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Fragmento:


No faltaban motivos de conversación entre las comadres, que al abrigo de los visillos y entre los vaivenes del huso, estiraban embustes y verdades hasta lo indecible. “Don Mauro fue viajante de fortuna”, apuntaba la señora Virtudes, costurera afamada en todo el barrio por los encajes de sus mantillas y por su lengua desbordada. “No, que fue escribano, y perdió familia y dinero al punto de saberse solo”, rebatía doña Nieves, que tenía más años que la banca del atrio y cuyas cicatrices de vida se asomaban con el descuido de las mangas remangadas. Entre unas y otras, la historia del señor Alba crecía en fábula, y al caer la tarde, ya era domador de fieras, cambista en el puerto de Cádiz o diplomático, según el humor y la imaginación de la concurrencia.

Duración: 04:07

El último café del señor Alba
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En la noble villa de Madrigal, allá por las primeras horas de una tarde fresca de primavera, se reunían los vecinos de la Plazuela de los Romeros bajo la complaciente vigilancia de las tapias encaladas y los balcones abigarrados de macetas. El adusto reloj de la torre, que parecía empeñado en recordarle a todo hijo de vecino el paso inapelable del tiempo, marcaba las cinco y media, ese instante solemne en que cesa el bullicio del mercado y las gentes de la villa se entregan, ora al sosiego de un café, ora al cotilleo incansable, como si la aldea entera estuviese hecha de historias y lenguas tan sueltas como los pañuelos de las mozas.

En la fonda de la señora Rosalía, cuyo ventanuco daba justo frente a la glorieta donde los chiquillos triscaban y los hombres fingían aprender políticas al calor de un porrón de vino, aguardaba don Mauro Alba, caballero de barba cana y mirada tan profunda que todo aquél que la encontraba sentía el peso de su propio secreto cerniéndose sobre sus espaldas. Don Mauro, que cada tarde ocupaba el mismo rincón próximo al brasero, espantando el aire con la boina y el silencio, solía acompañar su café con un modesto trozo de bizcocho. No había quien supiera de cierto cómo llegó a ser propietario de aquellas botas lustrosas, ni de la sortija de oro amarillo que relucía en su nudosa mano, ni por qué jamás permitía que nadie se le acercara lo bastante como para oírle las confidencias. Pero si algo le concedía notoriedad, era la costumbre casi litúrgica de, a mitad de café, mirar siempre hacia la puerta, como quien espera, indefinidamente, a un fantasma del pasado.

No faltaban motivos de conversación entre las comadres, que al abrigo de los visillos y entre los vaivenes del huso, estiraban embustes y verdades hasta lo indecible. “Don Mauro fue viajante de fortuna”, apuntaba la señora Virtudes, costurera afamada en todo el barrio por los encajes de sus mantillas y por su lengua desbordada. “No, que fue escribano, y perdió familia y dinero al punto de saberse solo”, rebatía doña Nieves, que tenía más años que la banca del atrio y cuyas cicatrices de vida se asomaban con el descuido de las mangas remangadas. Entre unas y otras, la historia del señor Alba crecía en fábula, y al caer la tarde, ya era domador de fieras, cambista en el puerto de Cádiz o diplomático, según el humor y la imaginación de la concurrencia.

Era la fonda de Rosalía un lugar de encuentro y retablo de los sucesos del día: el tropiezo de la mula de don Lucas bajo el adoquinado húmedo, la venta de dos arrobas de uvas que supieron a gloria según el parecer de Pepa la Sorda, las discusiones eternas por el precio del pan o el infortunio de Juancito el sastre, siempre a punto de marcharse a la capital, aunque “el pueblo tira más que el dinero”, repetía su madre. Sin perder detalle, la tabernera atesoraba en su memoria la genealogía de cada parroquiano igual que atesora el prestamista las deudas: con precisión y sin aparente emoción.

El señor Alba, por su parte, parecía existir en los márgenes de aquel bullicioso tapiz, como una nota a pie de página que muy pocos se atrevían a leer. Su presencia, sin embargo, no era insípida ni podía obviarse: la dignidad de su porte y el halo de misterio hacían que hasta los más altaneros inclinaran la cabeza en saludo, y los niños, por entre risas, cosquillearan con historias de piratas y tesoros cada vez que lo veían cruzar el umbral. Solamente la joven Tomasa, hija de la fonda, podía acercársele más de un brazo y pronunciar su nombre con la cadencia de quien, sin saberlo, roza el pétalo de una flor herida.

Una tarde, la rutina quebró su lento fluir. Apenas concluía don Mauro el primer sorbo de café, entró en la fonda un forastero, de gabán polvoriento y sombrero ladeado. Su acento no era de la villa; olía a caminos recorridos y a secretos de los que no se quieren guardar. Todos guardaron silencio, midiendo al extraño con la curiosidad que sólo los pequeños pueblos pueden prodigar. El recién llegado cruzó la sala en dirección de Alba y, sin esperar invitación, tomó asiento frente a él. Hablaron poco y en voz baja. Los testigos apenas distinguieron palabras aisladas: “herencia”, “perdón”, “viaje”, “final...”.

Al día siguiente, la silla de don Mauro quedó vacía. Tomasa, al limpiar la mesa, halló entre las migas de bizcocho una pequeña nota, escrita con pulso firme y tinta ya gastada: “A veces un café es el último refugio de quienes, huyendo de la soledad, encuentran en el rumor de la costumbre toda una vida que los continúa sin saberlo”. Nadie volvió a ver al señor Alba. Sólo en los atardeceres de la plaza, cuando la luz incendiaba los cristales y olía a café y leña, parecía que algún rincón de la fonda lo esperaba, paciente, mientras las lenguas de la villa, incansables, inventaban nuevas historias con que adornar la verdad de los ausentes.

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