Fragmento:
La ciudad era un gigantesco panal de mentes fragmentarias, conectadas sólo por los hilos invisibles del Gran Archivo. Cada noche, técnicos sin rostro extraían los recuerdos del día y los reciclaban, los vendían incluso, para los juegos de los poderosos y el sadismo de los insomnes. Por la tarde, Abdiel paseó por el corredor sumergido donde los polenautas flotaban en la bruma densa, experimentando, hastiados, diminutos fragmentos de vidas ajenas entre las oleadas de aromas químicos.
Duración: 04:55
La ciudad estaba dormida bajo la palidez de un cielo violetáceo, tan quieta que sólo el zumbido sordo de los cañones neumáticos, en lo alto de las torres oxidadas, rompía la quietud. Abdiel Tern caminaba desnudo de memoria—nadie en sus tiempos usaba ya la incómoda costumbre de cargar con recuerdos propios. A lo lejos, la Cúpula Central abría y cerraba como un respiro colosal; era allí donde se destilaban los recuerdos puros, para ser implantados luego como gemas en las sienes de los ciudadanos.
Esa mañana, Abdiel observaba con irritación las líneas doradas de la plataforma de tránsito lento extendiéndose ante sus pies, como esperando su decisión. No recordaba la jornada anterior; sólo una vaga humedad, olor a musgo antiguo y la extraña sensación de una despedida no completada. Al cruzar la puerta del colector de tránsito, las miradas de los operadores ya-inmóviles, casi estáticos en sus ánforas de éter, le atravesaron como ondas sonoras. Nadie saludaba en aquellos días.
Su turno ante la Imprimidora llegó sin anuncios. Una de las operadoras, de piel traslúcida y ojos negros, le insertó con precisión la cápsula de memoria del día, sin preguntas, casi sin mirarle: nacería en su pensamiento una infancia prestada, una sucesión de tardes bajo el árbol de plata, una madre que no había existido más que para otros. Abdiel contuvo el estremecimiento. El hombre frente a él, que parecía un modelo anterior de conciencia, susurró: “Hoy, olvida preguntar.”
La ciudad era un gigantesco panal de mentes fragmentarias, conectadas sólo por los hilos invisibles del Gran Archivo. Cada noche, técnicos sin rostro extraían los recuerdos del día y los reciclaban, los vendían incluso, para los juegos de los poderosos y el sadismo de los insomnes. Por la tarde, Abdiel paseó por el corredor sumergido donde los polenautas flotaban en la bruma densa, experimentando, hastiados, diminutos fragmentos de vidas ajenas entre las oleadas de aromas químicos.
A veces, una duda le atravesaba como una grieta: ¿y si conservara una memoria verdadera entre todas esas falsas? Pero las Leyes eran severas; quien intentara preservar un solo recuerdo propio era extirpado del Archivo, reducido a una sombra muda, un parásito. Algunos murmuraban de una Sociedad Olvidada más allá de las capitales de titanio, allí donde los recuerdos permanecían salvajes y el tiempo era real.
Aquella tarde, cuando la luz del sol filtrado atravesaba el domo superior y hacía brillar las partículas de yodo suspendidas, Abdiel decidió desafiar el ciclo. Frente a un puesto de Anacronía, el mercader le ofreció un frasco sellado: “Treinta segundos de una tarde inédita”, susurró. Abdiel, con anhelo y repulsa, vaciló; sólo una vez, sólo un instante real..., y lo bebió. Un relámpago carmesí cruzó su pensamiento. Se vio en un bosque hecho de carne y relámpagos, escuchando la voz de una mujer joven—y recordó. Era suya, sólo suya. Por primera y última vez se recordó a sí mismo.
Algo cambió en el aire: los centinelas magnéticos giraron sus cabezas como bestias despertando. En el centro de la vía una grieta se abrió en el suelo metálico y de ella surgieron las sombras de la Vigilancia, sin rostro, arrastrando herramientas de extirpación. Abdiel corrió, el pecho inundado de un terror antiguo, capaz de desafiar la arquitectura misma de la Ciudad.
Los corredores se retorcían mientras huía, y el nuevo recuerdo, inyectado como veneno, parecía expandirse en sus venas. Alcanzó el distrito sumergido justo cuando la alarma armónica vibraba hasta helar el aire; los polenautas lo vieron pasar, algunos con terror, otros con sadismo. Accedió a lo más profundo: el Archivo mismo, la cámara donde todos los recuerdos eran apagados y reciclados cada ciclo.
Tocó el núcleo luminoso. La voz—la suya, de niño, de anciano, de antes y de ahora—le susurró: “Habrá condena eterna, o libertad instantánea.” Abdiel eligió: pensó su memoria única, y con un gesto mental indescifrable la arrojó al Gran Archivo, infectando los hilos con su propia verdad, alma pura envenenando el río de recuerdos manufacturados.
La Ciudad vibró, las torres gimieron como bestias. Las vidas prestadas se mezclaron, colisionaron: hombres y mujeres recordaron amores propios, pérdidas ciertas, nacimientos indelebles, odios crudos. La Cúpula, en su último estertor, destelló como un sol prematuro, y luego... el silencio.
Cuando la niebla radioactiva se disipó la mañana siguiente, Abdiel era ya nombre y semilla, rumor disperso. Nadie supo explicar aquel temblor de nostalgia que inundó los corazones de los nuevos habitantes, ni el brillo extraño en los ojos de los nacidos tras la ruina. Sólo los viejos polenautas, bajo sus cascos de luz, decían a media voz: “En los tiempos del olvido, él fue el primero en recordar.”
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