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Portada del relato El tapiz gastado de Madame Lefèvre
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Fragmento:


Lo cierto es que Renaud tenía hábitos meticulosamente repetidos: cada noche, encendía una lámpara de cobre, se entregaba al examen de papeles y caía en largos silencios sólo interrumpidos por el crujir de la madera vieja bajo sus pasos. En más de una ocasión, Lefèvre lo había espiado tras la rendija de la puerta, asaltada por la desconocida inquietud de una mujer mayor a la que el misterio aún le resulta irresistible.

Duración: 06:51

El tapiz gastado de Madame Lefèvre
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Era un martes, de esos que parecen pintados con la grisalla habitual de París, cuando el viejo reloj de la Rue du Faubourg marcó las siete con su campanilleo cansado. Nadie en particular reparó en aquel sonido, salvo la señora Lefèvre, quien se afanaba en sacudir un tapiz descolorido cuya gloria, como la de ella misma, se había visto difuminada por el peso de los años. Apenas la luz matutina lograba atravesar los visillos de encaje amarillento, testigos mudos del tiempo y de muchas historias susurradas a media voz.

La casa olía a café recalentado y a los vestigios del perfume que Madame Lefèvre había llevado en su juventud, ese Eau de Cologne barato cuyo recuerdo era más intenso que su fragancia actual. Ella movía su cuerpo menudo entre la penumbra con una dignidad casi marcial, sobreviviendo a diario entre la caridad de algunos vecinos y el alquiler de la habitación del fondo, ocupada por el siempre ausente Monsieur Renaud.

Monsieur Renaud era un hombre de costumbres discretas y mirada huidiza, habituado a desaparecer por la mañana temprano y regresar cuando ya las sombras acariciaban los techos bajos de la buhardilla. Nadie sabía con precisión a qué se dedicaba. Rumores en la tienda de ultramarinos, en la panadería, incluso en la sombrerería de la señora Bouchard, le atribuían ocupaciones dispares: unos decían que era contador, otros que componía versos para una viuda en Montmartre, y no faltaba quien juraba haberle visto saliendo del teatro con el abrigo demasiado abotonado para la estación.

Lo cierto es que Renaud tenía hábitos meticulosamente repetidos: cada noche, encendía una lámpara de cobre, se entregaba al examen de papeles y caía en largos silencios sólo interrumpidos por el crujir de la madera vieja bajo sus pasos. En más de una ocasión, Lefèvre lo había espiado tras la rendija de la puerta, asaltada por la desconocida inquietud de una mujer mayor a la que el misterio aún le resulta irresistible.

El resto de la casa parecía reunir los residuos de otras vidas. En la sala común, sobre la chimenea obturada, dormía una hilera de figurines cojos, testigos de la vida familiar perdida. El retrato de un teniente joven, vetusto y amarillento, presidía la estancia—aunque nadie recordaba si era primo o prometido, pues los nombres se desvanecen con el polvo de las cornisas.

Cada jueves, la señora Lefèvre preparaba chocolate espeso y, por costumbre, disponía dos tazas, aunque sólo una encontraba dueño real. Aquellas tardes, mientras sorbía lentamente, evocaba madrugadas de mercado, cortejos olvidados, palabras que en la rutina estrecha de la casa, sonaban casi obscenas. Se preguntaba, incluso, si alguna vez había sido objeto de deseo más allá de las palabras ensayadas y de los apretones fugaces compartidos bajo las farolas arcaicas de la calle.

Hay quien diría que la vida de la casa era inofensiva y perfectamente anodina, un fragmento estático entre miles en París. Sin embargo, entre los pliegues del día a día, surgen hechos menudos cargados de feroz humanidad. Aquel jueves, mientras el sonido de la lluvia mojaba la ciudad, Madame Lefèvre descubrió una carta olvidada tras el reloj grande. Era un papel arrugado, la tinta ya lavada por la humedad, abreviaturas y nombres apenas legibles. Al principio creyó que era de algún inquilino antiguo, pero al recabar mejor, reconoció una frase suya, diminuta y preñada del terror de la juventud: “No digas nada a mamá; si lo supiera, me mataría”.

La revelación la asaltó como un relámpago. Aquella época de pecado leve, de deslices bajo la protección piadosa de los confesores, era un tiempo capaz de erizar aún la piel de Lefèvre. Tampoco podía ignorar cierto regusto amargo provocado por los recuerdos de la carne, por las soledades compartidas bajo techos de tejas rotas. Su cuerpo marchito recordaba, entendía y secretamente añoraba la vida que el silencio de los pasillos condenaba a la invisibilidad.

Por la noche, cuando Renaud volvió, lo hizo más tarde que de costumbre, con los ojos turbios de quien ha luchado contra vientos más rudos que los otoñales. Llevaba, además, un sobre doblado en el bolsillo superior, cuyo remite llevaba el nombre de una mujer: Berthe. Lefèvre lo miró fijamente, reconociendo esa letra femenina, y atisbó un temblor en la mano del hombre cuando, tras el saludo, dejó su abrigo sobre la silla.

—¿Ha cenado usted ya? —preguntó ella, aunque sabía que era una pregunta de cortesía, extinta en la verdad de los cuerpos gastados.

—He comido fuera —contestó él, pero la formalidad casi agrietada fue suficiente para entender que ambos aceptaban el juego de apariencias. Tal vez él, también, necesitaba su dosis diaria de nostalgia encapsulada en pequeños actos de urbanidad.

La noche avanzó entre ruidos amortiguados y confesiones sin palabras. En la habitación de arriba, Lefèvre acarició la carta hallada como si acariciara su propia piel, temerosa y excitada. Más allá de su ventana, París palpitaba con la vibración callada que sólo los muy vivos y los casi muertos pueden adivinar en el temblor del gas y el resuello de los carruajes tardíos.

El viernes amaneció con una bruma espesa que parecía no querer disiparse jamás. Madame Lefèvre se acercó al espejo —su anfitrión más brutal— y se examinó con crudeza: la melancolía de unas mejillas que en otro tiempo encendieron la imaginación adulterina de un despacho contable, las arrugas que nadie se atrevía a besar por temor a la verdad doliente de la edad.

Monsieur Renaud no bajó a desayunar. En cambio, dejó la carta de Berthe en la mesa común, pesadamente doblada, quizás una invitación al escándalo, o sólo un descuido más nacido del cansancio. La señora Lefèvre la leyó despacio, saboreando cada palabra y con la extraña alegría vengativa de los que han soportado demasiado a cambio de nada: Berthe, al parecer, invitaba a su amante a una nueva existencia en algún pueblo costero. Pedía perdón, prometía ternura, suplicaba abandono y entrega, en un tono que sólo una pasión adulta y secreta puede sostener sin naufragar en la ridiculez.

El corazón de Lefèvre palpitó: el secreto de Renaud no era menos humano que el suyo propio. Supo, sin embargo, que ni ella ni su huésped serían capaces de dar el salto hacia la libertad; la ciudad, las sábanas frías, la costumbre, tejían cadenas más fuertes que los votos matrimoniales. La carta fue cuidadosamente devuelta a su propietaria, guardada entre la maraña de papeles en la buhardilla, como un testigo más del milagro cotidiano de resistir.

Así terminó otra semana en la Rue du Faubourg: con los pequeños fuegos del deseo, la memoria y la resignación ardiendo bajo la superficie de una vida cualquiera. Afuera, los vendedores pregonaban con pereza sus mercancías. La lluvia seguía cayendo, arrastrando las confidencias y los restos del ayer por las alcantarillas de la ciudad, donde —como Madame Lefèvre y Monsieur Renaud— sólo sobrevive lo que se resiste al olvido.

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