Pack Harry Potter - La serie completa
Ellos me quieren encontrar, pero yo los encontrare primero.
Alchemised: No queda nadie a quien salvar
Taquión: El Planeta: Ciencia ficción dura
Mitsborn - Trilogía original (edición limitada especial estuche)
Novela El calendario del amor
Portada del relato El reflejo especular
Sin valoraciones
  Leer   Escuchar   PDF   ePub   Compartir

Fragmento:


La unidad respondió con sonido de gas escapando:

Duración: 06:25

El reflejo especular
-a / +A

Era de noche, no la noche de un cielo cósmico y real, sino una noche artificial, impuesta – filtro negro-azul en los cristales de la domo-ciudad de Asimovia, donde ningún habitante recordaba cómo eran las sombras naturales. No existía día: solo simulacros de intervalos – segundas tardes, madrugadas neon simuladas sobre asfalto brillante. Nadie dormía sin ayuda: todos usaban el Somnífero 49, vendido en el módulo químico 16B y tomado como una liturgia, con agua templada. Lo que se llamaba "vigilia" entonces era un parpadeo entre dos sueños manufacturados, y la memoria, cada día, se confundía más con la recreación electrónica.

Lucía yacía sobre un diván autoajustable, los pies descalzos tocando las placas de calefacción, mientras su unidad de recordatorios flotaba lento como una medusa tecnificada cerca de su cabeza.

— ¿Registro? —susurró un registro orgánico, voz idéntica a la de su madre muerta.

La unidad respondió con sonido de gas escapando:

— Tienes tres nuevos recuerdos para revisar. ¿Quieres experimentar el de las Cataratas de Niágara, la pelea en la cocina o el nacimiento de tu hija Lira?

Lucía detestaba estos menús, pero cada jornada, al clarear el tinte azul en los cristales, todos los ciudadanos tenían la obligación de "revisar su acervo", porque el Ministerio Interdisciplinario del Recuerdo lo exigía. Los no cumplidores recibían avisos, y después, caían en agujeros administrativos de los que pocos regresaban.

— El nacimiento —decidió al fin, y la unidad emitió chasquidos neuronales que se aferraron a la corteza de su cráneo. Su hija Lira tenía seis años ahora, pero Lucía casi no la recordaba. A veces, en las plazas de vapor de Asimovia, creía verla de lejos, jugando bajo una lluvia química, pero nunca estaba segura de que fuera ella. El Ministerio había impuesto la actualización de recuerdos hacía sólo dos generaciones, para reducir el "peso inútil en el flujo central de conciencia colectiva". Cada día, los recuerdos antiguos eran convertidos en ruido, reciclados por las factorías de datos que zumbaban en los subterráneos.

El parto. El sudor. La soledad. Un cirujano-módulo, brazos eléctricos y fría inteligencia de consuelo. La risa sin razón. El llanto de Lira, nítido, tan nítido… Una vibración amarga cruzó la espina de Lucía. El recuerdo era falso. No porque no hubiera parido —lo había hecho— sino porque no era exactamente así, exactamente ese color en la habitación, ese tenue olor metálico, ese aliento gástrico del cirujano-módulo. Era una simulación híbrida, retocada en los detalles para alegría y salud de los habitantes.

Esa noche, Lucía tomó su abrigo termocronológico y caminó al Centro de Autenticación de Recuerdos, un edificio imposible de antiguo, estilo brutalista con acero cubierto de líquenes azules, construido antes del reglamento sobre las reproducciones exactas de lugares. En la puerta, una pantalla: "¿Busca la verdad absoluta o el confort absoluto?" Ella marcó "verdad", y la puerta ofreció su entrada con el leve suspiro de bienvenida a los insomnes.

En el interior del centro, la luz era suave como taza de leche, y varias personas –o sus avatares, Lucía no distinguía– esperaban en bancos que goteaban destellos. Un hombre de cara múltiple la atendió en el mostrador:

—Sólo autenticamos recuerdos bajo riesgo administrativo. ¿Está segura?

—Quiero saber—dijo Lucía—si Lira existe, o si es parte de mi cuota de recuerdos obligatorios.

El hombre emitió un bufido en estéreo.

—¿El Ministerio ha notificado alguna anomalía en tu archivo?

—No —dijo Lucía—. Esto es iniciativa propia.

—Entonces, solo te puedo ofrecer Verificación Parcial.

El proceso consistía en conectar la amígdala cerebral a una interfaz, filtrando todo lo que Lira había sido almacenada en ella por las máquinas. Mientras la máquina operaba, Lucía visionó escenas: Lira corriendo con un globo de hidrógeno, Lira jugando a atrapar insectos mecánicos, Lira gateando bajo el ojo vigilante de la Cámara Social. Pero las imágenes ya no tenían bordes nítidos: cada una traía un halo de incertidumbre, como si la realidad estuviera desenfocada justo detrás de una membrana de vidrio empañado.

La máquina concluyó con una sentencia implacable:

—Probabilidad de existencia: 42%. Nivel de asimilación en el flujo: elevado. Útil para propósitos regulatorios, pero no para afectos profundos.

Lucía sintió un golpe suave en el pecho. ¿Cuántos de los que amaba habían sido sólo administrados? En la sala de espera, algunos miraban sus resultados en las manos, otros lloraban, otros se reían como si supieran de antemano la broma.

Decidida y desesperada, Lucía buscó la rebelión. No una rebelión de armas o manifiestos, sino la más íntima: la de fabricar su propia memoria ajena al flujo central. Vació el contenido de todas las cápsulas de recuerdo que tenía en la consola y se sentó, sin ninguna ayuda químico-electrónica, a recordar sola. Recordó el tacto áspero de una manta de infancia, el sabor remoto de algo llamado "naranja", la tristeza viscosa de haber perdido un juguete. No tenía pruebas, ni imágenes holográficas ni aprobaciones ministeriales, pero cada fragmento, sin certificar, la hizo sentir un atisbo de sí misma.

En los pasadizos subterráneos, las factorías de datos zumbaban más alto esa noche. Quizás, en algún monitor, un técnico notó un pequeño desvío estadístico en el registro de Lucía: una pequeña pérdida en la coherencia global. El técnico, aburrido, presionó "ajustar", y el sistema acomodó cientos de hilos para tapar la fuga. Sin embargo, la brecha ya estaba hecha.

Al día siguiente, al despertar – o al simular que despertaba – Lucía fue hacia las plazas cubiertas de neblina. Vio a una niña jugando sola bajo los reflectores artificiales, una niña con los mismos ojos violetas que recordaba a Lira. Se acercó despacio, conteniendo la respiración. La niña levantó la vista y sonrió.

—¿Mam…? —preguntó con voz vacilante, demasiado real para ser escrita por una máquina.

Y en ese instante minúsculo – apenas una vibración en el tejido de una ciudad de sueños prestados–, Lucía supo que la existencia, como el amor, solo necesitaba un parpadeo de duda para sobrevivir a cualquier mecanismo.

Pack Harry Potter - La serie completa
Ellos me quieren encontrar, pero yo los encontrare primero.
Alchemised: No queda nadie a quien salvar
Taquión: El Planeta: Ciencia ficción dura
Mitsborn - Trilogía original (edición limitada especial estuche)
Novela El calendario del amor

Copyrights © 2025 Ficcionalia.com. Todos los derechos reservados.

Ofertas Amazon: En calidad de Afiliado de Amazon, obtengo ingresos por las compras adscritas que cumplen los requisitos aplicables.