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Fragmento:


—No —mentí, mirando la botonera como si pudiera telepatizarme fuera del enredo—, solo tengo miedo de que te pongas a contarme chistes malos para pasar el rato.

Duración: 04:13

Teoría del caos y café
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Estaba casi convencida de haberlo olvidado todo: la contraseña del correo, el punto exacto donde dejé el paraguas y, sobre todo, la última vez que me reí hasta llorar en una cita. Vivir en la ciudad era así, una acumulación constante de cosas perdidas. Pero nada me había preparado para perder el equilibrio justo cuando el ascensor de mi edificio hacía ese suspiro característico de que está por cerrarse, y de pronto quedarme atrapada adentro… junto a él.

Corrección: no era simplemente “él”. Se trataba de Tomás. El vecino del 8-D, dueño de la planta que bloqueaba la mitad del pasillo, el hombre que sabía el nombre de todos los repartidores de pizza y, para mi creciente frustración, parecía perfectamente cómodo en cualquier situación incómoda. Incluida esta.

—¿Tienes miedo a los espacios cerrados? —preguntó, apoyándose contra la pared y sacudiendo el cabello como si posara para la portada de una revista minimalista sobre cómo ser molesto y adorable a la vez.

—No —mentí, mirando la botonera como si pudiera telepatizarme fuera del enredo—, solo tengo miedo de que te pongas a contarme chistes malos para pasar el rato.

Levantó las manos y sonrió. Tenía las mejillas salpicadas de diminutos lunares, una especie de constelación facial. —Demasiado tarde. ¿Cómo se llama un león con dos cabezas? —hizo una pausa teatral— Un león dosmidos.

Me reí. Bueno, bufé primero y luego reí, pero contaba igual. ¿Cuándo fue la última vez que me reí tan rápido de una tontería?

Miré el reloj. Pasaban cinco minutos. Luego diez. La voz metálica del sistema de emergencias nos prometía una pronta asistencia pero, francamente, ya no creía en promesas tecnológicas.

—¿Sabías que las probabilidades de que un ascensor se detenga con dos perfectos desconocidos dentro es solo del 0,008%? —pregunté, tratando de mantener la mente ocupada.

—¿De verdad? ¿O te lo estás inventando? —sonreía complicado, esa clase de sonrisa de quien colecciona anécdotas vergonzosas por diversión.

—Me lo estoy inventando, pero suena científico.

Empezó a contarme una historia ridícula sobre cómo confundió la bolsa de la compra con la de la ropa sucia y terminó friendo calcetines a la sartén. No paré de reír ni de hacer preguntas odiosas. Nada de preguntas profundas, claro. Solo trivias absurdas como: ¿En qué momento de la vida decides dejar de perseguir camiones de helados?

Y fue entonces cuando comenzó a sonar. El peor sonido imaginable: mi propio estómago. Taco, croissant y media banana no eran suficientes para sobrevivir a una situación de emergencia. Tomás soltó un: —¿Eso fue un oso?— y, por primera vez en la tarde, me sentí completamente, absolutamente vulnerable.

—Ayúdame —le dije—. Si ves que me desmayo, recuérdame que nunca compré el pan integral ese que decían que tenía probióticos.

Me ofreció media tableta de chocolate que llevaba en la mochila. “¿Siempre tienes chocolate a mano?”. Asintió con seriedad. “Es imprescindible para la diplomacia de ascensores, lo leí en un manual secreto”. Le di una mordida. No estaba tan mal estar atascada juntos.

El rescate llegó una hora y media después. Para entonces, habíamos hecho planes tentativos para asistir a un paseo de perros (sin perro), habíamos apostado a quién encontraría antes el botón “oculto” de secuestro en la botonera (nadie) y, extrañamente, compartimos playlists por Bluetooth para amenizar el encierro.

Al salir, la luz de la tarde era irreal. Caminamos hasta la puerta del edificio entre risas, como si fuésemos cómplices de un pequeño desastre íntimo.

Se detuvo antes de irse. Me miró, esa mezcla de insolencia y gentileza pegada en el rostro.

—Prométeme que si volvemos a coincidir en el ascensor, te acordarás de traer una baguette.

—Sólo si tú traes calcetines sin freír.

Nos reímos otra vez. Cuando la puerta de su apartamento se cerró, mi móvil vibró con el mensaje de un número desconocido. “Plan de escape, parte 2: ¿Te apuntas mañana a perderte en el supermercado?”. Contesté antes de pensarlo demasiado.

Tal vez, para sobrevivir a la ciudad —y al amor—, solo se necesita estar un poco perdida y tener siempre, siempre, alguien con una tableta de chocolate cerca.

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