Fragmento:
Para la segunda noche, el viento arreciaba con furia. Me invadió el canto salvaje del hielo. Sentí, o creí sentir, la nota discordante de pasos graves, no de hombre ni de animal común. Ráfagas de una nieve densa rozaban la tienda como palmas de innumerables niños castigados. El miedo va por dentro. Cualquier guerra lo demuestra: el combate no comienza en el campo, sino en el fuero interno. Cuando salí, taza en mano, tropecé con la huella. Una impresión perfecta, de dimensiones imposibles, que no declaraba agresión pero sí fuerza, peso, decisión.
Duración: 04:14
El verano polar avanzaba sobre el valle como una marabunta de luz. Habían pasado ya tres días desde que dejamos atrás el último refugio de los leñadores, y yo observaba cómo mi guía, un hombre magro y curtido de la región, apenas conversaba. Callaba mucho, andaba ligero. Habíamos aceptado el encargo de instalar un sensor climático sobre el glaciar Chermo, pero para mí—y lo sabía el guía—el motivo era otro: la urgencia de encontrar lo que los relatos ancestrales escondían tras un velo de miedo y blancura, aquello que algunos llamaban el Guardián, y los expertos occidentales despachaban con el nombre de Yeti.
La lógica científica cojea donde empieza el terror ancestral. Recuerdo un atardecer, exhaustos tras una jornada de marcha entre grietas indetectables y nieves blandas, cuando el guía, tras la sobria cena de mijo, me miró de costado y dijo: “Los hombres ya no ven lo que creen. Sólo creen lo que ven”. Fue la única confesión antes de cerrar los ojos y sepultarse en su manta.
Para la segunda noche, el viento arreciaba con furia. Me invadió el canto salvaje del hielo. Sentí, o creí sentir, la nota discordante de pasos graves, no de hombre ni de animal común. Ráfagas de una nieve densa rozaban la tienda como palmas de innumerables niños castigados. El miedo va por dentro. Cualquier guerra lo demuestra: el combate no comienza en el campo, sino en el fuero interno. Cuando salí, taza en mano, tropecé con la huella. Una impresión perfecta, de dimensiones imposibles, que no declaraba agresión pero sí fuerza, peso, decisión.
Lo señalé al guía. Una sombra de odio bañado en resignación cruzó su mirada. “No lo seguimos,” sentenció. “Instalamos el sensor y volvemos”. El conflicto moderno, pensé, era ese: querer avanzar hacia el terror ancestral con herramientas de la razón, como si el entendimiento fuera un fusil y las antiguas sombras simples animales para cazar. Pero, ¿acaso he estado tan lejos de aquellos infantes que, armados de reglas y brújulas, se adentran en selvas digitales llenas de miedos nuevos, ignorando el antiguo perfume de la amenaza real?
Decidí ignorar al guía. Esa noche, después del crepúsculo, armé mi equipo de filmación. Seguí las huellas, siempre frescas. El aire olía a ozono y promesa. Bajo la luz irreal de la luna, llegué al linde de un abismo de hielo: la grieta azul cobalto partía el mundo en dos. Allí, de pie, un ser. Alto, denso, cubierto de un pelaje que el cerebro registraba como imposible antes de imponer la defensa del rechazo. El organismo moderno, enemigo del asombro, quiere procesar: debe ser un oso, una sombra, una ilusión óptica. Pero no era.
En ese instante, comprendí que el monstruo era la resistencia. La nuestra. Aquello ante mí era una excrecencia de la memoria colectiva que el mundo moderno intenta ahogar a toda costa: la certeza de que no estamos solos y que hay, en los márgenes de lo real, una fuerza a la que ninguna calculadora puede asir. No temí por mi vida; temí por mi razón. Es común en las trincheras del alma: existe una repentina clarividencia ante lo inaceptable, como si vencer el miedo fuera cerrar la puerta para siempre a la inocencia.
El ser me miró. No hizo gesto de acercamiento o amenaza, pero sus ojos portaban la épica gravedad de las montañas: majestad e irremovible soledad. Hubiera querido hablarle con palabras de ciencia, de civilización, de progreso. Pero en aquel glaciar, comprendí que la lengua moderna es muda ante lo inconmensurable.
Regresé al campamento. No mencioné nada. Instalé el sensor, recogimos el material, bajamos al siguiente valle. Mientras el helicóptero sobrevolaba la dorsal, vi, en la nieve, las huellas que se dirigían hacia la zona donde la sombra había aparecido. No las fotografié.
Ahora, en la ciudad, rodeado por el confort de los datos y la fosforescencia de las pantallas, me asalta la duda. No hice avanzar la ciencia. No aporté evidencia. Pero un saber nuevo se sumó silencioso: que algunos conflictos, como las huellas en la nieve, sólo pueden verse desde la linde donde el hombre, en una noche sin testigos, decide si le cabe lugar en el alma a lo que jamás comprenderá.
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