De sangre y cenizas. Edición especial limitada. Romance paranormal.
Hay algo malo en casa
Saga completa en castellano. Edición limitada.: 1-6 (Saga Blackwater)
Taquión: El Planeta: Ciencia ficción dura
Novela romántica Antes del amor
Nacida de la llama: (La senda de los dragones, Libro1)
Portada del relato Sombras sobre las tejas
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Fragmento:


Ahí, dentro, el aire podría cortarse con cuchillo. Los parroquianos rodeaban la mesa de dominó, tazas de absenta a medio vaciar y carcajadas sucias superponiéndose al rumor de la ciudad. En un rincón, una pareja se escabullía de vez en cuando al patio trasero. Hombres y mujeres, fugitivas las manos, hallaban calor en caricias rápidas, casi burlescas. Lucien, el cochero, lanzaba improperios sobre los precios del carbón, y la Merluza –así apodaban a la fornida lavandera– retorcía el escote de su blusa con un gesto de hastío mientras el tabernero llenaba otra vez el vaso.

Duración: 04:29

Sombras sobre las tejas
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La tarde se abatía sobre la barriada con ese tono de ocre agrietado que el humo de las calderas imprime a todo en las calles de París. La brisa, siempre tibia y temprana, acarreaba olores mezclados: fritanga, col hervido, un leve resabio a aguardiente que exhalaban los portales abiertos de las tabernas, y ese perfume ácido, insospechado, de los cuerpos que trabajaban duro enfrascados en la batalla diaria del pan. Por la Rue de Charonne, más allá de la herrumbre de los vericuetos y el retumbar lejano del tranvía, Amélie descendía por el empedrado, su delantal blanco ya tiznado tras la jornada en casa de los señores Dutel, donde hacía la colada y cuidaba a los niños.

En los peldaños de piedra de una puerta vacilaba un hombre puesto en cuclillas, apurando lentamente una pipa. Su chaleco, intacto testimonio de días mejores, mostraba remiendos que él portaba con altanería desdeñosa. A su lado, una mujer de moño triste vendía periódicos y garrapiñadas, tendiendo la mano a los hombres con mirada desafiante. Las ventanas derramaban sombras largas, y en los patios los críos, harapientos, daban brincos entre los charcos, gritando obscenidades entre sus propias risas roncas, bañadas en el humo de la taberna de Madame Deroux.

Ahí, dentro, el aire podría cortarse con cuchillo. Los parroquianos rodeaban la mesa de dominó, tazas de absenta a medio vaciar y carcajadas sucias superponiéndose al rumor de la ciudad. En un rincón, una pareja se escabullía de vez en cuando al patio trasero. Hombres y mujeres, fugitivas las manos, hallaban calor en caricias rápidas, casi burlescas. Lucien, el cochero, lanzaba improperios sobre los precios del carbón, y la Merluza –así apodaban a la fornida lavandera– retorcía el escote de su blusa con un gesto de hastío mientras el tabernero llenaba otra vez el vaso.

En el piso de arriba, detrás de una cortina deshilachada, dos amantes discutían con la pasión de los que no pueden permitirse el lujo del silencio. Los ecos de su disputa caían por la escalera, atizando la chispa de las augurios de las vecinas:

—Te lo digo, Rose, ese no es sino un holgazán —murmuraba la tía Evarista a la portera, el mentón hundido en la bata raída—. Se pasa todo el día acodado en el mostrador. Esa muchacha acabará mal.

—Porque el mundo ya no es lo que era, Evarista, que una chica no sabe dónde acaba su honra —respondía la otra, el cazo goteando caldo en la penumbra del zaguán.

El tiempo se detenía en los recovecos de la ruina: un burro empujaba su carro con resignación antigua; la iglesia lanzaba campanadas abrumadas por los gritos de los vendedores ambulantes. Las mujeres doblábanse bajo el peso de las cestas, el pecho inflado, el paso firme y rápido, mientras los hombres, rendidos demasiado pronto, apuraban la caña de vino y los pitillos baratos, saludando a los niños con una palmada y a las mozas con un piropo áspero y mellado. Amélie esquivaba con destreza, avanzando hacia su sórdida pensión, el monedero oculto en el pecho.

A cada paso, la ciudad mostraba otra máscara: en el umbral, un viejo lame la palma de una mano enjuta, mendigando unas monedas; en la trastienda de la charcutería, un aprendiz magrea a la sobrina del patrón, tapándoles la cortina con los dientes; en la esquina, dos tipos de mirada vidriosa negocian mujeres como quien trafica con terrones de azúcar. El cielo, poco sensible al drama humano, se va tornando más oscuro, y sobre la piedra mojada las farolas se encienden una a una, ahuyentando las esperanzas y los fantasmas de los hombres.

A la sombra de la tarde, todo late en una monotonía feroz y hermosa: El París real, silencioso y extenuado, se cobija bajo un manto de cansancio digno, una costumbre de sobrevivir y de caer siempre en pie. Detrás de cada ventana chisporrotea una vida, imperfecta, mezquina a veces, generosa en otras, pugnando por no ser tragada por la noche. Amélie, al llegar a la puerta de su casa, levanta la vista: en una de las buhardillas, una vela arde tardía; en otra, unos amantes han encontrado refugio, al menos por hoy, de la mordedura del invierno.

La ciudad seguirá su curso; mañana el pan será más caro, el carbón más escaso, pero la vida, como el humo, hallará entre las hendijas la forma de reírse del infortunio. Así, París se arropa una vez más en el costal gastado del tiempo, repitiendo su letanía de amor, rutina, pobreza y deseo inextinguible, bajo el manto dorado y sucio de una noche cualquiera.

De sangre y cenizas. Edición especial limitada. Romance paranormal.
Hay algo malo en casa
Saga completa en castellano. Edición limitada.: 1-6 (Saga Blackwater)
Taquión: El Planeta: Ciencia ficción dura
Novela romántica Antes del amor
Nacida de la llama: (La senda de los dragones, Libro1)

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