Serie completa que reune los cuatro libros de Los vampiros de Emberbury
Fantasía Urbana con Romance Paranormal y Almas Destinadas a estar Juntas
La chica del lago
Powerless (edición especial limitada)
Tras la puerta
Ellos me quieren encontrar, pero yo los encontrare primero.
Portada del relato La Niebla Sobre las Ciudades
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Fragmento:


—Últimamente, las personas solo buscan distracción, pero nadie pregunta por libros de esperanza.

Duración: 05:44

La Niebla Sobre las Ciudades
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El viento del mediodía llevaba un eco oxido desde las autopistas congestionadas, como si el rugido sordo de los motores quisiera ahogar los pensamientos de quienes caminaban a ras de suelo. Samuel, de barba descuidada y camisa arrugada, marcaba el paso bajo las sombrías hileras de edificios anónimos. Por su hombro colgaba una mochila habitada más por resignaciones que por cosas útiles. El mundo se había vuelto pequeño, comprimido en pantallas y encuentros virtuales que nunca llenaban el estómago, ni mucho menos el alma. A la izquierda, dos adolescentes se reían nerviosos alrededor de una puerta metálica grafiteada; sus risas eran casi agresivas. A la derecha, una mujer de cabellos canosos mantenía los ojos fijos en la acera, apretando una bolsa con la compra como quien aferra el último remanso de seguridad.

Samuel pensó en Alice, en casa, preparando probablemente una cena insípida y sin conversación. Ellos eran dos curvas que se habían tocado una vez, y luego se habían ido alejando para siempre. Así caminaba él, por un paisaje donde la vida parecía pasar en silencio, salvo por las violentas explosiones de un noticiero en el puesto de diarios: gritos sobre inflación, sobre crisis energética, sobre un atentado más en una ciudad lejana. El panadero, detrás de su mostrador, miraba la televisión sin verla, golpeando la masa que formaba entre sus manos, como si quisiera moldear algo mejor que un futuro repetido.

El aire estaba saturado de una extraña tensión. Se decía, en los escasos bares que aún sobrevivían, que los robots estaban a punto de dejar fuera a los pocos trabajadores que quedaban. Los políticos prometían bienestar, pero la gente había dejado de escucharlos, igual que se olvida el zumbido de un transformador eléctrico. Y mientras tanto, cada noche, nuevos rostros se encendían en las redes, vendiendo aspiraciones imposibles, rutinas de vida que nadie lograba imitar. Samuel sentía un vacío donde antes hubo creencias; un cansancio que no era solo físico, sino existencial –como si toda la ciudad, cansada de sí misma, vagara sonámbula hacia ninguna parte.

Esa tarde Samuel decidió desviarse de su ruta habitual. Pasó junto a una protesta: pancartas escritas con rabia, rostros jóvenes y viejos gritaban consignas olvidadas por quienes deciden. Se sentía tentado de unirse, pero algo en su interior, quizás la certeza de la inutilidad, lo mantuvo al margen. En cambio, giró en una esquina y entró a una pequeña librería. Allí, entre los anaqueles polvosos, encontró a Helena detrás del mostrador. Sus ojos eran grandes y oscuros, como si toda la historia del mundo se hubiera refugiado en su mirada para huir del agotamiento general.

—¿Buscas algo? —preguntó ella.

Samuel dudó. “Un motivo”, pensó, pero sonrió y preguntó por un libro que nunca leería. Se produjo un silencio, hasta que ella, como leyendo sus pensamientos, añadió:

—Últimamente, las personas solo buscan distracción, pero nadie pregunta por libros de esperanza.

Samuel bajó la vista.

—Supongo que la esperanza es un lujo hoy en día.

Helena asintió. Luego, como si le regalaran un relámpago, le contó que el mes pasado la habían amenazado ladrones y que nadie acudió; pero también, que al día siguiente apareció una carta anónima bajo la puerta con un poema, y unas flores.

—Somos islas incomunicadas —dijo ella—. Solo conectamos en la tormenta.

El timbre de la puerta interrumpió su conversación. Un hombre corpulento, con tatuajes que emergían bajo la chaqueta, entró y silenció por un instante el aire. Helena se irguió. Samuel recordó los miedos heredados; aquel impulso defensivo de nuestro tiempo. Pero el extraño solo dejó un libro sobre el mostrador, pagó en silencio, y se fue. Detrás, por la ventana, la calle seguía fluyendo como un río gris.

Samuel sintió crecer un deseo de hablar, de compartir, de romper esa costra del aislamiento moderno. La charla con Helena fue breve, pero vital. Al salir a la calle y encender un cigarrillo, pensó en la fragilidad de las vidas modernas, en cómo las cicatrices invisibles abundan más que las de antaño. Y pensó en el hijo de ambos, un pequeño que pasaba más tiempo explorando mundos virtuales que pisando el jardín, y que les hablaba en frases cortas, armado de ironía y miedo al aburrimiento.

Volvió a casa mientras caía la oscuridad, rodeado de rostros iluminados por la fría luz de los teléfonos. En el ascensor, una vecina a la que nunca había saludado le dirigió una breve mirada de cansancio; ambos sabían que ni una palabra aliviaría la soledad. Cruzó la puerta; Alice estaba sentada frente a una pantalla, los ojos vacíos ante una serie insignificante. Ni siquiera fingieron alegría al verse. Pero Samuel, sintiendo el roce aún cálido de la conversación con Helena, le dijo, sin preámbulos:

—¿Recuerdas cuando soñábamos con viajar?

Alice le miró con sospecha, luego con un dolor apenas disimulado.

—¿A dónde iríamos ahora, Samuel, si ya no creemos en ninguna parte?

Samuel no respondió. Pero en ese instante, el hijo apareció por el pasillo, mirando a sus padres con esa mezcla de curiosidad y temor que solo los niños perciben cuando intuyen un naufragio en ciernes.

Detrás de la ventana, la ciudad pulsaba y dolía, pero también prometía, entre las ruinas, que el encuentro todavía era posible. Samuel se aferró a esa idea, como quien abrigara una llama casi extinta con las manos, decidido a hablar, a preguntar, o incluso a gritar, antes de que el silencio lo tragara como tantos otros. Esa noche, antes de dormir, encendió de nuevo la luz—como pidiendo, para él y para los suyos, al menos una tregua ínfima en medio de los tiempos modernos.

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