Saga completa en castellano. Edición limitada.: 1-6 (Saga Blackwater)
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Fantasía Urbana con Romance Paranormal y Almas Destinadas a estar Juntas
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Portada del relato Susurros de la escarcha
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Fragmento:


A veces, la tierra habla en lenguas que hemos olvidado. Sigo pensando en aquella madrugada plomiza, cuando el mundo parecía rasgarse desde adentro, algo tan antiguo y vasto que nuestras palabras resultan huecas, pedazos de vidrio recogidos a ciegas entre los escombros. Yo estaba solo en la cocina, bebiendo café frío, cuando la vibración subió por el suelo hasta mi esternón, como un llamado respirado desde las profundidades, el eco de un animal encadenado cruzando siglos de silencio.

Duración: 04:50

Susurros de la escarcha
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A veces, la tierra habla en lenguas que hemos olvidado. Sigo pensando en aquella madrugada plomiza, cuando el mundo parecía rasgarse desde adentro, algo tan antiguo y vasto que nuestras palabras resultan huecas, pedazos de vidrio recogidos a ciegas entre los escombros. Yo estaba solo en la cocina, bebiendo café frío, cuando la vibración subió por el suelo hasta mi esternón, como un llamado respirado desde las profundidades, el eco de un animal encadenado cruzando siglos de silencio.

Las ventanas repiquetearon en su marco. Más allá, a través del vidrio empañado, el bosque temblaba, las ramas sacudidas comenzaban a soltar escarcha en haces desordenados. Durante un instante, el tiempo se desplegó en pequeños fragmentos: la taza resbalando de mi mano para estallar contra la cerámica, el crujido de la mesa, el humo del café transformándose en una voluta tenue atrapada entre ráfagas súbitas de viento. Todo lo demás—el recuerdo de la infancia, el perro dormido en el porche, la carta sin abrir en la repisa—pareció encogerse.

Salí, arrastrando los pies, hacia la cornisa que vigilaba el río ancho y oscuro. El agua había cambiado su cauce, extrañamente rebosante, como si hubiera absorbido la noche entera en su corriente. Árboles enteros se bamboleaban, obligados a ceder por sus propias raíces, desgarrándose de la tierra mojada con gemidos que recordaban la voz de mi abuelo, ronca y quebrada, pronunciando palabras que ya nadie usa.

De pronto, el lamento oscuro desprendido por la tierra multiplicó su furia. El aire se volvió metálico. El zumbido de miles de insectos invisibles cubrió mis sentidos. La lluvia comenzó a caer, pero era una lluvia contaminada de ceniza y de un polvo negro que olía a mineral y a historia. Entonces supe que algo, en lo profundo, se había roto.

El pueblo, desperdigado como un puñado de canicas en una llanura, rápidamente se transformó en un cuadro de Goya: personas corriendo con cobijas en la cabeza, chicos que gritaban el nombre de sus padres, mujeres apretando niños y rezando a un Dios reacio. Entre las casas de tablas y los silos oxidados, la tierra seguía su protesta: grietas trazaban líneas como mapas en la arcilla, tragando pedazos de tejado, fragmentos de existencia cotidiana.

Recuerdo dos perros luchando bajo el aguacero por el mismo pedazo de pan. Un hombre anciano, con los pantalones arremangados y la barba mojada, recogiendo a una gallina bajo su abrigo roto. Recuerdo la dignidad silenciosa de la mujer que, al temblor del sol naciente, buscaba entre los restos de su huerto un solo tomate intacto. Fue allí, quizás más que nunca, cuando reconocí la fragilidad de todo vínculo: a mis espaldas, la casa desmoronándose; a mis pies, la tierra reclamando su misterio y su furia.

La luz del día trajo una calma extraña. El bosque se mostraba mutilado, ramas y árboles apilados unos contra otros como miembros de un cuerpo gigantesco. El río, encabritado, mordía la orilla, arrastrando consigo trozos de nuestras historias: una silla, una bota, la madera pintada de una cuna. La escarcha, vencida por la violencia del agua, se convertía en charco fangoso.

Los días siguientes fueron de un silencio nuevo, enrarecido. Construíamos refugios con los pocos materiales salvados. El sabor de la ceniza contaminaba cada bocado; el recuerdo de la luz eléctrica, de los libros en las estanterías, de las historias contadas al calor del hogar, se desvanecía lentamente, reemplazado por la tarea urgente de sobrevivir. La destrucción era una lengua nueva que nos obligaba a aprender, sílaba a sílaba, cada gesto.

Por las noches, volvía a escuchar el eco de la escarcha, los susurros de la corteza cuando sigilosamente recobraba su lugar bajo la luna. Había momentos en que creía comprender a los ciervos que se internaban en la espesura, desconfiados y mudos. Algunos de nosotros intentaban reconstruir la costumbre, encendiendo velas frente a las casas desplomadas, compartiendo retazos de historias y de pan. Otros preferían callar, sostener la mirada vacía hacia la línea gris del horizonte, como si allí, en el borde último del paisaje devastado, pudiera llegar la reconciliación.

La memoria es traicionera, lo sé. Con el paso de los meses, me pregunto si la violencia de lo vivido nos separó para siempre de lo que fuimos, o si existe una promesa, oculta en los pliegues del miedo, de regresar a la tierra con humildad. Pienso en el río que rehizo su lecho, en las raíces que buscarán otra vez abrirse paso entre el lodo, en la escarcha futura que cubrirá, silenciosa, la herida de la mañana.

Y cuando el viento vuelve a soplar, tras la sombra de los árboles vencidos, dejo la puerta entreabierta y escucho lo que la tierra murmura en su afán por perdonarnos, o al menos, por continuar.

Saga completa en castellano. Edición limitada.: 1-6 (Saga Blackwater)
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