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Portada del relato El susurro del océano
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Fragmento:


En la costa, los centenarios olmos inclinaron sus ramas, pesadas de humedad, como si buscaran protección unos de otros. A esa hora, nadie en la ciudad costera podía imaginar lo que estaba por acontecer. El día anterior, el mar había mostrado oleajes insólitos —olas que, en vez de ir y venir, parecían titubear, indecisas entre la retirada y el avance—, y la arena se sentía pegajosa, impregnada por un olor a azufre que sólo los más viejos reconocían de tiempos pasados.

Duración: 03:55

El susurro del océano
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La noche era pesada, abrumada por la niebla y una quietud excesiva, como si el planeta mismo contuviera el aliento. Extrañamente, los pájaros habían desaparecido unos días atrás, y hasta las ranas de los arrozales guardaban silencio, un silencio tan denso que parecía una advertencia. Los humanos, absortos en sus rutinas diarias, apenas notaban las extrañas señales que acumulaba la tierra; cuanto más avanzaba la tecnología, menor era el pulso que sentían de su origen.

En la costa, los centenarios olmos inclinaron sus ramas, pesadas de humedad, como si buscaran protección unos de otros. A esa hora, nadie en la ciudad costera podía imaginar lo que estaba por acontecer. El día anterior, el mar había mostrado oleajes insólitos —olas que, en vez de ir y venir, parecían titubear, indecisas entre la retirada y el avance—, y la arena se sentía pegajosa, impregnada por un olor a azufre que sólo los más viejos reconocían de tiempos pasados.

La primera explosión no fue audible, sino sentida: una vibración interna, profunda, que retumbó en los corazones mucho antes de que cualquier sonido la delatara. Un corrimiento de tierra lejano abrió una herida en la montaña, arrojando una nube oscura que se alzó como una bandera de luto. Los animales, enloquecidos por el augurio silencioso, corrieron en dirección contraria al océano, mientras los perros aullaban como nunca antes.

Al atardecer, la atmósfera se tornó metálica y la electricidad estática recorría la piel de todos los seres vivos. Una vieja pescadora se detuvo en seco al sentir cómo el agua bajo sus pies parecía respirar con un ritmo propio. Observó cómo los cangrejos, en procesión errática, abandonaban el refugio de las rocas.

A kilómetros mar adentro, una fuerza inconmensurable se desplegó: el fondo del océano cedió bajo la presión de placas tectónicas enfrentadas durante milenios, liberando un poder ancestral. En minutos, el mar comenzó a retraerse, desnudo y vulnerable, revelando secretos que nunca habían visto la luz del sol. Las campanas de la iglesia repicaron desordenadas, azuzadas por el viento que predecía lo inevitable.

El pueblo entero, entre la fascinación y el terror, contempló el fenómeno sin comprender su significado, mientras la línea del horizonte era devorada por una gigantesca muralla líquida. No hubo tiempo para huir, ni sirenas preventivas que despertaran a los confiados. El rugido del agua llegó como un alarido primitivo, aporreando la costa y arrastrando casas, autos y memorias en una coreografía feroz e invencible.

Cuando la ola terminó su danza, quedó un silencio mayor aún, apenas rasgado por los lamentos de quienes sobrevivieron para ver los restos de su mundo arrasado. Los campos eran estuarios de barro; los árboles, desmembrados; los caminos, irreconocibles. Un manto de ceniza comenzó a caer desde el cielo, mientras la montaña liberaba su furia contenida, fundiendo roca y esperanza.

Días más tarde, cuando el clima permitió acceder a los vestigios del pueblo, algunos hombres y mujeres caminaron por lo que quedaba de sus calles, ahora surcadas por grietas y escombros. Hallaron huellas entre el lodo: huesos de animales, restos de redes y fotografías, esos pequeños milagros persistentes que resisten las embestidas del azar.

La naturaleza, indiferente al dolor humano, continuó su marcha. En la devastación, renacía el ciclo; de la madera muerta brotaron hongos, el barro fue cuna de nuevas semillas, y en el eco de cada catástrofe vibraba el mandato de respetar la fragilidad de la vida. Los supervivientes, marcados por la pérdida, aprendieron a escuchar otra vez los silencios y las señales. Supieron entonces lo que el hombre moderno había olvidado: que toda civilización vive de prestado, a merced de fuerzas mayores, y que, en último término, somos apenas huéspedes que deben recordar siempre su humildad ante el poder indómito de la Tierra.

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