de la costumbre, sabiendo que todo lo no dicho, todo lo apenas rozado, era la materia verdadera de nuestra vida juntos.
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