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Portada del relato El día que los ríos olieron a ceniza
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Fragmento:


El pueblo había sobrevivido antes a grandes cosas: la guerra de antaño, el dengue, incluso, en los cuentos de su abuelo, una helada milenaria. Pero lo de ahora era diferente. No era una amenaza puntual sino una encadenada sucesión de desastres; mientras un alud enterraba un barrio entero a orillas del río, al otro lado la sequía cuarteaba la tierra hasta hacer imposible sembrar. El agua potable se racionó tras descubrir un hedor acre, persistente, mezcla de azufre y ceniza, cargado por las lluvias ácidas. Y la radio, ese hilo con el mundo, cada vez traía más relatos de evacuaciones, más listas de desaparecidos.

Duración: 04:33

El día que los ríos olieron a ceniza
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La mañana empezó con un silencio raro, lleno de presagios, como si el mundo mismo estuviera reteniendo el aliento ante algo imposible de nombrar. Desde la ventana, Esteban observó el horizonte y supo inmediatamente que algo en el aire había cambiado. Lo notaba en la sequedad que le llegaba hasta los pulmones, en la manera en que el polvo arrecia contra la corteza de los árboles. Adentro, su esposa Julieta repasaba las mismas noticias que desde hacía meses iban tornando su rutina en una letanía de advertencias: los mares, los vientos, los glaciares. Todo lo que parecía intocable, en franco desmontaje.

El calor llevó a los insectos a lugares insospechados, y la última tormenta, apenas una semana atrás, barrió la región con una furia que desgarró techos y tejió cicatrices en los campos de trigo. Ahora, Esteban recorría su pequeña parcela de tierra, sintiendo bajo sus botas no la promesa de la temporada sino un retorcido presentimiento. Las semillas, caras y difíciles de encontrar, yacían bajo un suelo poco profundo, rotas antes de germinar por una lluvia que llegó demasiado rápido y se fue demasiado pronto.

El pueblo había sobrevivido antes a grandes cosas: la guerra de antaño, el dengue, incluso, en los cuentos de su abuelo, una helada milenaria. Pero lo de ahora era diferente. No era una amenaza puntual sino una encadenada sucesión de desastres; mientras un alud enterraba un barrio entero a orillas del río, al otro lado la sequía cuarteaba la tierra hasta hacer imposible sembrar. El agua potable se racionó tras descubrir un hedor acre, persistente, mezcla de azufre y ceniza, cargado por las lluvias ácidas. Y la radio, ese hilo con el mundo, cada vez traía más relatos de evacuaciones, más listas de desaparecidos.

Por las noches, la familia se arremolinaba alrededor de la mesa, discutiendo en susurros. Era imposible dormir sin el zumbido de los mosquitos, sin sentir el vibrar de las paredes con cada nuevo trueno seco. Julieta acariciaba el lomo del gato, que tampoco encontraba consuelo, y preguntaba: “¿Morirá el mundo así, con pequeños mordiscos, no de un solo golpe?” Esteban recordaba cuando las lluvias eran motivo de alegría: corrían los chicos afuera, danzaban con el barro. Ahora, todo barro era un peligro, y las corrientes, trampas mortales.

Esa madrugada, el río desbordó. Los vecinos gritaban, pisando el agua helada hasta los tobillos, tratando de rescatar a los ancianos y a los perros sin dueño. El aire olía a plástico quemado, las linternas oscilaban sobre rostros empapados y nadie preguntaba por qué: todos sabían. Las autoridades llegaron de lejos, sin más soluciones que una cinta amarilla para acordonar zonas y promesas vagas de rehabilitación. Lo concreto eran las pérdidas: álbumes arruinados, cosechas arrastradas, gorriones muertos bajo el lodo.

Mientras Esteban ayudaba a remover escombros, vio las manos de su hija pequeña aferradas a su muñeca, embarradas y firmes. Había tristeza, sí, pero también una especie de furia. En algún momento, comprendió que lo que estaba viendo no era solo el quebranto de la naturaleza sino la ruptura de una fe: la fe en que el tiempo traería siempre la oportunidad de recomenzar.

Días después, los sobrevivientes se reunieron en una improvisada plaza, rodeados de bolsas con ropa donada, escuchando a los técnicos hablar de adaptación y resiliencia, palabras convertidas en consuelos vacíos. Alguien leyó en voz alta un fragmento de una carta del abuelo de Esteban, escrita en otro siglo: “A veces, cuando la luna era grande y amarilla, creíamos que ninguna tormenta podría alcanzarnos aquí”. Silencio, y una nueva certeza: esa protección había terminado.

La reconstrucción sería lenta; los más viejos decían que había que plantar árboles y aprender a leer el cielo otra vez, pero muchos, sobre todo los jóvenes, pensaban en marcharse. Julieta decidió quedarse. Cuidó las semillas que lograron salvarse y, una tarde, con las primeras lluvias mansas, empezó a limpiar la parcela junto a su hija. Los trinos volvieron tímidos. El río pareció, por un momento, perdonar.

Sabían que el peligro no se había ido, pero aprendieron algo sobre vivir equilibrios precarios: el futuro no era un lugar seguro, pero tampoco sería un sitio de resignación total. Cosecharon lo poco que obtuvieron y compartieron sopa en la mesa, sin olvidar lo perdido, pero tampoco la forma en que se tomaron las manos para cruzar el agua, juntos, una y otra vez, bajo el mismo sol de antes.

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