Antes de seguir, sería justo advertir que Emma no era una mujer a la que se le pudieran confiar tres cosas: una planta, un libro sin leer y el contenido de una taza de café sobre una alfombra blanca. Quizás fuera por su tendencia a soñar despierta o porque el universo había decidido que el desastre la seguía por hacerle la vida más interesante, el caso es que, cuando entró aquella tarde en el ascensor de su edificio, sólo pensaba en dos cosas: si sería posible freír un huevo dentro de una tetera eléctrica y si la vecina nueva del 7ºB aceptaría su invitación para el club de lectura clandestino en la azotea. Lo que Emma no esperaba era que el destino, o probablemente el karma, tenía planes mucho más audaces.
En el ascensor ya había alguien: un hombre alto, vestido con traje perfectamente planchado, corbata azul marino y el aire de quien nació sabiéndose el número exacto de azucarillos que debe llevar un café macchiato. Sostenía una bolsa de supermercado cuyos extremos notoriamente redondeados delataban que, o bien gustaba de comprar sandías enteras o era incapaz de cargar menos de doce rollos de papel higiénico en cada compra. El tipo tenía una elegancia cansada, ese atractivo desaliñado que sólo logran los que se han quitado los zapatos en más de dos bodas.
Emma, siendo Emma, le asestó una sonrisa de campeonato justo cuando la puerta del ascensor se cerró con una determinación final. Giró la llave de su piso, notó el fallo familiar que venía del sensor de movimiento y, antes de poder inaugurar una conversación que incluyera la palabra “empanadillas”, el ascensor se detuvo con un gemido metálico. Parados entre el tercero y cuarto piso.
–¿No tendrá usted una experiencia como técnico de ascensores oculto bajo esa corbata, verdad? –preguntó Emma, medio en broma, medio temiendo tener que improvisar la cena en un espacio de dos metros cuadrados.
–Lamentablemente, no –replicó él, con una voz profunda de locutor de madrugada–. Pero me sé un truco para calmar los ascensores rebeldes: nunca les hablo de economía.
La risa, inesperadamente fácil, rebotó en las paredes de metal y Emma reconoció de inmediato ese tipo de humor: mezcla de sarcasmo británico y resignación adulta. Se presentó (torpemente, como quien se atraganta con su propio nombre) y supo entonces que él era Héctor, consultor de algo con muchas “K” y “P” en inglés. El baile de palabras siguió, improvisado, cada uno confesando pequeños desastres domésticos: Héctor era un asesino en serie de plantas (“sobrevivo en el asfalto, pero a mis cactus no les va tan bien”) y Emma, una Franz Kafka de la panadería, capaz de convertir el pan en cualquier ente menos pan.
Como dos niños en hora de recreo, los minutos se estiraron entre chistes de ascensor, predicciones del menú que la bolsa de supermercado tenía preparado (espaguetis y helado, apostó Emma; Héctor fulminó las esperanzas: quinoa y leche de avena) y una confesión de culpas secretas. Emma admitió odiar la música de ascensores y Héctor, avergonzado, reveló su predilección por las películas navideñas en julio. Las bromas flotaban, ligeras, y aunque el aire empezaba a enrarecerse, ninguno tenía prisa por salir.
Entonces, el móvil de Emma vibró y, como por arte de magia, se encendió la linterna. La luz iluminó el rostro de Héctor de una manera tan desafortunada que, durante cinco segundos, la sombra de su nariz celebró una fiesta privada en la frente. Rieron hasta las lágrimas, hasta que Emma confesó que la linterna sólo salía cuando la batería estaba al 2%: “Como un héroe que llega cuando ya no hay nada que hacer”.
Por fin, la voz de Don Félix, el portero, estalló en el altavoz. “Cinco minutos más, chicos, tranquilos que esto se resuelve.” El tiempo suficiente para una última confesión.
–¿Sabes? –dijo Héctor, observando a Emma de reojo, como quien confía un secreto demasiado dulce para decirlo en voz alta–. He vivido aquí dos años. Y nunca encontré motivo para asistir a las reuniones de vecinos. Hasta ahora.
Emma sintió, de pronto, que aquel espacio diminuto tenía más posibilidades que cualquier azotea, club de lectura o tetera eléctrica. Así que, sin dramas, sin escenarios de película francesa, le propuso a Héctor un desafío inusual: “Si salimos de aquí sin incendiar nada, te invito a una cena. Puedes escoger entre pizza congelada de queso sospechoso o el legendario sándwich de tres pisos y media historia”.
Héctor aceptó, la puerta se abrió, y mientras salían —rescatados, desaliñados, pero ilesos—, ninguno supo admitir ese rubor ligero que sólo sigue a las faenas al borde del desastre, ni tampoco que así, por completo accidente, terminan siempre empezando todas las buenas historias.
Copyrights © 2025 Ficcionalia.com. Todos los derechos reservados.