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Portada del relato Un brío en Wimbledon
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Fragmento:


Había algo en la manera en que Oliver Dempsey movía la ceja izquierda cuando se sentía incómodo que podría haber puesto nerviosa incluso a una estatua de Trafalgar Square. Pero a Gemma Parker, de 35 años, le resultaba entrañable. Lo había notado por primera vez en la pequeña cafetería de Brick Lane donde ambos coincidían cada jueves a las siete, un ritual no pactado que tenían desde hacía seis meses, aunque siempre fingieran que simplemente pasaban por allí tras un arduo día de oficina.

Duración: 04:39

Un brío en Wimbledon
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Había algo en la manera en que Oliver Dempsey movía la ceja izquierda cuando se sentía incómodo que podría haber puesto nerviosa incluso a una estatua de Trafalgar Square. Pero a Gemma Parker, de 35 años, le resultaba entrañable. Lo había notado por primera vez en la pequeña cafetería de Brick Lane donde ambos coincidían cada jueves a las siete, un ritual no pactado que tenían desde hacía seis meses, aunque siempre fingieran que simplemente pasaban por allí tras un arduo día de oficina.

Gemma, editora de novelas románticas con tendencia a enamorarse de hombres ficticios y de los camareros que le preparaban el café, solía llegar con al menos una hebra de su bufanda en el pelo y una mancha invisible a simple vista pero perfectamente localizable por la camarera polaca que la llamaba “Señorita Confetti”. Oliver, en cambio, acudía con el móvil a punto de explotar de notificaciones del grupo familiar y esa mirada inconfundible de alguien que nunca entiende por qué todos saben usar los emojis menos él.

Aquel jueves, el viento londinense tenía ganas de revolución y la puerta no dejaba de abrirse con un chirrido. Gemma decidió pedir un latte doble con canela, lo cual era su talismán contra los días en los que tenía cita con su exnovio, la ITV y con la realidad de que su madre se había hecho un perfil de TikTok. Oliver, por su parte, pidió un americano solo “porque así puedo cuidar mi imagen de hombre duro, aunque todos sepamos que me gustan los pasteles con forma de unicornio”.

Después de los saludos torpes, las sonrisas de medio lado y los típicos intercambios sobre el clima —“¿ya hiciste la fila para agua potable?” preguntó ella, solo medio en broma—se encontraron compartiendo una mesa con la naturalidad forzada de quienes saben que están coqueteando pero por Dios, nunca lo admitirán.

Gemma sacó un libro de Nora Ephron (“por si la conversación flojea”, planificaba desde hacía veinte minutos) pero Oliver sorprendió preguntando, “¿Qué es lo peor que te ha pasado en una cita?”. Gemma dudó un segundo —¿mencionar la vez que su cita se desmayó por comer ostras dudosas? ¿La ocasión en la que su ligue llevó a la madre pensando que sería “menos incómodo”?— Finalmente optó por honestidad británica: “Una vez, mientras intentaba impresionar a un chico francés, se me cayó un cuenco de salsa por todo el vestido… y luego mi cita trató de ayudarme lamiéndome la manga”.

Oliver rió, y la ceja izquierda hizo su famosa pirueta. “Eso no puede superar mi cita en que descubrí, a mitad de cena, que el hombre que me presentaron como ‘mi futuro suegro’ era en realidad el ex-marido de mi madre. Y no, nadie se tomó la molestia de advertírmelo antes.”

La camarera polaca suspiró en voz alta como si fueran sus hijos antisociales y les dejó dos pasteles de unicornio “por cuenta de la casa”. “Coman y dejen de fingir que no quieren lamerse la manga”, murmuró en inglés.

Entre bocado y bocado, Oliver confesó que había buscado excusas para coincidir con Gemma desde el primer día, pero que tenía un talento especial para arruinar potenciales historias de amor. Gemma reconoció que era campeona olímpica en escribir finales felices para otros, pero cada vez que lo intentaba en la vida real, salían de ahí memes, anécdotas o algún tipo de delitos menores contra la ropa limpia.

Decidieron, entonces, no tener una cita. Ni nada que se le parezca: salir a caminar bajo la lluvia por Shoreditch mientras se inventaban las peores biografías posibles para los transeúntes. Se prometieron no pedir los teléfonos al final, porque, decían, “eso pondría mucha presión sobre el universo”. Pero el universo tiene ese humor caprichoso y quiso que, en mitad de la caminata, un salpicón de un autobús arruinara el último conjunto sin manchas de Gemma, y ella riera como si no le importara y él le ofreciera su chaqueta mojada y ajada con una torpeza tan encantadora que sólo podía venir de alguien con miedo a los emojis.

A la cuarta semana, la camarera polaca organizó una “cita accidental patrocinada por café” y les hizo admitir que llevaban más de veinte no-citas acumuladas. Tras una pelea épica sobre quién debía pagar la cuenta, Gemma se rindió a la evidencia: algunos errores son exactamente el error correcto. Oliver, de ceja en alza, admitió que estar incómodo nunca se había sentido tan, inexplicablemente, perfecto.

El verdadero romance —ella lo sabría después, cuando escribiera sobre ello para no olvidarlo— no era el de los finales espectaculares o las declaraciones gloriosas, sino el de los jueves de café, las camisas que nunca volvían limpias, y la alegría absurda de compartir pasteles con forma de unicornio con alguien cuyo mayor fracaso era nunca haberse animado a ponerle dos corazones a un mensaje de texto.

Porque en la vida, como en el amor, a veces lo más grande empieza por el error más pequeño y por una risa ahogada entre dos cafés a mitad de semana en un rincón cualquiera de Londres.

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