Crónicas de la Torre I. El Valle de los Lobos
Edición limitada de la novela Anatema.
Dos coronas retorcidas (EDICIÓN ESPECIAL LIMITADA)
Fantasía Urbana con Romance Paranormal y Almas Destinadas a estar Juntas
Dire Bound. Alma de lobo
El Archivo de las Tormentas (estuche con los tres volúmenes)
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Fragmento:


"¿Por qué no estuviste tú?", preguntó ella, sin mirarle.

Duración: 04:25

Tierras Asediadas
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Era el vestíbulo de un aeropuerto internacional. Afuera, un aluvión de vehículos cercaban el perímetro con el pulso impaciente de los cláxones, y dentro, los rostros mezclaban resignación y prisa. Julián, con la espalda pegada a una columna, pasaba revista a la marea humana con un código de sospecha recién adquirido. Era un antiguo corresponsal de guerra, de los de libreta y grabadora, pero ni siquiera las explosiones de aquel verano en Mosul podrían compararse con la herida que ahora sentía. No era el rumor de las sirenas, ni el campamento improvisado de refugiados, ni siquiera el chillido del dron acechando bajo su ventana. Esto era otra cosa: una erosión diaria, el conflicto que brota en interiores impolutos, donde nada parece romperse salvo las personas.

Su misión —porque siempre había una aunque el nombre cambiara— era reencontrarse con su hija, Paula, después de tres años y dos guerras ajenas, y uno privado. Paula, estudiante en Vancouver, volvía a Madrid por el funeral de su abuelo. Ni los mensajes de WhatsApp, ni los correos implacablemente educados, ni las fotos del gato habían amortiguado la distancia. Julián sentía que cada noticia lo alejaba un grado y cada silencio lo colgaba de ninguna parte.

Paula emergió de la portátil multitud como se exhuma un recuerdo: jadeante, joven, lista para reprochar y acaso para abrazar. El saludo fue un roce en el aire, algo que sólo existe porque deja de serlo. Se subieron al taxi, y la conversación avanzó a tumbos por la avenida M-30 mientras el sol desaparecía a fuerza de polución.

"La abuela ha estado fuerte", murmuró Paula, mirando su teléfono.

"La muerte no tiene paciencia", respondió él, sorprendiéndose de citar una frase con la que años antes habría empezado una crónica.

"¿Por qué no estuviste tú?", preguntó ella, sin mirarle.

Julián tragó saliva. "Sabes por qué."

"No, no lo sé", replicó Paula. "Siempre tienes una causa mejor."

El silencio fue un mantenerse a flote, juntos en el asiento trasero, devastados de razones.

Durante el funeral, Julián buscó los ojos de Paula pero solo encontró hombros cerrados, brazos cruzados y una expresión sellada contra cualquier incursión. Recordó con dolor su último gran reportaje sobre una aldea dividida por un río y una guerra civil. La metáfora siempre le había servido: las casas, las familias partidas, la imposibilidad de cruzar. Pero ahora, al mirar a su hija, comprendió que no existen puentes cuando el enemigo es el pasado y la artillería son las palabras no dichas.

A la caída de la tarde, madre e hija se sentaron en la terraza del apartamento donde la infancia de Paula seguía, intacta, en fotos desvaídas y juguetes apilados. Julián salió a la calle, incapaz de soportar la quietud de los objetos familiares. Caminó sin rumbo bajo los ficus ennegrecidos de la acera, pensando en las pequeñas guerras: por la custodia de Paula tras la separación, por la mudanza, por elegir colegio, por aprobar los silencios que nunca aprobó.

Un grupo de jóvenes en monopatín pasó a su lado gritando en una mezcla de idiomas. El mundo avanzaba hacia nuevas fronteras, mientras él estaba anclado en viejos mapas. En una esquina, dos mujeres discutían por unas bolsas de supermercado casi vacías, y un hombre miraba las noticias en el móvil, susurrando furioso sobre el precio del combustible, sobre los inmigrantes, sobre la última huelga. Julián se preguntó en voz baja cuándo había aprendido a llamar a esto paz.

De vuelta en casa, Paula estaba sentada en el borde de la cama, mirando lo que quedaba de la ropa de su abuelo. Julián se detuvo en la puerta.

"Paula", dijo, midiendo cada sílaba, "no sé si puedo explicarte por qué me fui. Supongo que fui cobarde con el conflicto equivocado. Y ahora... quizá no sé cómo quedarme."

Ella lo miró durante un largo minuto.

"Yo tampoco", dijo, y sonrió apenas, como si cada gesto costara la vida.

Por la ventana entraba el eco lejano de una manifestación. Tal vez por los derechos laborales, tal vez por la guerra de otro país, ya no importaba. La voz de la ciudad era una multitud que exigía reparación, frontera tras frontera, herida tras herida.

Julián se sentó junto a su hija, sintiendo la áspera ternura de una tregua no declarada. Quedaron allí, inmóviles, mientras afuera se apilaban los tambores de otra protesta y la noche, tan terca como siempre, prometía más preguntas de las que nadie podría responder.

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