Fragmento:
Marta la hizo pasar con un dejo de indolencia y un guiño, como si de antemano supiera el vaivén de palabras que habría de sortear. La lámpara relució ese día con la luz oblicua de las cinco, proyectando sombras en el tapete bordado de margaritas. Rosario clavó la mirada en el vidrio, distraída, hasta que Marta la encandiló de golpe: “Lo que no se dice, niña, es como las telarañas. Crece en los rincones y luego ata a la gente bajito, sin que se dé cuenta.”
Duración: 04:00
Era ese pueblo polvoriento de la California interior, una hebra más en la maraña donde la vida se retuerce y se enreda, simple y atada por hilos que nadie ve hasta que las luces bajan y el polvo queda suspendido en el aire. Junto a la carretera que vibra bajo el sol y al río cuyas aguas, en verano, solo cuentan historias de sequías, vivía doña Marta, zorra vieja de ojos azulados, con una lámpara de vidrio verde en la mesa del recibidor. La lámpara nunca estuvo encendida, ni siquiera a oscuras, y sin embargo brillaba con esa terquedad de los objetos que saben que han sido testigos de muchas cosas.
A la gente del pueblo le hacía gracia la lámpara y les intrigaba a la vez, aunque nadie tenía el coraje de preguntarle a Marta por su historia. De eso se encargaba el silencio de las sobremesas, cuando, tras la siesta, las mujeres se sentaban a bordar mientras los hombres resoplaban humo y las muchachas se acurrucaban en los portales, repasando secretos con risitas. Así fue en la tarde en que visitó a Marta una joven llamada Rosario, toda nervios, con el pelo húmedo del río y el vestido pegado al cuerpo, buscando consejo para los amores y los miedos que le enredaban el corazón.
Marta la hizo pasar con un dejo de indolencia y un guiño, como si de antemano supiera el vaivén de palabras que habría de sortear. La lámpara relució ese día con la luz oblicua de las cinco, proyectando sombras en el tapete bordado de margaritas. Rosario clavó la mirada en el vidrio, distraída, hasta que Marta la encandiló de golpe: “Lo que no se dice, niña, es como las telarañas. Crece en los rincones y luego ata a la gente bajito, sin que se dé cuenta.”
Rosario rió, pensando que era una de las historias de brujas que en el pueblo se decían a media voz, pero la vieja insistió: “No hay camino llano para el corazón. Uno tropieza con las raíces de otros y se le enredan los pies.” Y así, poco a poco, la muchacha fue desgranando sus cuitas: el miedo a quedarse sola, el deseo que la mortificaba por el hijo del carnicero, y las palabras que guardaba por vergüenza.
Marta escuchaba y, cada tanto, acariciaba la lámpara, como si eso le sirviera para hilar las explicaciones. “Esta lámpara fue de mi madre, y antes de mi abuela. Fíjate bien —le dijo a Rosario—, si la miras de lado tiene unas grietas bajo el vidrio. Son hilos que nadie puede enderezar. Así es la vida, Rosario: uno la quiere lustrar y componer, pero hay grietas que nunca se cierran, porque son lo que nos ata y nos guía también.”
Mientras la chica la escuchaba, afuera pasaba el ruido de la alfalfa fresca arrastrada por los carros y el lejano retumbar de los bueyes. Se oía también, de fondo, el repiqueteo de la señora Remedios, la vecina, que tejía compulsivamente, tan fuerte que algunas decían que lo hacía para no oír sus propios pensamientos. Los hombres regresaban, sudorosos, del campo; las niñas tiraban agua y tierra, y una canción vieja bailaba en las radios.
La tarde se fue estirando, y Rosario salió de la casa de Marta con paso distinto, como si algún hilo invisible le hubiera tirado de la espalda y enderezado la figura. Pero así son los pueblos y sus costumbres: lo que no se nombra, se hace rumor, y cada quien sigue con su hilo, tirando y aflojando, tejiendo una vida imposible de desenredar. La lámpara de Marta quedó silente en la penumbra que bajaba, aunque —según dicen— hubo quien aseguró ver que, de cuando en cuando, alguna telaraña muy fina se posaba sobre el vidrio verde, como si sellara la historia a la espera de la siguiente confidencia.
Así, los días se sucedían en aquel lugar empolvado y olvidado de todos menos de sus propios habitantes, donde cada quien creía ser dueño de sus pasos y elecciones, mientras el destino tejía sin pausa una red invisible, que aprisionaba también a los que se creían libres. Y es que en el fondo, fueran amores o desgracias, todos los caminos acababan en la casa de Marta, bajo la lámpara opaca, donde las confesiones perduraban, silenciosas, atrapadas para siempre, como insectos en la tela de una vieja araña.
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