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Fragmento:


Zarin levantó la cabeza hacia las altas cúpulas que reflejaban el cielo triplemente azul.

Duración: 04:07

La montaña tras la niebla
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La nave descendió antes de que los radares despertaran, rozando la vieja hierba fría de un planeta apenas nombrado en las cartas de navegación estelar. En el centro del continente cobalto, bajo una atmósfera más delgada que un susurro, estaba la ciudad muerta de Talion, y sobre Talion reinaba un silencio que no era vacío, sino densidad: la quietud de lo inaprensible, un silencio mineral.

Los miembros de la expedición no sabían cómo enfrentarse a ese silencio. Zarin, la lingüista, fue la primera en bajarse del transbordador. Había pasado años desenredando dialectos de mundos fantasma, pero Talion le inspiraba una reverencia desconocida. Apoyó la palma sobre el polvo, dejó que las partículas antiguas se pegaran a su piel, y escuchó; como si alguna señal imposible pudiera filtrarse a través de sus huesos.

La ciudad no era ruina. Cada edificio era intacto, los mosaicos de sílice aún brillaban bajo el sol múltiple y Girad, el más joven de los ingenieros, fue quien, tembloroso, se atrevió a abrir una de las puertas. Dentro, la temperatura era idéntica a la del exterior. No había polvo. No había rastros de vida, ni de muerte. Solo ausencia, tan pura como una fórmula.

Tuvo la sensación de que dentro de esa habitación todo lenguaje estaba suspendido, como si las palabras mismas hubieran sido negadas por una ley antigua, prelingüística. Salió y miró a Zarin.

—¿Qué crees que ocurrió aquí?

Zarin levantó la cabeza hacia las altas cúpulas que reflejaban el cielo triplemente azul.

—Tal vez nada. O tal vez, todo lo posible.

Una noche terrestre después, mientras acampaban en la plaza central, una niebla improbable descendió entre las columnas. Era lenta, pero avanzaba consciente, rozando sus equipos con la delicadeza de dedos. Al principio, ninguno habló. Los instrumentos dejaron de registrar valores, las grabaciones se vaciaron de contenido. Las conversaciones zumbaban y se apagaban, como si el aire pesara cada vez más sobre sus voces.

La segunda noche, Girad soñó. Caminaba por pasillos transparentes, rodeado de figuras humanas, nítidas solo de perfil. Había palabras, pero pronunciarlas dolía, como si el significado mismo cortara. Cuando despertó, le faltaba algo: un recuerdo, un significado, tal vez un color. Encontró a Zarin sentada junto a uno de los grandes discos.

—¿Lo sientes? —preguntó él.

—Sí —dijo ella—. Me está borrando la lengua.

La niebla persistió, y cada día eran más lentos, más silenciosos, como si el aire del planeta también aceptara solo lo esencial. Una mañana, la nave de apoyo transmitió un mensaje: estábamos a punto de perderlos, dijeron, sus palabras apenas captadas por el decodificador de Zarin, que no pudo retener ni una.

"Tal vez aquí, las palabras se gastan", pensó. "Cada lengua tiene una vida y una muerte: quizás, aquí, llegó antes del final de los cuerpos."

Con el paso de los días, dejaron de escribir informes; sus manos titubeaban, y nadie quería romper ese mar de silencio nuevo que había sucedido a todos los elementos conocidos. Girad olvidó el nombre de su madre. Zarin intentó deletrear la palabra "hogar", y no pudo.

Al séptimo ciclo, los miembros de la expedición se congregaron en la plaza y, aunque nadie lo propuso, supieron que la única ciencia posible era ceder. Uno a uno, abandonaron los nombres, luego los pensamientos formulados. Cuando la niebla comenzó a ascender, las formas de sus cuerpos se fundieron suavemente con el aire, volviéndose apenas visibles, como palabras a punto de pronunciarse y ya olvidadas.

Sí, Talion era una ciudad, y también un idioma. Era el lugar donde el significado, al volverse demasiado denso, devoraba la vida para preservar la pureza absoluta de lo no dicho. Nada quedaría impreso; la nave de rescate encontró solo la nave quieta, y la plaza intacta, rodeada de niebla violácea que murmuraba, a veces, fragmentos de fonemas extraviados.

Y después, nada más—o todo, en una lengua que nadie podía ya aprender.

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