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Fragmento:


Lady Trevelyan, de pelo cano y mirada recelosa, observaba la ciudad desde la ventana de su apartamento en Mayfair como si contemplara el epílogo de una civilización. Un silencioso desfile de coches eléctricos pasaba como sombras furtivas bajo la lluvia inglesa. Los edificios, diseñados por algoritmos y erigidos por cuadrillas que leían instrucciones en pantallas luminosas, se alzaban en hileras nuevas cada mañana. Quizá esbozaría una sonrisa, si ya no presintiera que algo esencial se había perdido en el proceso.

Duración: 04:29

Los Escombros del Progreso
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Lady Trevelyan, de pelo cano y mirada recelosa, observaba la ciudad desde la ventana de su apartamento en Mayfair como si contemplara el epílogo de una civilización. Un silencioso desfile de coches eléctricos pasaba como sombras furtivas bajo la lluvia inglesa. Los edificios, diseñados por algoritmos y erigidos por cuadrillas que leían instrucciones en pantallas luminosas, se alzaban en hileras nuevas cada mañana. Quizá esbozaría una sonrisa, si ya no presintiera que algo esencial se había perdido en el proceso.

Su salón estaba amueblado a la usanza antigua: tapices raídos, una biblioteca de cuero, una lámpara de hierro cuyo interruptor rechinaba con dignidad. En la mesa, una carta. Lord Percival Maltravers, su socio y rival en las pocas intrigas que quedaban, le había escrito. "Querida Gladys, temo que los tiempos reclaman nuestra atención una vez más". Ella suspiró. En su juventud, el deber se anunciaba con telegramas y cigarrillos, ahora, solo con avisos electrónicos reducidos a simples tonos.

Se encontraron esa tarde en el club, de techos dorados y copas pesadas, un mundo encapsulado como un fósil en ámbar. "No sé por qué seguimos aquí, Gladys", gruñó Percival, agitando su vaso. "No quedan guerras por esgrimir ni secretos dignos de una buena copa de oporto." Gladys lo observó largamente. "Hay guerras, Percival. Solo que no las ves en el Telegraph."

Lo cierto era que ambos sentían el vértigo de la obsolescencia, tan palpable como la escasez de criada competente. La inteligencia artificial, omnipresente y discreta, se encargaba desde la administración pública hasta las frivolidades del amor: el emparejamiento algorítmico había reemplazado al cortejo; la empatía, encarnada por asistentes electrónicos, era la cortesía moderna.

Por eso, les intrigó tanto la invitación: "Asista a la Presentación de Concordia. Acceso exclusivo para aquellos preocupados por el destino de nuestra sociedad”. Intrigó también el lugar: el subterráneo del Museo Victoria & Albert, a medianoche.

Mientras descendían por una escalera secreta, Gladys opinó: "Quizá presenten una máquina que devuelva los días en que la gente se odiaba con elegancia." Percival frunció la boca. "O nos pondrán un chip que nos haga amar lo inevitable."

La sala estaba iluminada con bombillas antiguas y entre las sombras aguardaban figuras que no desentonarían en una novela de espionaje de los años cincuenta. Al fondo, un podio. Subió una joven de rostro imperturbable y voz modulada: "Damas y caballeros, bienvenidos a Concordia: la solución integral a la divergencia humana. Aquí iniciamos la era del Acuerdo Perpetuo."

Gladys contuvo el aliento. La joven continuó: "Durante años, el desacuerdo ha sido fuente de progreso, pero también de sufrimiento. A partir de ahora, nuestras mentes podrán consensuar, mediante tecnología ética de integración cognitiva, cualquier decisión colectiva. ¿Conflicto? Un detalle histórico."

En la sala se mezclaron risas nerviosas y silencios densos. Percival, irónico: “¿Y qué sería de nosotros sin la saludable costumbre de detestarnos?” Gladys preguntó: “¿Puede la civilización sobrevivir al consenso absoluto?”

La demostración fue simple y brutal: dos voluntarios con opiniones opuestas sobre la restauración arquitectónica de Londres ingresaron a una cabina y, en cuestión de segundos, salieron abrazados, declarando idéntica preferencia estética. La audiencia, atónita, murmuraba como si presenciara un exorcismo.

Tras la función, Gladys y Percival regresaron andando bajo lluvias intermitentes. "La uniformidad llegará", dijo ella, "y no quedará a quién dirigir ingeniosos insultos." Él la observó con una ternura feroz. "Tal vez sobrevivamos escondidos en nuestro cinismo; tal vez seamos los herejes del nuevo orden.”

Esa noche, mientras Gladys contemplaba la ciudad desde su ventana, comprendió que nunca fue el desacuerdo lo que la fascinó, sino la obstinada dignidad de los que insistían en disentir, aún al precio del aislamiento.

Concordia se desplegó sobre Londres, envolviendo el desacuerdo en un abrazo sedoso y letal. Pero en los clubes de las sombras, en los rincones donde el polvo es refugio y la ironía escudo, se tejían con esmero las últimas resistencias humanas. Porque hasta el final —y quizá allí comenzaba la verdadera aventura— quedaría un reducto para el desacato: la mirada, el silencio cómplice, o la más subversiva de las armas civilizadas, una copa de gin tonic al caer la medianoche.

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