Fragmento:
Pasaron semanas con un juego tácito: cada vez que coincidían en la biblioteca (y, misteriosamente, eso sucedía todos los lunes por la tarde, por pura casualidad… o no tanto) Flora dejaba caer un libro ridículo en la mesa de Harry como si fuera una pista en un misterio. Él, por su parte, respondía con una nota. Algunas decían “¿Cena este viernes? El menú es: pizza, sarcasmo y confesiones ridículas”, otras incluían dibujitos de gatos leyendo poesía. Flora no resistía esas invitaciones: era imposible rechazar la pizza o la promesa del sarcasmo.
Duración: 04:42
La primera vez que Flora Pinkerton tropezó con Harry Lawless, llevaba una pila tan alta de libros que sólo podía ver la punta de su propia nariz... Y eso que la famosa magnolia azul de la entrada de la biblioteca municipal (un portento botánico que obligaba a todos a inclinarse) apenas era visible detrás del muro de lomos color caramelo y títulos prometedores como “Diez formas de reciclar tu ex” y “Cómo no asesinar a tu jefe”. Tropezó, digo, porque Flora era perfectamente incapaz de andar recto un lunes, y aquél era el lunes más lunes de todos los lunes: el cielo tenía el color de un zumo diluido de naranja, su jersey favorito tenía una mancha dudosa de café, y su teléfono había decidido morir súbitamente de aburrimiento.
Pero la colisión fue monumental. Los libros salieron volando como palomas; uno aterrizó justo en la cabeza de Harry Lawless, quien solo acertó a decir antes de caer de culo sobre la alfombra: “¡Por lo menos éste no es Guerra y Paz!”.
Flora, siempre tan correcta, se arrodilló para ayudarle, perdida entre el bochorno y la promesa de disculpas eternas. Harry, que llevaba auriculares de color fucsia en forma de gato y unas gafas con montura imposible, sonreía como si acabara de descubrir un tesoro.
—¿Qué me recomiendas antes de morir aplastado por la literatura moderna? —preguntó Harry, recogiendo un tomo desmañado de consejos para relaciones fallidas.
—Definitivamente NO a ese —Flora rió, mordisqueando su sonrisa—. Las reseñas dicen que el final es letal.
Así comenzó su extraña relación: rodeados de libros deprimentes, risas inesperadas y una energía que podía iluminar los tubos fluorescentes de la biblioteca sin necesidad de pagar la cuenta de la luz.
Pasaron semanas con un juego tácito: cada vez que coincidían en la biblioteca (y, misteriosamente, eso sucedía todos los lunes por la tarde, por pura casualidad… o no tanto) Flora dejaba caer un libro ridículo en la mesa de Harry como si fuera una pista en un misterio. Él, por su parte, respondía con una nota. Algunas decían “¿Cena este viernes? El menú es: pizza, sarcasmo y confesiones ridículas”, otras incluían dibujitos de gatos leyendo poesía. Flora no resistía esas invitaciones: era imposible rechazar la pizza o la promesa del sarcasmo.
El primer viernes que aceptó la invitación, Flora llegó a su minúsculo apartamento con la indecisión a cuestas y un pastel casero de limón... imperfecto, pero aromático. Harry la esperaba con una copa de vino y una playlist de canciones italianas versionadas en ukelele.
—¿Sabías que tengo fobia a los pasteles de limón? —preguntó Harry, risueño, mientras deslizaba una copa hacia Flora.
—¿Y por qué lo mencionas después de invitarme?
—Siempre quise superarla en buena compañía —respondió él, y le dedicó una sonrisa que hizo olvidar a Flora todas las veces en que se sintió fuera de lugar.
El pastel resultó ser un desastre glorioso; Harry y Flora terminaron riéndose hasta las lágrimas cuando el merengue —un milagro de la física inversa— se deslizó por la mesa como una mancha viscosa. Entre risas y limpieza improvisada, descubrieron que la vida estaba llena de pequeños accidentes deliciosos.
Las semanas se sucedieron en esa coreografía extravagante. Más juegos literarios. Más cenas accidentadas. Más secretos robados entre carcajadas y copas de vino barato. Flora descubrió la extraña obsesión de Harry con los sombreros extravagantes: cada vez que quería impresionar a alguien, usaba uno distinto. Fedora para las discusiones filosóficas, boina cuando tocaba el saxofón, ese ridículo bombín azul eléctrico para cuando la conversación exigía valentía.
—Hoy toca sombrero de detective —anunció una tarde. Flora, suspicaz, alzó una ceja.
—¿Por qué?
—Porque planeo preguntarte algo importante…
Harry se arrodilló, pero en vez de un anillo sacó de la solapa un billete de entrada a una exposición de gatos gigantes.
—¿Me acompañarás a esta ridícula aventura?
—Pero solo si usamos sombrero de copa los dos —exigió Flora, medio seria.
—Trato hecho —respondió él.
Las primeras mariposas del amor (y de la vergüenza) bailaban entre ellos cada vez que cruzaban miradas en la sección de poesía. Y aunque Flora temía que todo fuera demasiado perfecto para durar, Harry solía recordarle lo contrario:
—No busques la perfección, Pinkerton. Busca el chiste. Y si se estropea el pastel, podemos pedir pizza.
Así, dejaron pasar los lunes uno tras otro: con tropiezos, libros estúpidos y promesas dulces de que, mientras hubiera bibliotecas y ganas de reír, siempre encontrarían una excusa para enamorarse otra vez.
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