Fragmento:
Por la tarde, la señora Ducloux atraviesa la entrada lanzando a los presentes el mismo saludo que prodiga cada atardecer, cargado de esa condescendencia particular que se reserva a quienes se creen superiores, pero no pueden dejar de rondar el olor de la plebe. Su corsé, ceñido como las murmuraciones que la acompañan, amenaza con resquebrajar sus costuras cada vez que esgrime una risa, esa risa que nunca parte de la alegría sino del arte de juzgar sin ser juzgada. Tras ella, la modista Colette, menuda y nerviosa como una cuchara de postre, aguarda turno, dejando caer sobre la mesa del fondo el último rumor en voz baja: se dice que el joven Favier, hijo del farmacéutico, ha sido sorprendido cortejando –¡cielos!– a una camarera. “No digo más –suspira Colette–, pero ya nada es sagrado”.
Duración: 05:16
El burgués es un animal de costumbres, y, es sabido, la costumbre no es sino el barniz adelantado de la respetabilidad. En la vieja calle de los Arpilleros –llamada así por la ruindad del comercio textil que la nutre, aunque, con el tiempo, la nobleza oxidada de sus portales ha sobrevivido a la moda y la seda– la vida late con una monotonía que, paradójicamente, solo interrumpe el escándalo. Es primavera, esa estación implacable en la que los ánimos y las ventanas se abren a las corrientes de aire impregnadas en perfume, polvo y algún qué se yo de deseo frustrado.
En el café Rócher, donde el reloj de madera y lacre preside la estancia con gesto grave, el hervor vital cuece lentamente, sorteando la apatía a fuerza de tazas y rumores. Allí se agrupan, a la tibia penumbra, los hombres y mujeres cuyas vidas podrían parecer, a ojos ajenos, tan suaves y sin aristas como las servilletas de hilo sobre la mesa. No obstante, bajo la banalidad de las frases hechas y las sonrisas aprendidas, corre la auténtica novela humana: la que no se imprime y de la que nadie presume nunca, pero que brilla, una vez desnudada de hipocresía, como el oro bajo la suciedad de siglos.
Por la tarde, la señora Ducloux atraviesa la entrada lanzando a los presentes el mismo saludo que prodiga cada atardecer, cargado de esa condescendencia particular que se reserva a quienes se creen superiores, pero no pueden dejar de rondar el olor de la plebe. Su corsé, ceñido como las murmuraciones que la acompañan, amenaza con resquebrajar sus costuras cada vez que esgrime una risa, esa risa que nunca parte de la alegría sino del arte de juzgar sin ser juzgada. Tras ella, la modista Colette, menuda y nerviosa como una cuchara de postre, aguarda turno, dejando caer sobre la mesa del fondo el último rumor en voz baja: se dice que el joven Favier, hijo del farmacéutico, ha sido sorprendido cortejando –¡cielos!– a una camarera. “No digo más –suspira Colette–, pero ya nada es sagrado”.
Unas mesas más allá, el círculo masculino fuma y hace uso del periódico como si con él conjurasen los fantasmas del aburrimiento. Está el notario Romain, bebiendo absenta con la lentitud del que mide cada instante, y monsieur Barbier, que lleva veinte años prometiendo jubilarse y no lo hará jamás: su tienda es su trono y el mostrador, su cetro. Sus mujeres, lo saben y murmuran quienes no pueden evitarlo, tienen menos presencia que el retrato de Napoleón colgado junto a la caja registradora.
Los jóvenes, los únicos que aún se atreven a fingir que el porvenir está más allá del próximo préstamo o la próxima boda arreglada, juegan a las cartas, ríen demasiado fuerte y, a veces, se miran con el descaro de quien empieza a sospechar el poder de la carne. No hay nada tan jugoso para una reunión como los ecos de un adulterio, y hoy los ecos vibran, tenues pero constantes, en torno a Céline Bréon, de mejillas floridas y cintura generosa, esposa, por ahora, de un panadero de modestas pretensiones al que todos consideran buen hombre y, por tanto, destinado a ser burlado. Céline, con el arte de quien nació para la escena, escucha halagos y saludos mientras deja traslucir en el escote un leve desaire: ni santa ni perdida, juega, como el gato que seduce al ratón antes de hincarle el diente.
La vida de café, donde lo más trivial se transmuta en tragedia o comedia según la habilidad de los lenguaraces, parece, para un forastero, inverosímilmente sosegada; pero cuán engañosos son los espejos sociales, y cuán endeble el velo del decoro. Allí, en la penumbra, entre tazas vacías y migas, el amor y la traición se pasean con la misma indiferencia de un gato por los tejados, indiferentes a la moralina con que los adultos visten sus vidas hasta que lo inevitable se impone.
Así transcurre una tarde cualquiera en ese rincón del París contemporáneo donde, a fuerza de rutina y represión, los placeres y los pecados buscan subterfugios y se alimentan de miradas cómplices. Las discusiones sobre política, arte e incluso religión no son más que excusas para el verdadero juego: el de observar, juzgar, y, cuando nadie parece mirar, participar de la misma carne y del mismo deseo que fingen despreciar.
A medida que el sol se desploma tras los tejados y la luz de gas empieza a titilar con ese halo amarillento que embellece hasta la miseria, el camarero –mudo testigo, sabio por costumbre y resignado por experiencia– sirve las últimas copas. Sabe que los secretos resbalan de las lenguas ebrias y que, por cada decencia ostentosa, hay un susurro prohibido aguardando la oscuridad. Si alguna vez escribió una lista de los visitantes asiduos, la ocultó tan bien que ni los nervios de la policía ni la avidez de los chismosos podrían hallar su escondrijo. “La vida no es más que esto”, piensa mientras limpia con parsimonia las huellas de la jornada sobre la madera tersa. “Un escenario donde todos fingen, y donde lo único real es el deseo que nadie quiere confesar.”
Cuando, por fin, la última campanada anuncia que el café debe cerrar, las figuras se disuelven en la calle como sombras al amanecer. Solo el eco de sus palabras y el perfumado veneno de sus secretos permanece, suspendido sobre la ciudad, dispuesto a renacer al día siguiente. Porque Paris duerme, sí, pero los costumbres son vampiros: jamás mueren.
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