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Portada del relato Ciclos de Dánae
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Fragmento:


Fue en el vigésimo sexto mensaje cuando noté la clave: una frase idéntica, escrita con la misma torpeza, a la Dánae de mi infancia. “Todavía no aprendo a escribir la letra z.” La Dánae original había pasado su vida sintiéndose insegura por esa única letra. En ese instante, supe que aún quedaba algo de ella que no podía ser editado, y esa pequeña imperfección era la única brújula que me quedaba.

Duración: 04:30

Ciclos de Dánae
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Soy consciente de que escribir ciencia ficción es, en parte, intentar adivinar el mecanismo subyacente de lo posible y lo imposible. No obstante, el desencadenante de este relato fue tan humano como el anhelo, uno tan simple como el deseo de volver hacia lo que uno no puede dejar atrás.

Dánae, mi madre, nunca me habló de su partida. Ella era una migrante intersistémica, una de esas raras personas que asistieron al nacimiento de la tecnología de repetición: el ciclo, le decían. Permitía a un individuo “rebobinar” su conciencia a un punto anterior de su vida, tal como si uno devolviese un libro al inicio para releer su propio destino. A primera vista, era una salvación: eliminaba el arrepentimiento por completo, cifraba la historia personal en un algoritmo tan eficiente que la historia misma podía reescribirse, seleccionando los episodios de felicidad una y otra vez.

Pero entre los pioneros se filtraba una tristeza persistente. Supe, después, que Dánae la sentía como una grieta en los músculos, como cuando uno intenta recordar un sueño que desaparece incluso mientras lo vive. El tiempo, para ella, se volvió una materia blanda, y el ciclo, la técnica, solo le regaló la posibilidad de perderse a sí misma en un laberinto de opciones.

Intenté entenderla durante años. Recibí sus mensajes, a veces cortos, enviados desde las bifurcaciones de sí misma. En cada uno, las palabras variaban lo justo para que mi mente pudiera preguntarse: ¿es esta la Dánae que fue mi madre, o es otra Dánae, ya irreconocible para mí, para sí? Los expertos decían que la repetición no podía dañar la integridad de la conciencia, pero tampoco preveían la soledad de los que ya no podían medir el alcance de sus recuerdos.

Fue en el vigésimo sexto mensaje cuando noté la clave: una frase idéntica, escrita con la misma torpeza, a la Dánae de mi infancia. “Todavía no aprendo a escribir la letra z.” La Dánae original había pasado su vida sintiéndose insegura por esa única letra. En ese instante, supe que aún quedaba algo de ella que no podía ser editado, y esa pequeña imperfección era la única brújula que me quedaba.

En el planeta refugio, donde los pioneros de los ciclos acudían para “reiniciar” sin el peso de las interacciones humanas, Dánae ocupaba una vivienda lúgubre, rodeada de esferas traslúcidas que almacenaban sus pasados alternativos como archivos de música. Podía oír, si me detenía lo suficiente, el rumor incesante de sus vidas abandonadas, reproduciéndose con la cadencia de una canción nunca terminada.

Cuando la encontré, después de recorrer los pasillos de la clínica, supe que existía algún modo de conversar con ella a través de los pliegues de sus recuerdos. Nadie lo había intentado antes; decían que sería como hablar con el eco de una cueva interminable. Pero traje conmigo mis propias versiones de nuestro pasado: una pulsera barata que me regaló cuando cumplí seis años, una foto donde ella, rendida, sonreía. Los coloqué frente a ella. No pidió explicación.

—¿Preferirías volver atrás otra vez? —le pregunté, al saber que la técnica podía activarse de nuevo en cualquier momento.

La sombra apenas tembló en su rostro.

—Cada vez que retrocedo —dijo finalmente—, olvido un poco más las razones por las que avancé. Conservo solo una textura, la sensación de que algo falta.

Le ofrecí la fotografía, y entonces ella, con los ojos desorbitados, musitó:

—Ese día no existe en ninguno de mis recuerdos repetidos.

Y comprendí que había huecos, momentos que incluso la tecnología no podía recrear porque nacían de lo irrepetible, del error y de la torpeza, no de la perfección pulida que ofrecía el ciclo. Me di cuenta de que todo intento de redención era una condena a la amnesia procedimental.

Así, mientras la noche sintética se espesaba sobre el planeta refugio, Dánae y yo compartimos las imperfecciones de la memoria, los jirones de tiempo que resisten al archivo y al algoritmo. No había redención en volver atrás infinitamente, pero sí una humanidad secreta en los pliegues olvidados, allí donde ninguna repetición podía alcanzarnos.

Y por primera vez, entendí que no era necesario desandar todos los pasos para hallar sentido. Solo quedaba avanzar, aceptando que el verdadero milagro era la imposibilidad de repetir un mismo error de la misma manera. Porque, al final, hasta las máquinas más precisas terminan fallando en replicar la torpeza de una madre que, por más que lo intentara, nunca aprendió a escribir la letra z.

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