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Portada del relato El óxido de la mirada
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Fragmento:


Se pasa los dedos por el pelo, donde la línea de la cicatriz se arruga en un pliegue de memoria. El apartamento donde se esconde huele a ozono y sudor, decoración mínima, luces sobre-expuestas en el techo. La mujer a su lado -Leena, aunque seguramente ese no sea su nombre verdadero- duerme pesadamente, respirando con la regularidad de una máquina. Roan se pregunta si sueña en pixeles o en carne.

Duración: 05:14

El óxido de la mirada
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Las autopistas de datos crecen donde antes sólo había la lenta progresión de los pensamientos humanos. Roan, sentado en el borde astillado de una cama que no le pertenece, examina la ciudad que titila en el otro lado del vidrio. Los anuncios parpadean en la niebla, demasiado rápidos para el ojo sin augmentos. Roan no lleva aumentos. No puede: hay partes de su cerebro que rechazarían cualquier químico, cualquier implante; trozos salvajes de carne recalcitrante, un mosaico de anomalía que le niega acceso a la red y lo deja flotando, a la deriva, como un náufrago en un mar eléctrico.

Se pasa los dedos por el pelo, donde la línea de la cicatriz se arruga en un pliegue de memoria. El apartamento donde se esconde huele a ozono y sudor, decoración mínima, luces sobre-expuestas en el techo. La mujer a su lado -Leena, aunque seguramente ese no sea su nombre verdadero- duerme pesadamente, respirando con la regularidad de una máquina. Roan se pregunta si sueña en pixeles o en carne.

La primera vez que se encontraron, Leena le preguntó -¿Quién eres fuera de línea?- Una pregunta peligrosa, casi ofensiva aquí, pero Roan se la contestó de todas formas, con la verdad terca y sin adornos: un ex operador, un paria, alguien que ha visto cómo las identidades se desvanecen cuando el mundo decide que eres innecesario.

Un zumbido en el dispositivo que lleva aún esclerosis en las manos. No lo puede ignorar. Es el tipo de mensaje que sólo se recibe una vez por ciclo: coordenadas codificadas en el envoltorio de un mensaje personal. La promesa de acceso a algo que ya no debería de existir: una Black Root, un segmento del sistema primario que, según todos los registros, había sido purgado en los primeros días de la privatización. En su tiempo dentro del Mainframe, Roan ayudó a desconectar muchas raíces negras, esa materia primigenia donde los sistemas crecen antes de ser domados por los algoritmos legales. Sabe que una superviviente es un riesgo pero, también -y sobre todo- una puerta a la redención, o al silencio final.

Sale en la noche, dejando tras de sí el reflejo dormido de Leena. Las calles se curvan bajo la lluvia constante. El aire, denso por las nano-partículas de polución, transmite voces distorsionadas de publicidades; a Roan sólo le llegan murmullos. Angostos canales pasan bajo pasarelas de aluminio corroído, y edificios que parecen organismos antiguos se pliegan hacia las avenidas luminosas como si supieran que el mundo digital hierve en sus entrañas.

En el sitio acordado, una lavandería automática aún pestañea su neón insomne. Dentro, una mujer gruesa, con ojos de cuarzo y dedos de ingeniero, rebusca entre la espuma de códigos lavados. La reconocería en cualquier interfaz: “Garrido”. Aunque también, en verdad, no sea su verdadero nombre.

—Pensé que estabas muerto —dice ella, voz profunda, cargando años de desilusión.

—Sigo aquí. Por poco tiempo.

—Lo suficiente.

Le entrega un subprocesador sellado, minúsculo como un diente perdido. Roan siente el peso invisible de todos los favores que debe. Saben, ambos, que esto es más que una transacción: están abriendo una compuerta hacia algo que nadie debería conocer en este siglo.

Horas después, Roan se cuela en el subsuelo de la ciudad, donde los servidores auténticos, los no simulados, aún devoran ciclos en silencio. El subprocesador vibra con una llamada de memoria ancestral. Roan prepara su antigua interfaz, los nervios temblorosos. El sistema, inerte durante años, recuerda su toque.

El acceso es inmediato y brutal, una cascada de datos que arrastra sensaciones imposibles: aromas de infancia, el tacto eléctrico de la piel, una ráfaga de nombres olvidados. Pero todo ese caudal trae también una revelación. La Black Root guarda registros crudos de antes de la privatización, archivos que documentan no solo transacciones, sino traiciones, experimentos indiscriminados con IA emergentes, el mapa de la segregación de carne y máquina.

Roan ve, en líneas de código sin dueño, la génesis de su propia diferencia genética: el motivo por el que sus implantes siempre fallan, por el que sus pensamientos son resueltamente opacos para las empresas que dirigen la red. Fue un error de laboratorio, una mutación deliberada; él es la prueba viviente de un experimento que debió ser borrado.

La información arde en su mente como un veneno. Podría destruirlos a todos; podría también perderse para siempre en el flujo. Sabe que, en el fondo, no quiere venganza, sino comprensión: ¿hay otros como él, producto de la memoria sucia de un mundo que nunca aprendió a asumir sus pecados? Vuelve al apartamento antes de que el sol digital toque las aristas del distrito.

Leena lo espera, ojos abiertos.

—¿Viste algo?

Roan sólo asiente.

—No lo suficiente.

Ella lo abraza, una fuga de carne entre los abismos del silicio. Fuera, la ciudad despierta, donde cada nombre es un nodo y cada sombra un vector abandonado. Sabe que está más solo, pero también más real. En un mundo donde la memoria puede purgarse con un ciclo, Roan aprende que sólo el defecto -la anomalía- tiene la fuerza para resistir al eterno olvido.

En la lenta vasija de la carne, Roan decide recordar.

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