El señor Alphonse, hombre de treinta y tantos, bigote audaz y chaqueta con olor a alcanfor, frecuentaba la confitería de la Rue des Martyrs como otros visitan las iglesias o los prostíbulos: temeroso y esperanzado. Allí, bajo la atenta mirada de la anciana Madame Cousin—que jamás olvidaba anunciar la llegada de un éclair como si fuese un milagro eucarístico—, espiaba sin disimulo a Mademoiselle Hortense, panadera auxiliar, ojos traviesos y un lunar ambiguo cerca de la comisura izquierda de los labios.
Alphonse, cuyo mérito mayor había sido ganarse una hernia incipiente cargando catálogos de objetos inútiles, se excusaba cada tarde con su tía Edmée para ir a comprar ‘el pan fresco y el croissant del día siguiente’ (idea que sólo resulta lógica para los enfermos del amor o los del reuma). Así, religiosamente, intentaba cruzar dos o tres frases con Hortense:
—¿El pan de centeno lleva centeno, verdad?
—A veces sí, a veces deseo.
Ese día, en realidad, ni el centeno ni el deseo importaban, sino la llegada intempestiva de un temporal: lluvias tozudas, vientos sátiros y una pobrísima colección de paraguas, todos rotos, en el paraguero de la confitería. Alphonse se sintió heroico, y se propuso acompañar a Hortense hasta su casa. Ella aceptó, pero sólo cuando él, envalentonado, se ofreció como ‘guía humano bajo la cortina de agua, especie rara pero resistente al moho’.
Avanzaron pegados, la mano de Alphonse temblando en el mango del inútil paraguas, el brazo de Hortense aferrado a sus caderas disimulada y deliciosamente. Paris les rugía en los tobillos. A la altura del quiosco de flores, una charca barrosa zanjó la cuestión: ambos rodaron juntos hacia el lodo, riendo, maldiciendo, y propinándose manotazos cariñosos para levantarse.
Ya erguidos, Hortense rompió el silencio:
—¿Se te ocurre algo peor que esto?
—Sí —respondió Alphonse, arriesgado—: no haberte conocido hoy.
La frase debió de sonar tan falsa que ambos estallaron en carcajadas, arrastrados por el ridículo sublime de la sinceridad. Siguieron caminando apretados. El paraguas, vencedor del absurdo, parecía más un escudo medieval que una defensa práctica.
Al llegar a la puerta del edificio, Hortense, aún embarrada, se detuvo:
—¿Quieres subir y ver cómo me quito el barro? Necesito testigos: solemos perder la memoria en los baños.
Subieron. Entre la comedia involuntaria de lavar medias en el fregadero, accidentalmente mojando la camisa de Alphonse, perdiendo la noción de la ropa y del pudor, creció algo que ni la panadería ni el agua detendrían. Recorrieron todos los pasos de la inexperiencia, tropezando con taburetes, confundiéndose de abrigos y nombres (él susurró ‘Monique’ en vez de ‘Hortense’, ella fingió ignorar).
Solo cuando cayó la noche y el último pan del día se endureció, ambos comprendieron que la comedia—esa que el destino escribe a cuatro manos y pies embarrados—dura tanto como los corazones se atrevan a reirse del azar. Y a veces, también del amor.
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