Fragmento:
Sus compañeros aguardaban en el vano de una puerta reventada, dos piltrafas envueltas en equipos con las insignias de la desaparecida nación bordadas en los brazaletes. Nunca se acostumbraban a la espera, aunque la práctica se había vuelto su mantra: esperar la ofensiva, la retirada, el convoy con suministros que nunca llegaba o el mensaje de alto el fuego que se desintegraba antes de que la tinta se secara. Entre ellos, la desconfianza era otro huésped; las delaciones y traiciones se escurrían como ratas en la noche, ropa interior sucia y miedo bajo las máscaras.
Duración: 03:56
La madrugada cae sobre la ciudad como una prenda húmeda, pegajosa, que oprime los pechos y enmudece hasta el rumor de los sueños. Lars recogía los casquillos del último tiroteo con manos temblorosas, atrapando su reflejo distorsionado en los charcos de sangre y gasolina. El hedor, mezcla de carne quemada y el acre perfume de los neumáticos incendiados, le hacía toser, pero aún así no dejaba de mirar hacia la oscuridad tras cada carcajada sorda de los drones que revoloteaban arriba, balbuceando amenazas en idiomas mezclados.
Sus compañeros aguardaban en el vano de una puerta reventada, dos piltrafas envueltas en equipos con las insignias de la desaparecida nación bordadas en los brazaletes. Nunca se acostumbraban a la espera, aunque la práctica se había vuelto su mantra: esperar la ofensiva, la retirada, el convoy con suministros que nunca llegaba o el mensaje de alto el fuego que se desintegraba antes de que la tinta se secara. Entre ellos, la desconfianza era otro huésped; las delaciones y traiciones se escurrían como ratas en la noche, ropa interior sucia y miedo bajo las máscaras.
De un bolsillo Lars extrajo un cigarrillo, lo encendió con un encendedor de metal rayado, y aspiró hasta sentir estallar la nicotina en su cráneo. Las primeras veces aún recordaba los ojos de quienes morían allá afuera —en la zona gris, como la llamaba el alto mando— pero ya sólo le quedaba la sensación de que algo suyo huía con cada disparo, con cada cuerpo quieto en la callejuela mal iluminada.
La misión nunca cambiaba: asegurar la zona, limpiar hostiles, proteger el cargamento. El cargamento era un secreto a voces: chips de memoria sellados con contactos de oro, mensajes cifrados, órganos frescos para venta rápida en el mercado clandestino; dependía del día. Sabían que eran piezas en un tablero cuyos jugadores cambiaban con cada eclipse, pero el instinto de supervivencia tenía la voz más alta en la asamblea de sus conciencias destrozadas.
Knut, el más joven, con apenas veinte inviernos mal vividos, masculló una oración antes de santiguarse. Nadie se reía ya, porque los dioses también habían huido de esa ciudad sin nombre, detrás de los camiones de refugiados. Habían aprendido a no hacer preguntas a los superiores, sólo a obedecer y apartar la mirada cuando los hombres de rostro borroso pasaban entre ellos con miradas de acero y órdenes que aún olían a pólvora y billetes húmedos.
Algo crujió al final de la calle. Lars apretó el fusil, el cigarro colgando entre sus labios. Dos figuras surgieron de la niebla, envueltas en impermeables harapientos, arrastrando un carrito que tintineaba. Se detuvieron al distinguir los fusiles y levantaron las manos, mostrando las palmas. Knut se adelantó, preguntando en varios idiomas lo mismo de siempre: ¿Amigos o enemigos? ¿Lleváis algo prohibido, algún mensaje?
Los registros eran un ritual de humillación, necesario y siempre insatisfactorio. Encontraron bajo las ropas un paquete de medicinas vencidas, un talismán colgado del cuello —restos de un pasado donde aún servía creer— y una carta escrita a mano, casi ilegible. “Para Martina. Vuelve pronto. Cuídate del polvo negro.” Lars miró a los ojos de la mujer más mayor, claros como vidrios erosionados. Quiso devolverle la esperanza, pero sólo entregó la carta y limpió el cargador de su arma.
El sol apenas trepaba sobre los edificios carcomidos. Se marcharon los civiles y el grupo quedó otra vez solo, tragando el silencio machacado de la guerra moderna: balizas furtivas encendidas, humos dispersos, plomo esperando dueño. Nadie sabía si saldrían vivos de otra jornada o si, al volver, su pasado sería sólo una nota más en la estadística oficiosa del conflicto. Lars pensó en su hijo, en el otro lado de la frontera, y deseó olvidar el sonido de los drones sobrevolando esta ciudad, antes de que la realidad lo obligara a seguir avanzando, uno más entre las sombras de un mundo forjado en el lodo y la desconfianza.
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