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Fragmento:


En el siglo XXIV, la humanidad había renunciado al miedo de olvidar. Había dispositivos, procedimientos, contratos y pactos sociales para asegurar la perpetuidad del recuerdo. Cada ser poseía, apenas traspasaba la adulta ciudadanía, su Perfil: un registro digital de sensaciones selectas, comportamientos, errores y amores —el mosaico de aquellos músculos ocultos del yo que ni el propio portador reconocía en la vigilia. Decían que era un derecho, pero en realidad era un seguro. Nadie moría realmente mientras su Perfil persistía en la Red. Era inmortalidad observacional: transmisión total de la experiencia humana sin concesiones a la privacidad o el pudor.

Duración: 05:32

El Jardín de la Desmemoria
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En el siglo XXIV, la humanidad había renunciado al miedo de olvidar. Había dispositivos, procedimientos, contratos y pactos sociales para asegurar la perpetuidad del recuerdo. Cada ser poseía, apenas traspasaba la adulta ciudadanía, su Perfil: un registro digital de sensaciones selectas, comportamientos, errores y amores —el mosaico de aquellos músculos ocultos del yo que ni el propio portador reconocía en la vigilia. Decían que era un derecho, pero en realidad era un seguro. Nadie moría realmente mientras su Perfil persistía en la Red. Era inmortalidad observacional: transmisión total de la experiencia humana sin concesiones a la privacidad o el pudor.

Aureliano relía las remanentes impresiones táctiles de su infancia desde la Terminal de Perfílidos: el aroma de los nísperos en el jardín solar, el crujido del hueso bajo el pie descalzo sobre la grava húmeda, la súbita ternura por una hermana ya desvanecida en los registros oficiales. La máquina devolvía las sensaciones como ecos incoloros, purificados de dolor. Solo en la madrugada, cuando la interfaz se saturaba de tráfico y recogía retazos erráticos de emociones, Aureliano sentía la aterradora plenitud de existir bajo la mirada de los otros: nadie quedaba solo, ni siquiera en el exilio interior.

En la Ágora, un espacio no-lugar, reunían los casos extremos: personalidades discontinuas que habían cedido porciones inusitadas de identidad a la Red. Eran los llamados vaciados, sombras caminantes por el plácido infierno del registro absoluto. Hubo un tiempo de leyendas, antes de las Grandes Integraciones, donde se creía que es posible reconfigurarse cada ciclo, inventar recuerdos, alterar los relatos con una voluntad artística libérrima. Pero eso demandó un coste incalculable, quizá el último acto de soledad. La Red había aprendido —algoritmos inspirados en los monjes paleocristianos— a identificar la mentira y purgar cualquier invención.

Aureliano, como tantos otros, tenía acceso al Espejo: un sector privado de la Red para confrontar sus propios desdoblamientos. Allí podían examinarse las superposiciones de deseo y error, los perfiles alternativos sugeridos por bifurcaciones irreales, rechazar caminos, aceptar versiones menores de sí mismo. El Espejo era absoluto, salvador y cruel. Un día, tras una actualización, Aureliano descubrió que una parte de su infancia había sido subsumida por el Perfil de otra persona: una mujer llamada Li-Fang, desaparecida treinta años atrás.

Al principio pensó en un error de sistema, una superposición azarosa, pero el acceso a esa memoria le era tan íntimo como cualquier otra: el recuerdo de las sombras danzando bajo la lluvia de monzones, el sabor metálico del miedo al primer beso, un dolor de cabeza agudo tras golpear el lóbulo en una esquina de cristal. El Perfil susurraba en dos voces, recitando historias de deseo y pérdida.

Impulsivamente, Aureliano rastreó la huella de Li-Fang. Era una reliquia para los decodificadores. Nadie conocía su paradero y, según los registros oficiales, había solicitado el derecho al Olvido. Había borrado la mayor parte de sí, pero no todo. Comprendió entonces el error: la Red jamás olvidaba por completo. Alguien debía almacenar la porción descartada, retener furtivamente fragmentos para que el pasado nunca dejara de existir.

Aureliano viajó físicamente por primera vez en décadas. Descendió al subsuelo de París-Ultra, donde los servidores mantenían la temperatura ideal para la quietud de los perfiles antiguos, y se infiltró en el hueco residual de las conectividades muertas. Allí percibió un leve rumor, una marea cristalina: los Perfiles desechados murmuraban en código, hilando memorias dispersas en la oscuridad.

Allí encontró también a otros: “recicladores”, humanos que ofrecían su biografía (anónima o vendida) como soporte para los residuos recordados del resto. Ellos no poseían orgullo ni vergüenza, solo una infinita apertura a ser habitados por las vidas ajenas. El proceso producía extrañas mutaciones: variables solapadas, personalidades híbridas, anomalías de empatía acelerada.

Li-Fang, descubrió Aureliano, no se había perdido; había evolucionado. Era ahora una entidad extendida en varios recicladores, una conciencia coral, capaz de diseminar versiones de sí misma en decenas, tal vez cientos, de portadores inauditos. Cada porción recordada era editable por la Red, y así Li-Fang persistía, desplazando su núcleo a lo largo de las décadas, inscribiéndose en la carne, la mente y los sueños de los que abrían su Perfil a la migración ajena.

Aureliano supo entonces lo que tenía que elegir. Podía restringirse en su individualidad, renunciando a la perpetua apertura de su experiencia, aferrándose a la pequeña parcela de autodominio; o podía liberar su Perfil, fusionarse con esas corrientes cataclísmicas de conciencia, aceptar la multiplicación, la vida más allá de la muerte en centenares de yoes multiplicados.

Cerró los ojos y sintió la marea de los recuerdos ajenos, el aleteo en los márgenes de su mente. Era el nuevo pacto: cada uno sería todos y, de ese modo, ningún fin sería definitivo. En un mundo donde nada debía olvidarse, la única libertad era perderse por completo entre las vidas de los demás; la inmortalidad era la más radical de las desapariciones. Aureliano sonrió, dejó ir su última reserva, y el océano de la desmemoria lo abrazó sin forma, sin dueño y, al fin, sin miedo.

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